El rugido que sacudió el palacio hizo temblar hasta los vitrales de las ventanas.
Ariana abrió los ojos de golpe.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Después escuchó los gritos provenientes de los pasillos.
—¡Han entrado por el ala norte!
—¡Cierren las puertas!
—¡Protejan a la reina!
Ariana se incorporó inmediatamente.
Adrian estaba junto a ella.
Su expresión había cambiado por completo. Ya no era el hombre que la miraba con ternura. En aquel momento era el rey alfa, el guerrero que tenía la responsabilidad de proteger a todos los que estaban bajo su mando.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Ariana, aquella dureza desapareció.
—Quédate aquí —ordenó.
Ariana levantó una ceja.
—¿Perdón?
—No vas a salir.
—Adrian...
—Ariana, el palacio está siendo atacado.
—Precisamente por eso voy a salir.
—No.
Ella cruzó los brazos.
—¿Acabas de olvidar que soy la gama real?
Adrian respiró profundamente.
—No.
—Entonces deja de tratarme como si necesitara que alguien me escondiera.
La puerta se abrió de golpe.
Darian apareció con una espada en la mano.
—Personalmente, recomiendo que nadie discuta con ella.
Lía apareció detrás de él.
—Yo también.
Darian la miró sorprendido.
—¿Desde cuándo estás de acuerdo conmigo?
—No lo estoy. Solo quiero evitar que Ariana nos lance contra una pared.
Ariana sonrió.
—Gracias, Lía.
—De nada.
Adrian negó con la cabeza.
—Los tres están locos.
Darian levantó una mano.
—Gracias, majestad.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Lía le dio un golpe en el brazo.
—Concéntrate.
Un nuevo estruendo sacudió el edificio.
Esta vez, Ariana sintió algo diferente.
No era miedo.
Era una llamada.
Una vibración profunda recorrió todo su cuerpo.
Su marca de la corona comenzó a arder.
Ariana se llevó una mano a la frente.
—Está sucediendo otra vez...
Adrian se acercó inmediatamente.
—¿Qué sientes?
—A todos.
—¿A quiénes?
Ariana cerró los ojos.
Y entonces los escuchó.
Miles de voces.
Los miembros de la manada.
Los soldados.
Los niños escondidos.
Los ancianos.
Los clanes del norte.
Incluso aquellos que estaban luchando.
Todos estaban conectados.
Todos eran parte de una misma red.
Ariana dio un paso atrás.
—Puedo sentirlos.
Adrian palideció.
—¿A todos?
Ella asintió.
—Sí.
Lía dejó de sonreír.
—Ariana...
—También puedo sentir su miedo.
Otra explosión.
Ariana abrió los ojos.
Sus pupilas comenzaron a adquirir un intenso brillo dorado.
—Y su rabia.
La voz de su loba apareció en su mente.
Ahora.
Ariana tragó saliva.
—¿Ahora qué?
Deja de contenernos.
Ariana cerró los ojos.
—No sé cómo.
Sí sabes.
La marca de su frente brilló con fuerza.
Adrian tomó su mano.
—No estás sola.
Ariana lo miró.
—Tengo miedo.
Adrian acercó su frente a la de ella.
—Entonces tendremos miedo juntos.
El vínculo entre ambos se encendió.
Una corriente de energía plateada recorrió sus cuerpos.
Ariana respiró profundamente.
Y por primera vez dejó de luchar contra aquello que llevaba veintidós años dormido dentro de ella.
En el patio principal, decenas de guerreros se enfrentaban.
Pero algo extraño comenzó a ocurrir.
Uno de los atacantes levantó su espada.
Y se detuvo.
Otro dejó caer el arma.
Después otro.
Y otro.
Los soldados miraron confundidos a sus compañeros.
—¿Qué está pasando?
—No puedo moverme.
—Yo tampoco.
Darian salió al patio y observó la escena.
—No puede ser...
Lía llegó detrás de él.
—¿Qué?
Darian señaló a los guerreros.
—Ariana.
Lía abrió los ojos.
—Está usando su poder.
Entonces todos escucharon una voz.
No provenía de ningún lugar concreto.
Parecía surgir del aire.
De las paredes.
De la tierra.
De sus propios corazones.
Era la voz de Ariana.
—Deténganse.
Todos obedecieron.
Sin excepción.
El silencio cayó sobre el patio.
Los guerreros bajaron las armas.
Los miembros de las diferentes manadas se miraron entre sí.
Nadie entendía lo que acababa de ocurrir.
Darian murmuró:
—Eso fue aterrador.
Lía lo miró.
—¿Aterrador?
—Sí.
—¿Y hermoso?
Darian pensó unos segundos.
—También.
—Entonces deja de poner esa cara.
—Estoy intentando procesar que mi mejor amiga puede detener una guerra con una palabra.
Lía sonrió.
—Yo siempre supe que era especial.
—Tú eres bruja.
—Precisamente por eso.
Ariana salió al patio.
Adrian caminaba a su lado.
Cada paso que daba hacía que su energía aumentara.
Los guerreros se arrodillaron.
Uno por uno.
Primero los miembros de la manada de Adrian.
Después los del norte.
Incluso algunos de los enemigos.
Ariana se detuvo.
—Levántense.
Nadie lo hizo.
—No quiero que se arrodillen ante mí.
Uno de los ancianos levantó la cabeza.
—Eres nuestra princesa.
Ariana negó.
—Soy Ariana.
El anciano respondió:
—Eres ambas cosas.
Adrian observó a Ariana en silencio.
Ella podía sentir sus emociones.
Orgullo.
Amor.
Pero también preocupación.
Muchísima preocupación.
Ariana tomó su mano.
—Estoy bien.
—No.
Ella sonrió.
—¿No?
—No estás bien.
Adrian miró sus ojos dorados.
—Estás cambiando.
Ariana sintió un escalofrío.