El silencio que siguió a la proclamación parecía imposible.
Todos los lycanthropos permanecían de rodillas.
Todos, excepto Ariana.
Ella estaba de pie en medio del salón, con el cabello agitado por una energía que nadie podía ver, mientras el símbolo de la corona sobre su frente seguía brillando con una intensidad casi sobrenatural.
Frente a ella, Adrian estaba herido.
La sangre había empapado parte de su camisa y caía lentamente desde su costado.
—¡Adrian! —gritó Ariana.
Corrió hacia él.
El rey intentó mantenerse erguido, pero apenas dio un paso, su cuerpo perdió fuerza.
Ariana lo sostuvo antes de que cayera.
—Estoy bien.
—¡No estás bien!
—He recibido heridas peores.
—Eso no me tranquiliza.
Adrian sonrió débilmente.
—Sigues regañándome.
—Y seguiré haciéndolo mientras sigas poniéndote delante de las espadas destinadas a mí.
—Entonces tendré que acostumbrarme.
Ariana quiso responder, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
Adrian levantó una mano y le acarició el rostro.
—No llores.
—Casi te matan.
—Pero no lo hicieron.
—¡Porque tuve suerte!
—No —murmuró él—. Porque tú estabas aquí.
Ariana se quedó inmóvil.
Por unos segundos, todo desapareció.
La batalla.
Los nobles.
Selene.
Lucien.
El miedo.
Solo quedaron ellos.
Adrian acercó lentamente su frente a la de ella.
—No voy a dejarte sola.
—No puedes prometer eso.
—Sí puedo.
—Eres el rey. Tienes responsabilidades.
—Y tú eres mi responsabilidad.
Ariana frunció el ceño.
—No soy una responsabilidad.
Adrian sonrió.
—Tienes razón.
Sus ojos se suavizaron.
—Eres mucho más que eso.
El corazón de Ariana dio un vuelco.
Pero antes de que pudiera responder, una voz interrumpió el momento.
—Qué bonito.
Lía apareció entre varios guerreros, cruzada de brazos.
—Realmente conmovedor. Casi olvido que estamos en medio de un intento de golpe de Estado.
Darian llegó detrás de ella.
—Yo no lo olvidé.
Lía lo miró.
—Tú olvidaste dónde dejaste tu espada.
Darian bajó la mirada.
No llevaba espada.
—Eso explica muchas cosas.
Lía suspiró.
—Eres el beta más peligroso que conozco.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Ariana soltó una pequeña risa.
Y durante apenas un segundo, el miedo desapareció.
Pero entonces Edrik entró corriendo.
Su rostro estaba completamente serio.
—Majestad.
Adrian se incorporó.
—Habla.
Edrik miró primero a Ariana.
—Tenemos un problema.
—¿Otro? —preguntó Darian—. Porque ya perdí la cuenta.
Edrik ignoró el comentario.
—Después de lo ocurrido, todos los clanes han sentido el despertar de Ariana.
Ariana sintió un escalofrío.
—¿Todos?
—Todos los que poseen sangre lycanthropa.
Adrian endureció la mandíbula.
—Entonces ahora saben dónde está.
—Sí.
Edrik respiró profundamente.
—Y algunos no vienen a protegerla.
Ariana entendió inmediatamente.
—Vienen por mí.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Horas después, la habitación real había sido convertida en una improvisada sala de curación.
Adrian estaba sentado mientras un sanador examinaba su herida.
Ariana permanecía a su lado.
—No necesitas quedarte —dijo él.
—Sí necesito.
—Ariana...
—No voy a moverme.
Adrian sonrió.
—Eso empieza a parecerse mucho a una amenaza.
—Lo es.
El sanador terminó de vendarlo.
—La herida es profunda, pero no compromete ningún órgano vital.
Ariana dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Adrian la observó.
—¿Ves? Estoy vivo.
Ella bajó la mirada.
—Por ahora.
—Eso sonó romántico.
—Era una amenaza.
—Me gustan tus amenazas.
Ariana negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y tú eres la única persona que puede decirme eso sin terminar castigada.
—Porque soy la princesa.
Adrian levantó una ceja.
—No.
Ariana lo miró.
—¿No?
Él tomó su mano.
—Porque eres tú.
El silencio volvió a envolverlos.
Ariana apretó suavemente sus dedos.
—Adrian...
—No tienes que responderme todavía.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Responderte qué?
—A lo que te dije.
Su expresión cambió.
—Cuando te dije que te amo.
Ariana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—No lo he olvidado.
—Lo sé.
—Pero todavía tengo miedo.
Adrian acercó su mano a sus labios.
—Yo también.
—¿Tú?
—Más de lo que imaginas.
—¿De qué?
Adrian miró hacia la ventana.
—De que un día descubras quién eres realmente y decidas que ya no me necesitas.
Ariana se acercó.
—Ser la princesa no cambia quién soy.
—Puede cambiar muchas cosas.
—Entonces las enfrentaremos.
Adrian volvió a mirarla.
—¿Juntos?
Ariana sonrió.
—Juntos.
El vínculo entre ambos pareció estremecerse.
Pero ninguno de los dos sabía todavía hasta dónde llegaría.
En otra parte del palacio, Selene caminaba por un corredor secreto.
Mireya la esperaba.
—¿Está herido? —preguntó Selene.
—Sí.
—¿Gravemente?
—No.
Selene apretó los puños.
—Entonces todavía puede protegerla.
Mireya la observó.
—No subestimes a Ariana.
—No lo hago.
—Lo haces desde que llegó.
Selene se volvió furiosa.
—¡Ella apareció de la nada y pretende quedarse con todo!
—No pretende nada.
—Tiene la sangre real.
Mireya guardó silencio.
Selene continuó:
—Tiene el vínculo con Adrian.
—Todavía no está aceptado completamente.
—Pero lo estará.
La mirada de Mireya se volvió fría.