La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 18 — La promesa de Selene

La noche había caído sobre el reino, pero nadie dormía tranquilo.

Desde el despertar de Ariana, la manada entera parecía diferente.

Los lobos caminaban con una inquietud que no podían explicar. Algunos habían sentido aquella energía plateada recorrer sus cuerpos como una corriente eléctrica. Otros habían visto, aunque solo fuera durante unos segundos, el resplandor dorado de los ojos de la princesa.

Y todos habían comprendido lo mismo.

La princesa perdida había despertado.

Ariana estaba de pie frente al enorme ventanal de su habitación, observando la luna.

Había pasado horas intentando comprender lo que había ocurrido.

Todavía podía sentir a su loba dentro de ella.

—¿Sigues despierta? —preguntó la voz de su loba.

Ariana suspiró.

—No puedo dormir.

—Yo tampoco.

—Tú no duermes.

—Detalles.

Ariana sonrió.

—Eres imposible.

—Y tú eres una princesa con poderes capaces de alterar el equilibrio de las manadas. Creo que tenemos problemas más importantes que mi personalidad.

Ariana soltó una pequeña carcajada.

Por primera vez desde que había descubierto quién era realmente, aquella parte de sí misma no le provocaba miedo.

Su loba estaba allí.

Y no estaba sola.

Entonces escuchó unos golpes en la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió.

Isadora apareció llevando una bandeja.

Ariana arqueó una ceja.

—¿Qué haces?

—Tu madre te trae comida.

—Ya cené.

—Eso fue hace cuatro horas.

—No tengo hambre.

Isadora dejó la bandeja sobre una mesa.

—Pues tendrás que fingir.

Ariana la miró divertida.

—¿Siempre eres así?

—Soy tu madre. Tengo derecho.

Ariana sintió una punzada en el corazón.

Madre.

Todavía era extraño escuchar esa palabra.

Durante veintidós años había pensado que era huérfana.

Ahora tenía una madre que quería recuperar todo el tiempo perdido.

Isadora se acercó lentamente.

—¿Puedo?

Ariana asintió.

Isadora tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja.

—Cuando eras bebé hacías exactamente eso cuando estabas cansada.

—¿Qué cosa?

—Fruncías la nariz.

Ariana frunció la nariz inmediatamente.

Isadora soltó una carcajada.

—¡Lo hiciste!

Ariana también comenzó a reír.

Durante unos segundos no fueron reina y princesa.

Solo fueron madre e hija.

Hasta que un rugido lejano atravesó el bosque.

La sonrisa de Isadora desapareció.

Ariana también se quedó seria.

—¿Qué fue eso?

—No lo sé.

La loba de Ariana habló dentro de su mente.

Peligro.

Ariana se levantó.

—Yo también lo sentí.

Isadora tomó su mano.

—No salgas.

—Mamá...

—Ariana, acabas de despertar un poder que ni siquiera tú comprendes.

—Precisamente por eso necesito saber qué está ocurriendo.

Antes de que Isadora pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Esta vez fue Darian.

—Majestad.

Isadora abrió.

Darian entró con expresión seria.

—Tenemos un problema.

Ariana cruzó los brazos.

—¿Qué clase de problema?

—Algunos guerreros encontraron huellas cerca del límite norte.

—¿De quién?

Darian negó con la cabeza.

—No son de nuestra manada.

Ariana sintió que su loba se agitaba.

—¿Y qué encontraron?

Darian sacó un pequeño objeto.

Era una pieza de metal negra.

Tenía grabado un símbolo.

Una luna atravesada por una garra.

Ariana sintió un escalofrío.

—Ese símbolo...

Isadora palideció.

—No puede ser.

Darian la miró.

—¿Lo reconoce?

La reina tardó unos segundos en contestar.

—Sí.

Ariana se acercó.

—¿Qué significa?

Isadora cerró los ojos.

—Es el símbolo de aquellos que buscaron a tu hija hace veintidós años.

El silencio cayó sobre la habitación.

Ariana apretó los puños.

—Entonces han regresado.

—Tal vez nunca se fueron —respondió Darian.

Mientras tanto, en otra parte del castillo, Selene observaba la luna desde una habitación oscura.

Mireya estaba detrás de ella.

—La princesa ha despertado —dijo Mireya.

Selene apretó los dientes.

—Lo sé.

—Y ahora todos saben quién es.

—Eso también lo sé.

Mireya caminó lentamente hacia ella.

—Entonces debemos actuar.

Selene se giró.

Sus ojos estaban llenos de rabia.

—Durante toda mi vida me dijeron que algún día sería reina.

—Lo sé.

—Me criaron para estar al lado de Adrian.

—También lo sé.

Selene golpeó la mesa.

—¡Y entonces aparece ella!

Mireya permaneció tranquila.

—Ariana no apareció. Regresó.

Selene la miró con odio.

—No me importa.

—Debería importarte.

—No.

Selene respiró profundamente.

—Adrian me pertenece.

Mireya arqueó una ceja.

—¿Estás segura?

Selene guardó silencio.

—No —admitió finalmente—. Pero conseguiré que vuelva a mí.

Mireya sonrió.

—¿Cómo?

Selene se acercó al espejo.

—Si no puedo vencer a Ariana con poder...

Sus labios se curvaron.

—La venceré con lo único que todavía puede destruirla.

—¿Qué?

Selene miró su reflejo.

—El corazón de Adrian.

Mireya la observó atentamente.

—El rey está unido a ella.

—Todavía no ha aceptado el vínculo.

—Pero la protege.

—Entonces haré que crea que protegerme a mí es su deber.

Mireya frunció el ceño.

—¿Qué estás planeando?

Selene se volvió.

—Voy a obligarlo a elegir.

Mireya permaneció en silencio.

—¿Y si elige a Ariana?

Selene sonrió.

—Entonces me aseguraré de que Ariana deje de ser una opción.

Al día siguiente, Ariana comenzó su entrenamiento.

Darian había preparado un espacio especial en el bosque.




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