La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 17 — Una madre que quiere recuperar el tiempo

Ariana no podía apartar la mirada de aquella mujer.

La había visto en sus recuerdos.

En fotografías.

En sueños.

Siempre cerca de Isadora.

Siempre cerca de Alexander.

Y ahora estaba allí.

Viva.

La mujer sonrió al verla.

—Hola, Ariana.

Ariana sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—¿Quién eres?

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—Alguien que te conoció cuando eras una bebé.

Adrian se colocó inmediatamente delante de Ariana.

—Aléjate de ella.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo igual de protector, Adrian.

El rey se tensó.

—¿Me conoces?

—Conozco a tu familia desde hace mucho tiempo.

Darian apareció detrás de ellos.

—Esto se está poniendo interesante.

Lía llegó también.

—¿Quién es?

Ariana respondió sin apartar los ojos de la desconocida:

—Creo que estaba en la fotografía que encontré cuando llegué a la manada.

Isadora y Edrik llegaron corriendo.

Cuando Isadora vio a la mujer, se quedó paralizada.

—Tú...

La mujer sonrió.

—Hola, Isadora.

La reina palideció.

—Creí que habías muerto.

—Eso era exactamente lo que quería que creyeras.

Ariana miró a su madre.

—¿Quién es?

Isadora respiró profundamente.

—Su nombre es Mireya.

Edrik cerró los puños.

—Mireya era una de las personas más cercanas a la familia real.

—Y una de las pocas que conocía el secreto de Ariana —agregó Isadora.

Ariana sintió un escalofrío.

—¿Sabías quién era yo?

Mireya sonrió.

—Desde el día en que naciste.

Adrian gruñó.

—Entonces también sabes lo que significa su sangre.

—Por supuesto.

—¿Qué quieres de ella?

Mireya miró a Ariana.

—Lo mismo que todos.

Ariana frunció el ceño.

—¿Mi poder?

—No.

La mujer negó lentamente.

—Quiero que cumplas tu destino.

Mireya desapareció antes de que pudieran detenerla.

Darian salió corriendo detrás de ella.

—¡No la dejen escapar!

Adrian lo siguió.

Pero cuando llegaron al bosque, ya no había nadie.

Solo encontraron una marca grabada en un árbol.

La luna.

La garra.

Y una corona atravesada por una línea.

Darian la observó.

—Esto no me gusta.

Adrian tocó la marca.

—A mí tampoco.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Entonces escucharon un rugido a lo lejos.

Los dos se giraron.

—Eso sí lo entiendo —dijo Darian.

—¿Qué?

—Que probablemente deberíamos correr.

Mientras tanto, Ariana permanecía con Isadora.

La reina la observaba con lágrimas en los ojos.

—Perdóname.

Ariana bajó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque nunca te conté toda la historia.

—¿Qué más falta?

Isadora se acercó.

—Mireya fue mi amiga.

Ariana levantó los ojos.

—¿Amiga?

—Mi confidente.

Isadora tomó aire.

—Cuando naciste, ella fue una de las primeras personas que supo lo que eras.

—¿Y me traicionó?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Isadora cerró los ojos.

—Durante el ataque al castillo, Mireya desapareció.

—¿Y nunca la buscaste?

—La busqué durante años.

Ariana sintió un nudo en la garganta.

—Entonces quizá ella fue quien me salvó.

Isadora se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Dijiste que alguien debía sacarme del reino.

—Sí.

—¿Y si fue Mireya?

Isadora palideció.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Mireya conocía demasiado bien nuestra familia.

Ariana frunció el ceño.

—Eso no significa que quisiera hacerme daño.

—No.

Isadora negó con la cabeza.

—Pero significa que si ella estuvo involucrada, tenemos que descubrir por qué.

Ariana pasó el resto del día con Isadora.

Por primera vez, madre e hija intentaron recuperar el tiempo perdido.

Isadora le enseñó fotografías antiguas.

Una mostraba a Alexander sosteniendo a Ariana recién nacida.

Otra mostraba a Isadora dormida junto a la pequeña.

Ariana sonrió al verla.

—¿Dormías con él?

Isadora soltó una risa.

—Tu padre decía que era la única manera de conseguir que dejaras de llorar.

—¿Funcionaba?

—No.

Ambas rieron.

—Entonces era mal padre.

—Era un excelente padre.

Isadora acarició la fotografía.

—Solo que te consentía demasiado.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como qué?

Ariana sonrió.

—Mi carácter.

Isadora soltó una carcajada.

—Eso sí es culpa de Alexander.

Por primera vez, Ariana sintió algo que había deseado durante toda su vida.

Una familia.

No perfecta.

No completa.

Pero suya.

Esa noche, Isadora llevó a Ariana a una habitación que había permanecido cerrada durante veintidós años.

Abrió la puerta.

Ariana se quedó sin palabras.

Era una habitación infantil.

Había una pequeña cama.

Juguetes.

Libros.

Un móvil de estrellas.

Y un mural con una luna plateada.

—¿Esta era mi habitación?

Isadora asintió.

—Nunca la cambié.

Ariana caminó lentamente.

Tocó la pequeña cama.

—¿Esperabas que regresara?

Isadora comenzó a llorar.

—Todos los días.

Ariana la miró.

—Mamá...

Isadora se acercó.

—No sé cómo recuperar veintidós años.

—Yo tampoco.

—Pero quiero intentarlo.

Ariana dudó.

Después la abrazó.

Isadora la sostuvo con fuerza.

—Te extrañé toda mi vida —susurró.

Ariana cerró los ojos.

—Yo también.

Aunque no hubiera sabido a quién.

Mientras madre e hija se abrazaban, Adrian estaba en el pasillo.

No había querido escuchar.

Pero oyó el llanto.

Y se quedó allí.

Darian apareció detrás.

—¿Qué haces?




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