La palabra guerra quedó suspendida en el aire.
Adrian miró a Isadora con el rostro endurecido.
—¿Qué guerra?
La reina no respondió inmediatamente.
Darian cruzó los brazos.
—Isadora, creo que ya ocultamos suficientes cosas.
La reina cerró los ojos.
—La profecía no habla únicamente de Ariana.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces habla de mí.
Isadora lo miró directamente.
—Habla del vínculo entre ustedes.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué dice? —preguntó Adrian.
Isadora respiró profundamente.
—Que cuando la gama real despierte, su poder elegirá entre dos caminos.
—¿Cuáles?
—Unir a los clanes.
Isadora hizo una pausa.
—O destruirlos.
Darian dejó escapar un silbido.
—Definitivamente prefería cuando nuestras preocupaciones eran simplemente los intrusos.
Adrian lo ignoró.
—¿Y qué tiene que ver nuestro vínculo?
Isadora bajó la mirada.
—La profecía dice que Ariana no despertará completamente sola.
Adrian entendió.
—Yo.
Isadora asintió.
—El vínculo con su pareja destinada puede acelerar su despertar.
Adrian apretó los puños.
—Por eso la rechacé.
—Y quizá por eso cometiste un error —respondió Isadora.
El rey levantó la mirada.
—¿Qué quiere decir?
—El rechazo no elimina el vínculo.
Darian miró a Adrian.
—Te lo dije.
—No necesito que lo recuerdes.
—Solo intento ayudarte.
Isadora continuó:
—Puede debilitarlo temporalmente, pero la conexión permanece.
Adrian cerró los ojos.
Dentro de su mente, su lobo volvió a hablar.
Te lo dije.
—Cállate.
Darian lo miró.
—¿Me hablaste a mí?
—No.
—Entonces estamos peor de lo que pensaba.
Ariana había escuchado parte de la conversación desde el pasillo.
Cuando oyó su nombre, se detuvo.
Unir o destruir.
No quería ninguna de las dos cosas.
Solo quería saber quién era.
Quería recuperar el tiempo perdido con su madre.
Quería entender qué había sucedido con su padre.
Y, aunque se negara a admitirlo, quería entender qué sentía por Adrian.
Entró en el salón.
Todos se quedaron callados.
—Quiero saber la verdad.
Isadora se acercó.
—Ariana...
—No.
La joven levantó la mano.
—Ya no quiero medias verdades.
Isadora asintió lentamente.
—Tienes razón.
Ariana miró a Adrian.
Él no apartó los ojos de ella.
—¿Es verdad que mi poder puede destruir a los clanes?
—Sí —respondió Isadora.
Ariana tragó saliva.
—¿Y si no quiero usarlo?
—Entonces nadie puede obligarte.
Darian intervino:
—Aunque probablemente habrá gente que lo intente.
Ariana lo miró.
—Gracias por el optimismo.
—Siempre estoy para servir.
Ella sonrió ligeramente.
Adrian también.
Fue apenas un instante.
Pero ambos lo sintieron.
El vínculo respondió.
Una corriente plateada recorrió el salón.
Adrian retrocedió.
Ariana también.
Isadora abrió los ojos.
—No...
—¿Qué ocurre? —preguntó Darian.
La reina señaló a Ariana.
—Su despertar acaba de avanzar.
Ariana miró sus manos.
La energía plateada estaba nuevamente allí.
Pero esta vez era diferente.
Más intensa.
Más viva.
Y detrás de ella apareció una silueta.
Una enorme loba plateada.
Todos los presentes quedaron inmóviles.
La loba levantó la cabeza.
Sus ojos eran dorados.
Y miró directamente a Adrian.
El rey sintió que sus piernas casi cedían.
Su propio lobo cayó de rodillas dentro de su mente.
Nuestra reina.
Adrian cerró los ojos.
—No.
La voz salió apenas como un susurro.
—No puedo.
Ariana lo escuchó.
Y aquella vez no sintió dolor.
Sintió algo diferente.
Determinación.
—No necesito que puedas.
Adrian abrió los ojos.
—¿Qué?
—No voy a obligarte.
Ariana dio un paso hacia él.
—Pero tampoco voy a permitir que tu miedo decida quién soy.
La loba plateada desapareció.
El salón quedó en silencio.
Horas después, Ariana caminaba por el bosque.
Necesitaba estar sola.
Su loba permanecía despierta.
—¿Por qué me siento diferente?
Porque estamos cambiando.
—¿Voy a convertirme en un monstruo?
No.
—¿Entonces qué soy?
La loba guardó silencio.
Ariana insistió.
—Dímelo.
Somos la heredera de una sangre que existía antes de los reinos actuales.
Ariana se estremeció.
—¿La sangre de la gama real?
Sí.
—¿Y por qué nadie me encontró durante veintidós años?
La loba respondió:
Porque alguien se aseguró de que no pudieran encontrarte.
Ariana se detuvo.
—¿Alguien de la familia de mi madre?
Alguien cercano al trono.
Ariana sintió un escalofrío.
—¿Un traidor?
Sí.
—¿Sabes quién?
La loba permaneció en silencio.
—¿Lo sabes?
Todavía no.
Ariana respiró profundamente.
—Entonces tendremos que descubrirlo.
Juntas.
Ariana sonrió.
—Juntas.
En el palacio, Isadora se encontraba con Edrik.
—Ya no podemos ocultarlo —dijo el consejero.
—Lo sé.
—El despertar empezó.
—También lo sé.
Edrik colocó un documento sobre la mesa.
—Encontré esto en los archivos prohibidos.
Isadora reconoció inmediatamente el sello.
Era el sello de Alexander.
—¿De dónde lo sacaste?
—Estaba escondido detrás de una pared falsa.
Isadora abrió el documento.
Su rostro palideció.