Ariana no soltó el anillo durante toda la noche.
Lo sostuvo entre sus dedos mientras contemplaba la luna desde la ventana.
El sello de su padre seguía brillando débilmente.
Alexander.
Por primera vez tenía algo que había pertenecido directamente a él.
No una fotografía.
No un recuerdo contado por Isadora.
No una historia incompleta.
Un objeto que su padre había tocado.
Un objeto que, de alguna manera, parecía contener parte de su pasado.
—Quiero conocerte —susurró Ariana.
Su loba respondió:
Lo conocerás.
—¿Cómo?
A través de la verdad.
Ariana apretó el anillo.
—Entonces vamos a encontrarla.
A la mañana siguiente, Ariana se dirigió al despacho de Isadora.
Pero antes de tocar la puerta, escuchó voces.
—No podemos seguir ocultándole información —decía Edrik.
—Lo sé.
—Encontró el anillo.
Hubo silencio.
—Entonces el pasado comenzó a buscarla —respondió Isadora.
Ariana abrió la puerta.
Ambos se giraron.
—¿Qué anillo? —preguntó Isadora.
Ariana levantó la mano.
El sello real brilló.
Isadora palideció.
—¿Dónde lo encontraste?
—Alguien vino a mi habitación.
—¿Quién?
—No lo sé.
Ariana entró.
—Dijo que conoció a mi padre.
Edrik se acercó.
—¿Qué más dijo?
—Que sabe por qué desaparecí.
Isadora cerró los ojos.
—No...
Ariana la miró.
—¿Qué ocurre?
—Ese anillo no debería existir.
—¿Por qué?
—Porque Alexander se lo entregó a alguien la noche que desapareciste.
Ariana sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Isadora negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mamá...
Isadora levantó la mirada.
La palabra la golpeó.
Era la primera vez que Ariana la llamaba así.
Los ojos de Isadora se llenaron de lágrimas.
—Dímelo.
Isadora respiró profundamente.
—Ariana, tu padre tenía un plan.
—¿Qué plan?
—Si el castillo caía, alguien debía sacarte del reino.
—¿Quién?
—Uno de sus hombres de mayor confianza.
Edrik intervino:
—Pero ese hombre desapareció.
Ariana frunció el ceño.
—¿Y nunca lo encontraron?
—No.
—Entonces puede estar vivo.
Isadora no respondió.
Ariana entendió.
—Por eso estás preocupada.
—Sí.
Ese mismo día, un sonido de cuernos atravesó el palacio.
Darian entró corriendo.
—Tenemos visitantes.
Adrian se levantó.
—¿Quiénes?
—Dos delegaciones.
—¿De qué clanes?
Darian negó con la cabeza.
—No son clanes.
Hizo una pausa.
—Son los padres de Ariana.
Adrian quedó inmóvil.
—¿Qué?
Darian sonrió.
—Bueno... técnicamente ya sabemos que Isadora es su madre.
—Me refiero al otro.
—Ah.
Darian se aclaró la garganta.
—El padre.
Adrian sintió una extraña presión en el pecho.
—Eso es imposible.
—Sí.
—Alexander murió hace veintidós años.
—Correcto.
—Entonces no puede ser él.
Darian levantó las manos.
—Por eso dije que tenemos visitantes.
Adrian frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
—La familia real de un territorio aliado.
—¿Y qué quieren?
Darian sonrió.
—Conocer a la princesa perdida.
Ariana se encontraba en el gran salón junto a Isadora.
El corazón le latía con fuerza.
Las puertas se abrieron.
Entraron varios lycanthropos vestidos con ropas ceremoniales.
Al frente caminaba una mujer mayor de cabello plateado.
Ariana sintió inmediatamente una conexión.
No sabía quién era.
Pero su loba sí.
Familia.
Detrás de la mujer caminaba un hombre alto.
Su mirada se encontró con Ariana.
Y se quedó inmóvil.
—No puede ser...
La mujer llevó una mano a su boca.
—La niña...
Ariana sintió lágrimas en los ojos.
—¿Quiénes son?
Isadora tomó su mano.
—Son la familia de tu padre.
El hombre dio un paso.
—Mi nombre es Lucien.
Ariana esperó.
—Soy hermano de Alexander.
Ariana abrió los ojos.
—¿Mi tío?
Lucien asintió.
—Sí.
La mujer se acercó.
—Y yo soy Elena.
Tomó aire.
—Era la hermana de tu padre.
Ariana no sabía qué decir.
Elena comenzó a llorar.
—Eras tan pequeña...
Ariana sintió un nudo en la garganta.
—¿Lo conocieron?
Lucien sonrió tristemente.
—Mejor que nadie.
—¿Cómo era?
El hombre respiró profundamente.
—Orgulloso.
Elena rio entre lágrimas.
—Demasiado orgulloso.
Lucien añadió:
—Valiente.
—Y terco —agregó Elena.
Ariana sonrió.
—Entonces quizá me parezco a él.
—Muchísimo.
La respuesta llegó al mismo tiempo de ambos.
Ariana soltó una pequeña risa.
Pero entonces Elena la miró fijamente.
—Tienes sus ojos.
Ariana bajó la mirada.
Aquellas palabras le dolieron y la reconfortaron al mismo tiempo.
Adrian observaba desde lejos.
Darian se acercó.
—¿Celoso?
Adrian lo miró.
—No.
—Ni siquiera pregunté de quién.
Adrian guardó silencio.
Darian sonrió.
—Definitivamente celoso.
—Son su familia.
—Precisamente.
Adrian lo ignoró.
Pero sus ojos no se apartaron de Ariana.
Entonces Lucien se acercó a ella.
La tomó de los hombros.
Y Ariana lo abrazó.
Adrian sintió un gruñido dentro de sí.
No me gusta.
—Cállate.
No me gusta nada.
—Es su tío.
Me da igual.
Adrian casi suspiró.
—Estamos perdidos.
Darian lo escuchó.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
Durante la cena, Elena contó historias sobre Alexander.