a reina Isadora no pudo dormir aquella noche.
Desde que había tocado las manos de Ariana, una certeza que llevaba veintidós años enterrada había comenzado a despertar.
Su hija estaba viva.
Pero admitirlo en voz alta podía destruir mucho más que una mentira.
Podía provocar una guerra.
Isadora se encontraba sola en sus aposentos, frente a una enorme ventana desde la que podía contemplar la luna llena.
Sobre la mesa había un pequeño cofre de madera.
Lo abrió.
Dentro descansaban varios objetos antiguos.
Una corona diminuta.
Una manta blanca cuidadosamente doblada.
Una fotografía vieja.
Y un pequeño medallón idéntico al que llevaba Ariana.
Isadora tomó la fotografía.
En ella aparecía una pareja joven.
Ella misma.
Y junto a ella, un hombre de mirada severa: el antiguo rey.
Entre ambos sostenían a una bebé.
Una bebé que apenas tenía unos meses.
Su hija.
La princesa que había desaparecido.
Isadora cerró los ojos.
—Perdóname...
Una lágrima recorrió su rostro.
—Te buscamos durante veintidós años.
Un golpe en la puerta la hizo reaccionar.
Isadora escondió rápidamente la fotografía.
—Adelante.
Un anciano entró.
Era Edrik, el consejero real y uno de los pocos miembros de la antigua corte que conocía toda la verdad.
—Majestad.
—¿Qué ocurre?
Edrik cerró la puerta.
—Tenemos un problema.
Isadora se puso de pie.
—Habla.
—Alguien ha encontrado a la princesa.
La reina quedó completamente inmóvil.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Edrik sacó un pequeño pergamino.
—Pero encontramos esto en el límite norte del territorio.
Isadora lo abrió.
Había dibujado un símbolo.
Una luna atravesada por una garra.
El mismo símbolo que aparecía en el medallón de Ariana.
El rostro de Isadora perdió el color.
—No...
—Majestad...
—Ese símbolo desapareció hace veintidós años.
—Precisamente.
Isadora apretó el pergamino.
—Entonces alguien sabe que ella está aquí.
—Y no solamente alguien de nuestra especie.
Edrik bajó la voz.
—Los enemigos que provocaron la desaparición de la princesa podrían haber regresado.
Isadora respiró profundamente.
—¿Crees que ellos fueron responsables de aquella noche?
—Siempre lo he creído.
La reina miró hacia la luna.
Durante veintidós años había vivido con una pregunta.
¿Quién se había llevado a su hija?
Aquella noche todavía podía recordarla.
El caos.
Los gritos.
La sangre.
El castillo bajo ataque.
Y la voz de una mujer.
“Llévatela.”
Después...
Nada.
La cuna estaba vacía.
Su hija había desaparecido.
El antiguo rey había ordenado cerrar todas las fronteras.
Habían enviado guerreros a todos los territorios.
Habían interrogado a brujas.
Habían buscado entre clanes enemigos.
Pero nunca encontraron una sola pista.
Hasta ahora.
Isadora volvió a mirar el pergamino.
—¿Dónde está Ariana?
Edrik la observó con atención.
—¿Por qué la llama por ese nombre?
Isadora se quedó callada.
Había cometido un error.
Uno pequeño.
Pero suficiente.
Edrik ya sabía la respuesta.
—Majestad...
Isadora levantó una mano.
—Todavía no.
—Pero si ella realmente es...
—¡He dicho que todavía no!
La fuerza de su voz hizo que Edrik retrocediera.
Isadora cerró los ojos.
—Lo siento.
Su voz se quebró.
—Simplemente... no puedo perderla otra vez.
Edrik suavizó la expresión.
—Entonces debe decirle la verdad.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si Ariana descubre quién es antes de despertar completamente, todos sabrán dónde está.
Edrik comprendió.
—Su poder.
Isadora asintió.
—La sangre real no solo le otorga el derecho al trono.
Miró nuevamente la luna.
—Le otorga algo mucho más peligroso.
—¿La gama real?
Isadora guardó silencio.
—La última de su especie —continuó Edrik—. Una gama capaz de controlar una energía que ningún alfa ha conseguido dominar.
—No es solamente eso.
Isadora se acercó al cofre.
Sacó la pequeña corona.
—Ariana nació con un poder que nuestra familia protegió durante generaciones.
—¿Qué poder?
Isadora miró la corona.
—Puede despertar la sangre de todos los linajes.
Edrik quedó en silencio.
—Si Ariana completa su despertar —continuó Isadora—, podría unir clanes que llevan siglos enfrentados.
—O destruirlos.
—Exactamente.
La reina volvió a guardar la corona.
—Por eso la escondieron.
Edrik la miró sorprendido.
—¿La escondieron?
Isadora cerró los ojos.
—No fui yo quien decidió ocultarla.
—¿Entonces quién?
La reina tardó en responder.
—Su padre.
Edrik comprendió que aquel secreto todavía tenía una parte que desconocía.
—¿El antiguo rey sabía que alguien intentaría llevársela?
Isadora no respondió.
Pero su silencio fue suficiente.
Al día siguiente, Isadora observó a Ariana desde lejos.
La joven estaba junto al lago hablando con Lía.
Se reía.
Era una risa sencilla.
Libre.
La misma risa que Isadora había escuchado una vez cuando Ariana era apenas un bebé.
Isadora sintió un dolor profundo en el pecho.
Había imaginado ese momento miles de veces.
Pero nunca así.
Nunca con Ariana mirándola sin saber quién era.
Nunca teniendo que fingir ser solamente la reina.
Ariana levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Isadora sonrió.
Ariana caminó hacia ella.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Por supuesto.