La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 31 — La princesa de dos mundos

La luz de la frontera antigua cubría todo el bosque.

Ariana permanecía frente a aquella abertura, tomada de la mano de Adrian.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

La voz femenina seguía resonando en su mente.

Hija de la primera sangre...

Ariana tragó saliva.

—Tengo miedo.

Adrian entrelazó sus dedos con los de ella.

—Yo también.

Ariana lo miró sorprendida.

—¿Tú?

—Claro.

Adrian sonrió.

—No soy invencible.

—A veces actúas como si lo fueras.

—Es parte de mi encanto.

Ariana soltó una pequeña risa.

—Eres insoportable.

—Y aun así me amas.

Ella negó con la cabeza.

—Desafortunadamente.

Adrian sonrió.

—Me conformo.

Detrás de ellos, Darian carraspeó.

—Qué momento tan conmovedor.

Lía lo miró.

—¿Estás celoso?

—No.

—Pareces celoso.

—Estoy pensando que nosotros también merecemos una escena romántica.

Lía levantó una ceja.

—¿Ahora?

—Solo digo.

—Hay una frontera mágica que puede destruir el mundo frente a nosotros.

Darian asintió.

—Precisamente. Podríamos morir. Hay que aprovechar el tiempo.

Lía soltó una carcajada.

—Definitivamente estás loco.

—Pero soy tu loco.

Ella negó con la cabeza.

—Vamos antes de que cambies de opinión.

Ariana dio el primer paso.

La frontera reaccionó.

Una corriente de energía recorrió su cuerpo.

Adrian entró detrás de ella.

En cuanto cruzaron, el ruido de la batalla desapareció.

Ya no estaban en el bosque.

Se encontraban en un lugar completamente diferente.

Era un valle cubierto de flores plateadas.

Al fondo había un enorme palacio de cristal.

Y sobre las montañas brillaba una luna gigantesca.

Ariana quedó sin palabras.

—¿Dónde estamos?

Edrik, que había cruzado con ellos, observó el lugar con asombro.

—La tierra de origen.

Lucien apareció detrás.

—El primer territorio.

Ariana lo miró.

—¿Tú sabías que existía?

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Lucien bajó la mirada.

—Porque no estaba preparado para decirte toda la verdad.

Ariana sintió enojo.

—Todos parecen tener secretos sobre mi vida.

Adrian apretó su mano.

—Pero eso está terminando.

Ariana lo miró.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque ahora estás aquí.

Una figura apareció frente al palacio.

Era una mujer.

Cabello plateado.

Ojos dorados.

Vestía una larga túnica blanca y llevaba una corona sencilla.

Ariana sintió inmediatamente una conexión.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió.

—Soy la memoria de tu linaje.

Ariana frunció el ceño.

—¿Una memoria?

—La primera gama dejó una parte de su esencia en este lugar para que algún día pudiera guiar a su última descendiente.

Ariana sintió lágrimas en los ojos.

—¿Soy realmente la última?

La mujer asintió.

—La última gama real.

Adrian permaneció junto a ella.

—¿Por qué ella?

La mujer lo miró.

—Porque su sangre fue la única capaz de sobrevivir sin corromperse.

Ariana bajó la mirada.

—¿Y qué se supone que debo hacer con todo este poder?

La mujer respondió:

—Elegir.

Ariana suspiró.

—Todos me dicen eso.

—Porque esa es la esencia de tu sangre.

La mujer levantó una mano.

Alrededor de Ariana aparecieron imágenes.

Su infancia.

Sus padres adoptivos.

Lía.

La primera vez que conoció a Adrian.

El rechazo.

La soledad.

El miedo.

Su madre biológica llorando al encontrarla.

Alexander.

El castillo.

La batalla.

Y finalmente Adrian.

Ariana observó cada recuerdo.

—Mi poder no es gobernar.

—No.

—Es unir.

—Sí.

—Pero si no quiero ser reina...

La mujer sonrió.

—Entonces no lo seas.

Todos quedaron sorprendidos.

Edrik abrió los ojos.

—¿Cómo?

La mujer miró a Ariana.

—Una corona no define a una reina.

Ariana comprendió.

—Entonces puedo elegir mi propia vida.

—Siempre pudiste.

Ariana cerró los ojos.

Por primera vez sintió que no tenía que ser la princesa perfecta.

No tenía que compensar veintidós años.

No tenía que gobernar para demostrar nada.

Podía ser simplemente Ariana.

Entonces la tierra comenzó a temblar.

La mujer levantó la cabeza.

—Ya vienen.

Adrian desenvainó su espada.

—¿Quiénes?

—Aquellos que desean apropiarse de su sangre.

Ariana sintió una presencia oscura.

La misma que había sentido durante meses.

El hombre de la sombra apareció al otro lado del valle.

Detrás de él había cientos de guerreros.

Lucien apretó los puños.

—Él.

Ariana lo miró.

—¿Quién es?

El hombre se quitó la capucha.

Ariana quedó inmóvil.

Era Cassian, antiguo consejero de Alexander.

Edrik palideció.

—Cassian...

Adrian lo miró.

—Pensábamos que había muerto.

Cassian sonrió.

—Eso fue lo que Alexander quería que todos creyeran.

Ariana sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Tú conocías a mi padre?

—Mejor que nadie.

—¿Por qué lo traicionaste?

Cassian soltó una carcajada.

—Porque Alexander quiso destruir el antiguo orden.

Ariana frunció el ceño.

—¿Qué orden?

—El de las coronas.

Cassian extendió los brazos.

—Los reyes y reinas han dividido a nuestro pueblo durante siglos.

—¿Y tú querías gobernarlos?

—No.

Cassian miró a Ariana.

—Quería utilizarte para despertar a todos los linajes y ponerlos bajo una sola voluntad.

Ariana sintió un escalofrío.

—La tuya.

—Exactamente.

Adrian avanzó.

—No la tendrás.




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