La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 7 — El precio de una mentira

El rugido que había sacudido la manada todavía resonaba en los pasillos cuando Ariana abrió la puerta de su habitación.

Adrian le había ordenado que permaneciera dentro.

Por primera vez, Ariana estuvo tentada de obedecer.

Pero algo dentro de ella le decía que saliera.

No era curiosidad.

Era una sensación mucho más profunda.

Como si una parte de ella supiera que alguien estaba en peligro.

Ariana salió al corredor.

—¿Adrian?

No obtuvo respuesta.

Caminó unos metros.

Entonces escuchó voces.

—¡Está herido!

—¡Llamen al sanador!

Ariana corrió hacia el patio.

Varios guerreros rodeaban a Darian.

Tenía una herida en el hombro y sangre en la camisa.

Lía estaba junto a él, pálida.

—¡Darian!

La bruja corrió hacia su pareja.

—Estoy bien.

—¡Estás sangrando!

—He tenido peores.

—¡No me importa!

Darian sonrió.

—Me encanta cuando te preocupas por mí.

—¡Te voy a golpear si vuelves a hacer bromas!

—Eso también me encanta.

Lía levantó la mano.

—No tientes a la suerte.

Ariana soltó una pequeña risa a pesar de la tensión.

Darian la miró.

—¿Por qué saliste?

—Escuché el rugido.

—Adrian te dijo que no salieras.

Ariana frunció el ceño.

—¿Cómo sabes?

Darian señaló detrás de ella.

Adrian estaba allí.

Su expresión era terrible.

—Porque yo se lo dije.

Ariana se cruzó de brazos.

—Y yo decidí no obedecerte.

Adrian caminó hacia ella.

—Ariana...

—No soy una prisionera.

—Nunca dije que lo fueras.

—Entonces deja de darme órdenes.

Los ojos de Adrian brillaron.

Su lobo estaba furioso.

Pero no con ella.

Con él mismo.

Porque verla allí, expuesta al peligro, le había provocado un miedo que jamás había experimentado.

—No quiero que te pase nada.

Ariana quedó en silencio.

Aquellas palabras sonaron diferentes.

Más sinceras.

Más profundas.

—¿Por qué?

Adrian la miró.

Durante unos segundos estuvo a punto de decir la verdad.

Porque eres mi pareja.

Pero se contuvo.

—Porque estás bajo mi protección.

Ariana bajó la mirada.

Otra vez aquella distancia.

Otra vez esa excusa.

Y, por alguna razón, le dolió.

Mientras los guerreros atendían a Darian, Isadora apareció en el patio.

Al ver la sangre, su rostro cambió.

—¿Qué ocurrió?

Adrian se volvió.

—Encontramos otro rastro del rogue.

—¿Otro?

—Sí.

Darian intervino:

—No era el mismo.

Isadora palideció.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

La reina miró hacia Ariana.

—¿Te acercaste?

—No.

—¿Viste algo?

Ariana negó con la cabeza.

—Solo escuché el rugido.

Isadora soltó el aire lentamente.

Adrian la observó.

—¿Por qué estás tan preocupada?

Isadora lo miró.

—Porque estos ataques no son casuales.

—Eso ya lo sabemos.

—No.

La reina negó lentamente.

—No lo entiendes.

Todos guardaron silencio.

—Estos ataques comenzaron porque alguien está buscando algo.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

Isadora miró directamente a Ariana.

Y por primera vez tuvo miedo de que su secreto estuviera a punto de ser descubierto.

—A alguien.

Ariana sintió un escalofrío.

—¿A quién?

Isadora no respondió.

Horas después, Ariana no podía dormir.

Se encontraba sentada junto a la ventana.

Había algo que no dejaba de rondar su cabeza.

La forma en que Isadora la miraba.

El medallón.

Las visiones.

La palabra princesa.

Y ahora los ataques.

Todo parecía estar relacionado.

Tomó el medallón entre sus dedos.

—¿Quién soy?

El metal comenzó a calentarse.

Ariana lo soltó.

Una luz plateada apareció.

Y entonces escuchó una voz.

Esta vez no era desconocida.

Era una voz femenina.

Suave.

Dolorosa.

“Perdóname, pequeña.”

Ariana se quedó paralizada.

—¿Quién eres?

Silencio.

—¡¿Quién eres?!

La habitación se llenó de una luz tenue.

Durante un instante vio a una mujer abrazando a un bebé.

La mujer lloraba.

—No quiero hacerlo.

Otra voz respondió:

—Si se queda aquí, morirá.

—¡Es mi hija!

Ariana abrió los ojos.

La visión desapareció.

Se llevó una mano a la boca.

—Mi hija...

La frase quedó flotando en su mente.

¿Por qué había visto aquello?

¿Por qué la mujer lloraba?

¿Y por qué sentía que aquel bebé era ella?

En otra parte del castillo, Isadora estaba arrodillada frente a un altar antiguo.

—Protegí a mi hija.

Su voz temblaba.

—Eso fue lo que hice.

Una sombra apareció detrás de ella.

—¿De verdad lo crees?

Isadora se giró.

Edrik estaba allí.

—No empieces.

—Tienes que aceptar la verdad.

—La acepto todos los días.

—No.

Edrik se acercó.

—Te culpas porque crees que abandonar a Ariana fue tu decisión.

Isadora apretó los puños.

—Lo fue.

—No.

—¡Yo acepté ocultarla!

—Para salvarla.

—Pero no pude encontrarla.

Edrik suspiró.

—Porque alguien se aseguró de que no pudieras.

Isadora levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Edrik sacó un documento antiguo.

—Encontré esto en los archivos sellados.

Isadora lo tomó.

Era un registro de aquella noche.

Había una lista de personas autorizadas para abandonar el castillo.

Isadora recorrió los nombres.

Entonces se detuvo.

Uno de ellos estaba tachado.

—No...

—Ese nombre no debía estar allí.

—¿Quién lo autorizó?

Edrik la miró fijamente.

—El antiguo rey.

Isadora quedó paralizada.




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