Habían pasado seis meses desde la ceremonia.
Seis meses desde que Ariana había dejado de ser únicamente la princesa perdida para convertirse en el puente entre las diferentes manadas.
El reino había cambiado.
Ya no existía una sola corona con poder absoluto.
Los antiguos clanes se reunían en un consejo y las decisiones importantes se tomaban entre todos.
Ariana había rechazado convertirse en una reina tradicional.
Pero todos la llamaban de una manera especial.
La princesa de dos mundos.
Porque había conseguido algo que durante siglos parecía imposible.
Unir a los lobos.
Y todo aquello había comenzado con una muchacha que ni siquiera sabía que era una loba.
Aquella mañana, Ariana estaba en los jardines del palacio.
Llevaba un vestido sencillo y el cabello suelto.
Adrian la observaba desde una ventana.
—Es hermosa.
Darian, que estaba desayunando junto a él, levantó la mirada.
—Sí.
Adrian lo miró lentamente.
—¿Qué dijiste?
Darian se quedó inmóvil.
—Que... el jardín es hermoso.
—No estabas hablando del jardín.
—Definitivamente hablaba del jardín.
Adrian entrecerró los ojos.
—Darian.
—Majestad.
—Como vuelvas a mirar a mi esposa de esa manera...
Darian levantó ambas manos.
—¡Es tu esposa! ¡Yo solo estaba haciendo una observación estética!
Lía apareció detrás de él.
—¿Otra vez estás provocando al rey?
—No.
—Lo estás haciendo.
—Un poco.
Lía suspiró.
—Algún día vas a aprender.
Darian sonrió.
—Ese día nunca llegará.
Adrian negó con la cabeza.
—No sé por qué sigo considerándote mi mejor amigo.
—Porque me necesitas.
—Porque eres el único que aguanta mis órdenes.
—Exactamente.
Lía intervino:
—No. Es porque nadie más quiere escucharte quejarte.
Darian se llevó una mano al pecho.
—Qué cruel.
Ariana entró en la habitación.
—¿De qué hablan?
Los tres guardaron silencio.
Ariana los miró.
—Eso nunca es buena señal.
Adrian se acercó a ella.
—Nada importante.
Ariana levantó una ceja.
—¿Darian hizo alguna tontería?
—¡Por supuesto que no! —respondió Darian.
Lía lo señaló.
—Acaba de mentir.
—¡Traición!
Ariana comenzó a reír.
Adrian la observó.
Aquella risa era una de las cosas que más amaba.
Después de todo lo que habían vivido, verla feliz era suficiente.
—Ariana.
Ella lo miró.
—¿Sí?
Adrian tomó su mano.
—Quiero enseñarte algo.
—¿Qué?
—Ven.
La llevó hasta el antiguo jardín real.
Allí había una pequeña construcción de piedra.
Ariana nunca la había visto.
—¿Qué es?
Adrian abrió la puerta.
Dentro había una habitación completamente decorada con flores plateadas.
En el centro había una mesa.
Sobre ella descansaba un pequeño cofre.
Ariana lo abrió.
Dentro encontró el medallón que había llevado desde niña.
Pero había algo más.
Una carta.
Reconoció inmediatamente el sello.
El de Alexander.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Dónde la encontraste?
—Edrik la descubrió entre los archivos ocultos.
Ariana abrió la carta.
La letra era de su padre.
Ariana:
Si algún día lees estas palabras, significa que sobreviviste.
Y si sobreviviste, entonces todo lo que hicimos valió la pena.
No quiero que seas reina por obligación.
No quiero que cargues con el peso de nuestro apellido.
Quiero que seas feliz.
Ama a quien tú elijas.
Y cuando encuentres a esa persona, no permitas que una corona decida por ustedes.
Porque el verdadero poder de nuestra sangre nunca fue gobernar.
Fue amar sin miedo.
Las lágrimas de Ariana comenzaron a caer.
Adrian la abrazó.
—Tu padre sabía quién serías.
Ariana apoyó el rostro contra su pecho.
—Ojalá hubiera podido conocerlo.
—Estoy seguro de que te conoció más de lo que crees.
Ella levantó la mirada.
—¿Cómo?
Adrian sonrió.
—Porque dejó instrucciones para que fueras feliz.
Ariana volvió a abrazarlo.
Una semana después, el palacio estaba lleno de preparativos.
Ariana caminaba por uno de los corredores cuando escuchó un ruido.
—¿Qué están haciendo?
Darian salió de detrás de una columna.
—Nada.
Ariana lo miró.
—Darian.
—Nada sospechoso.
Lía apareció detrás de él.
—Estamos preparando una sorpresa.
Darian la miró.
—¡Se suponía que no debías decirlo!
—No se me da bien guardar secretos.
Ariana sonrió.
—¿Qué sorpresa?
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque entonces dejaría de ser sorpresa.
Ariana cruzó los brazos.
—Puedo obligarte a decirme.
Darian palideció.
—No uses tu poder conmigo.
—No pensaba hacerlo.
—Lo pensaste.
—Tal vez.
Darian miró a Lía.
—Tu amiga me da miedo.
Lía respondió:
—Ahora imagina cómo me siento yo todos los días.
Aquella noche, Ariana fue llevada al jardín.
Había cientos de luces plateadas.
Todas las manadas estaban presentes.
Su madre estaba allí.
Edrik.
Darian.
Lía.
Incluso antiguos enemigos que ahora formaban parte del consejo.
Adrian apareció frente a ella.
Vestía completamente de negro.
Ariana sonrió.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Todos dicen eso cuando hicieron algo.
Adrian tomó su mano.
—Quiero hacerte una promesa.
Ariana sintió que su corazón se aceleraba.
—Adrian...
Él se arrodilló.
Ariana abrió los ojos.
—¿Qué haces?
Darian gritó desde el fondo: