La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 6 — Bienvenida a la manada

Ariana despertó sobresaltada.

Había vuelto a tener el mismo sueño.

Una mujer corría por un enorme castillo mientras sostenía a un bebé contra el pecho. Afuera se escuchaban gritos, pasos y rugidos.

La mujer lloraba.

—¡No puedo entregártela!

Alguien respondió:

—Si se queda aquí, morirán las dos.

Después apareció una tercera voz.

—¡Llévatela!

La mujer abrazó con fuerza al bebé.

—Perdóname, pequeña.

Ariana despertó de golpe.

Se incorporó en la cama y respiró agitada.

—Otra vez...

Se llevó una mano al pecho.

Su corazón latía demasiado rápido.

Miró hacia la ventana.

La luna todavía estaba visible.

Entonces sintió algo.

Una presencia.

No afuera.

Dentro de ella.

—¿Quién eres?

Silencio.

Ariana cerró los ojos.

Durante unos segundos escuchó un leve gruñido.

Después, una voz femenina susurró:

—Despierta.

Ariana abrió los ojos.

Sus pupilas adquirieron durante un instante un intenso tono dorado.

—¿Qué me está pasando?

No tenía respuesta.

Al otro lado del castillo, Isadora tampoco había dormido.

Se encontraba frente al pequeño cofre que había mantenido escondido durante veintidós años.

Lo abrió.

Dentro estaban los recuerdos de una vida que había intentado mantener enterrada.

La diminuta corona de Ariana.

Una manta blanca.

La fotografía de su nacimiento.

Y un pequeño trozo de tela bordado con el símbolo de la familia real.

Isadora tomó la fotografía.

En ella aparecía junto a su esposo.

Ambos eran mucho más jóvenes.

Y entre sus brazos estaba Ariana.

Su pequeña Ariana.

La reina acarició la imagen.

—Te escondí para salvarte.

Cerró los ojos.

Y recordó aquella noche.

Veintidós años atrás.

El castillo estaba siendo atacado.

Los guerreros corrían por los pasillos.

Las alarmas sonaban.

Isadora acababa de regresar de la habitación de su hija cuando encontró a su esposo esperándola.

—Tenemos que sacarla.

—¿Qué ocurrió?

El antiguo rey cerró la puerta.

—Descubrimos que hay un traidor dentro de la corte.

Isadora palideció.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

—¿Y Ariana?

El rey miró hacia la cuna.

—Ellos vienen por ella.

Isadora abrazó a su hija.

—No.

—Isadora...

—No voy a entregarla.

—No podemos protegerla aquí.

—Es nuestra hija.

—Precisamente por eso.

El rey se acercó.

—La profecía se ha cumplido.

Isadora lo miró horrorizada.

—No.

—Sí.

—Todavía es una bebé.

—Y por eso tenemos que actuar ahora.

El antiguo rey le explicó lo que habían descubierto.

La sangre de Ariana era diferente.

No era simplemente una descendiente de la familia real.

Era la última gama real.

Una criatura única.

Una heredera capaz de despertar una energía que podía afectar a todos los linajes de licántropos.

Si sus enemigos la encontraban antes de su despertar, intentarían utilizarla.

Isadora abrazó a su hija con más fuerza.

—Entonces me quedaré con ella.

—Si te quedas, sabrán dónde está.

—No me importa.

—A mí sí.

El rey tomó el rostro de su esposa.

—Quiero que viva.

Isadora comenzó a llorar.

—¿Y si no volvemos a encontrarla?

El rey no respondió.

Porque ambos sabían que aquella posibilidad existía.

Esa noche, Ariana fue sacada del castillo.

No fue abandonada.

Fue protegida.

Una familia humana de absoluta confianza recibió a la pequeña.

Se les pidió que la criaran como si fuera su propia hija.

Que nunca le hablaran de la manada.

Que nunca mencionaran su sangre.

Y, sobre todo, que nunca permitieran que nadie viera el medallón real.

Pero el plan salió mal.

Antes de que Ariana pudiera ser llevada a un lugar seguro, el castillo fue atacado.

Alguien había traicionado a la familia real.

La información sobre la niña había llegado a manos equivocadas.

Isadora tuvo que tomar una decisión.

—Llévensela —ordenó entre lágrimas.

—Majestad...

—¡Llévensela ahora!

El bebé comenzó a llorar.

Isadora la abrazó una última vez.

—Algún día te encontraré.

Besó su frente.

—Te lo prometo.

Y entregó a su hija.

Después, para proteger la identidad de Ariana, Isadora permitió que todos creyeran que la princesa había muerto.

Era la única manera de detener la búsqueda.

O eso creyó.

Veintidós años después.

Isadora cerró el cofre.

—Lo hice para salvarte.

Una lágrima cayó sobre la fotografía.

—Pero jamás imaginé que perdería tantos años contigo.

Alguien llamó a la puerta.

Isadora guardó rápidamente la fotografía.

—Adelante.

Edrik entró.

—Majestad.

—¿Qué ocurre?

—La muchacha está despertando.

Isadora levantó la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—El medallón reaccionó esta mañana.

Isadora respiró profundamente.

—Entonces tenemos menos tiempo del que creíamos.

—¿Le dirá la verdad?

La reina negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Isadora miró hacia la ventana.

—Porque mientras Ariana no sepa quién es, sus enemigos tampoco podrán obligarla a despertar completamente.

—Pero ella merece saber la verdad.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué seguir ocultándola?

Isadora cerró los ojos.

—Porque la primera vez que intenté protegerla, la perdí durante veintidós años.

Su voz se quebró.

—No cometeré el mismo error otra vez.

Mientras tanto, Ariana caminaba por los jardines de la manada.

Lía estaba a su lado.

—¿Siempre hay tanta gente mirándome?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque eres nueva.




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