La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 10— El rechazo

Ariana no había vuelto a dormir desde que descubrió la verdad.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Isadora.

Su madre.

La palabra todavía le parecía extraña.

Durante veintidós años había pensado que era una huérfana sin pasado. Ahora descubría que pertenecía a una familia real, que llevaba en la sangre un poder que podía cambiar el destino de los lycanthropos y que, además, la mujer que acababa de conocer había pasado más de dos décadas buscándola.

Pero una pregunta seguía clavada en su corazón.

¿Por qué no había regresado por ella?

Ariana salió de la habitación y caminó hasta el jardín.

Necesitaba aire.

—¿Otra vez huyendo? —preguntó una voz detrás de ella.

Ariana se giró.

Adrian estaba allí.

Su presencia hizo que el corazón le diera un golpe.

—No estoy huyendo.

—Entonces, ¿por qué no me miras?

Ariana levantó los ojos.

Error.

Los ojos de Adrian parecían capaces de atravesarla.

—Porque cada vez que te miro —respondió ella— recuerdo que me dijiste que no querías acercarte a mí.

Adrian apretó la mandíbula.

—Las cosas han cambiado.

—¿Porque ahora sabes que soy una princesa?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Adrian dio un paso hacia ella.

—Porque ahora sé quién eres.

Ariana soltó una pequeña risa amarga.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque antes me veías como una humana.

Silencio.

—Y ahora me ves como la princesa que todos estaban buscando.

El rey no respondió.

Porque era cierto.

Y porque había algo más.

Algo que llevaba días intentando ignorar.

Su lobo.

Su maldito lobo.

Desde el primer momento había repetido una sola palabra.

Mate.

Pareja.

Suya.

Pero Adrian había intentado luchar contra aquella certeza.

Porque un rey no podía permitirse una unión impulsiva.

Porque Selene había sido criada como la futura reina.

Porque existían acuerdos políticos.

Porque Ariana acababa de descubrir que era la última gama real.

Y porque amar a Ariana significaba ponerla en el centro de una guerra.

—Ariana… —comenzó.

—No.

Ella levantó una mano.

—No quiero que me digas que todo estará bien.

—No iba a decir eso.

—Entonces, ¿qué?

Adrian respiró profundamente.

Su lobo comenzó a inquietarse.

Dile la verdad.

—No puedo.

Ariana sintió que el pecho se le cerraba.

—¿No puedes qué?

Adrian apartó la mirada.

—No puedo aceptar nuestro vínculo.

El silencio fue absoluto.

Ariana sintió que algo dentro de ella se rompía.

—¿Qué?

—Eres mi destinada. Lo sé.

Su voz salió baja, casi dolorosa.

—Mi lobo lo sabe. Yo lo sé. Pero no puedo aceptarlo.

—¿Por qué?

—Porque eres demasiado importante.

Ariana soltó una risa triste.

—¿Eso es una excusa?

—No.

—Para mí sí lo es.

Adrian dio un paso hacia ella.

—Si acepto el vínculo, todos sabrán que eres mi pareja. Los clanes enemigos te convertirán en su objetivo. Los que quieren tu poder irán detrás de ti. Y si algo te ocurre...

Se detuvo.

Sus ojos reflejaron miedo.

—No quiero que mueras por estar a mi lado.

Ariana lo miró fijamente.

—¿Y crees que rechazándome estaré a salvo?

Adrian no contestó.

—Ya me están persiguiendo —continuó ella—. Ya intentaron matarme. Ya desperté un poder que ni siquiera entiendo. Ya descubrí que soy una princesa. ¿Y ahora decides que lo mejor es fingir que no sientes nada?

—No estoy fingiendo.

—Entonces dilo.

Adrian se quedó inmóvil.

—Dilo.

—Ariana...

—Dime que no me quieres.

El lobo dentro de Adrian rugió con tanta fuerza que él tuvo que cerrar los ojos.

¡Mientes!

Pero Adrian no podía permitir que su corazón gobernara al rey.

Abrió los ojos.

—No puedo darte lo que quieres.

Ariana sintió las lágrimas acumularse.

—Eso no fue lo que pregunté.

Adrian tragó saliva.

—No puedo aceptar nuestro vínculo.

Ariana retrocedió.

—Entiendo.

—Ariana...

—No.

Ella negó con la cabeza.

—No vuelvas a decir mi nombre de esa manera.

—¿De qué manera?

—Como si te doliera.

Adrian quedó en silencio.

—Si vas a rechazarme —dijo ella— hazlo completamente.

El rey sintió que el corazón se le partía.

Pero lo hizo.

—Rechazo nuestro vínculo.

Las palabras cayeron entre ambos como una sentencia.

Ariana llevó una mano al pecho.

Un dolor intenso la atravesó.

Su loba apareció en su interior, confundida y herida.

¿Por qué nos rechaza?

Ariana no tenía respuesta.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Está bien.

Se dio la vuelta.

Adrian cerró los puños.

¡DETÉNLA!

Su lobo rugió desesperado.

Pero él no se movió.

Ariana caminó unos metros.

Entonces se detuvo.

—Una cosa más.

Adrian levantó la mirada.

—No vuelvas a protegerme si después vas a fingir que no me quieres.

Y se marchó.

Adrian quedó completamente solo.

Un segundo después, su lobo tomó el control.

Sus ojos cambiaron.

—¡Idiota! —rugió dentro de su propia mente.

Adrian apretó los dientes.

—Lo hago para protegerla.

¡La estás destruyendo!

—¡Lo sé!

¡Entonces corre detrás de ella!

Adrian golpeó un árbol con el puño.

La corteza se quebró.

—Si la acepto, la convierto en un blanco.

Ya es un blanco.

Adrian cerró los ojos.

Y ahora también piensa que no la queremos.

El rey respiró profundamente.

Aquello era precisamente lo que más le dolía.




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