El silencio que siguió a aquellas palabras fue absoluto.
Ariana permaneció inmóvil.
Frente a ella, sobre el balcón de la torre, la figura que había estado observándolos durante toda la noche sostenía el antiguo sello de Alexander.
Adrian se colocó delante de Ariana.
—Da la cara.
La figura soltó una pequeña carcajada.
—Sigues protegiéndola como si pudieras cambiar su destino.
Ariana entrecerró los ojos.
—Conozco esa voz...
La figura bajó lentamente la capucha.
Y entonces Ariana dejó de respirar.
—No...
Edrik palideció.
Darian apretó con fuerza la espada.
Lía abrió los ojos con incredulidad.
La persona que estaba frente a ellos era alguien que Ariana había visto incontables veces desde que llegó al palacio.
Edran.
El mismo guardia que durante años había sido considerado una víctima de la conspiración.
El hombre que había afirmado que alguien le había arrebatado a Ariana cuando era una bebé.
El hombre que había jurado que jamás había sabido quién se la llevó.
Ariana sintió que todo dentro de ella se quebraba.
—Tú...
Edran sonrió.
—Sí, princesa.
Adrian dio un paso al frente.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debía hacer.
—¿Tú cambiaste la ruta aquella noche?
Edran no respondió.
Edrik levantó su espada.
—¡Responde!
Edran bajó la mirada hacia el sello de Alexander.
—No cambié ninguna ruta.
Ariana sintió una punzada en el pecho.
—Entonces, ¿qué hiciste?
Edran levantó los ojos.
—Obedecí una orden.
—¿De quién?
El silencio se hizo pesado.
—Del rey Alexander.
Edrik negó inmediatamente.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque el antiguo rey jamás habría ordenado entregar a su hija a sus enemigos.
Edran sonrió con tristeza.
—No dije que quisiera entregarla.
Ariana dio un paso hacia adelante.
—Entonces dime la verdad.
Edran la observó durante unos segundos.
—Tu padre sabía que alguien dentro de la corte quería matarte.
Ariana sintió un escalofrío.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Edran negó.
—No saben toda la verdad.
Adrian miró a Edrik.
—Habla.
Edran cerró la mano sobre el sello.
—Alexander descubrió que el traidor no trabajaba solo.
Ariana sintió que su corazón comenzaba a latir más rápido.
—¿Quién estaba con él?
—No lo sé.
—¡Mientes!
La voz de Ariana hizo vibrar las paredes.
El brillo dorado de sus ojos aumentó.
Edran retrocedió un paso.
Por primera vez, su expresión mostró verdadero miedo.
Adrian miró a Ariana.
—Amor...
Ella lo miró.
—No quiero que vuelva a mentirnos.
Adrian tomó su mano.
—Entonces deja que hable.
Ariana respiró profundamente.
—Habla.
Edran bajó la mirada.
—La noche del ataque, Alexander me ordenó sacarte del reino.
—Eso lo sabemos.
—Pero había una segunda orden.
Edrik frunció el ceño.
—¿Cuál?
Edran respondió:
—Si el enemigo lograba interceptarnos, yo debía hacer todo lo necesario para impedir que descubrieran quién eras.
Ariana sintió un nudo en la garganta.
—¿Y qué significa eso?
Edran tardó en responder.
—Significa que, si no podía garantizar tu seguridad, debía desaparecer contigo.
Adrian endureció el rostro.
—¿Desaparecer?
—Para siempre.
Ariana cerró los ojos.
Durante veintidós años había creído que sus padres la habían abandonado.
Después descubrió que la habían escondido para protegerla.
Y ahora aparecía una verdad todavía más dolorosa.
Su padre había contemplado la posibilidad de que ella tuviera que desaparecer completamente para sobrevivir.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó.
Edran respiró profundamente.
—Llegamos al bosque.
—¿Y?
—Allí apareció alguien.
Ariana abrió los ojos.
—¿Quién?
—Llevaba el símbolo de la luna y la garra.
Edrik se tensó.
—El mismo símbolo de los enemigos de la corona.
—Sí.
—¿Lo reconociste?
—No.
Edran negó.
—Pero tenía el sello del rey.
Ariana sintió un escalofrío.
—¿El sello de mi padre?
—Sí.
—¿Y por qué obedeciste?
Edran la miró fijamente.
—Porque pensé que realmente tenía órdenes de Alexander.
—¿Qué decía?
Edran respondió lentamente:
—Que debía entregar a la princesa a una persona de confianza.
Ariana cerró los ojos.
—¿Y lo hiciste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque antes de entregarte escuché una conversación.
Todos guardaron silencio.
—Esa persona hablaba con alguien más.
—¿Qué dijeron? —preguntó Adrian.
Edran miró directamente a Ariana.
—Dijeron que no iban a protegerte.
—¿Entonces?
—Querían despertar tu sangre.
Ariana sintió que su cuerpo se enfriaba.
Lucien había dicho exactamente lo mismo.
Quería despertar la sangre de la gama real.
—Querían que creciera —murmuró.
Edran asintió.
—Querían que llegaras a tu poder.
Adrian apretó la mandíbula.
—Para utilizarla.
—Exactamente.
Ariana recordó las palabras de Lucien.
La verdadera guerra apenas comienza.
Entonces comprendió algo.
—Lucien sabía.
Edran no respondió.
—¡Lucien sabía todo esto!
—Sí.
—¿Trabaja contigo?
—No.
Ariana frunció el ceño.
—Entonces, ¿con quién?
Edran bajó lentamente la mirada.
—Con la misma persona que manipuló todo desde el principio.
El silencio volvió a caer sobre ellos.
—¿Quién? —preguntó Ariana.
Edran levantó el rostro.
Pero antes de responder, una explosión destruyó parte de la torre.
—¡Cuidado! —gritó Adrian.
Edran desapareció entre el humo.
—¡Edran! —gritó Darian.