La prisionera del comandante

Capítulo 2

Alguien lloraba a unas camas de la mía, probablemente Bianca. Apreté los dientes y me cubrí la cabeza con la almohada en un inútil intento por ahogar sus sollozos. Todas estábamos tristes, pero no había razón para estar lloriqueando a media noche. Eso era lo que más enferma me tenía de este lugar: la tristeza general que se sentía en el ambiente. Me giré hacia el otro lado, los resortes del mullido colchón se quejaron bajo mi peso.

—Feliz cumpleaños, Lea —susurró Vilma. Sus ojitos cafés fijos en mí brillando en la oscuridad, su muñeca predilecta aferrada con ambas manos contra su pecho—. Ya pasó la media noche, oficialmente ya tienes 18.

Le sonreí sin mucha convicción. Por más que me supliqué a mí misma no hacerlo, el recuerdo de mi último cumpleaños con mi familia me llegó a la mente. Mis padres y mi hermano alrededor de la mesa llena de suculentos platillos, los numerosos regalos esperando a que los abriera… ahora todo era ceniza, mi antigua mansión, todas mis pertenencias y también mis familiares… yo era la única que había sobrevivido a la guerra. Cerré los ojos con fuerza para ahuyentar la imagen. De nada servía torturarme con sus recuerdos, si seguía así iba a soltarme a llorar como Bianca y definitivamente no quería eso. Ya había llorado demasiado en los últimos cuatro años, ya no deseaba llorar más. Ahora era una huérfana y de nada servía estarse lamentando por ello.

Dormir iba a ser imposible, así que me quedé mirando al frente hasta que empezaron a salir los primeros rayos del sol. Me levanté de la cama al mismo tiempo que el resto de las que dormíamos en esta habitación. Bianca tenía los ojos enrojecidos e hinchados, lo cual no era una sorpresa pues había pasado horas llorando. Le dediqué una mirada de reproche de la que me arrepentí al instante. No era justo que fuera cruel con ella, Bianca tenía derecho a sufrir, así como lo teníamos todas… al fin y al cabo éramos un montón de huérfanas de guerra, ¿qué más nos quedaba hacer más que llorar?

Nos comenzamos a acicalar en silencio. Al fondo de la recámara rectangular había un pequeño espejo, me hice espacio entre las demás y me dediqué una rápida mirada. Mi cabello rubio caramelo no estaba perfectamente desenredado, pues al único cepillo que tenía le faltaban varias cerdas, pero casi no se notaba gracias a la pañoleta blanca que tenía sobre él que lograba aplacarlo. Pasé mis manos por mi falda café como si eso pudiera borrar las arrugas. La tela tenía uno que otro parche, pero uno no se podía poner muy exigente con la ropa donada.

—¡La princesa está aquí! —anunció Ariana con la vista clavada en la ventana.

En medio segundo, todas nos arremolinamos alrededor de ella mirando hacia el exterior. Efectivamente, afuera del modesto orfanato se encontraba su alteza Morgana Autumnbow, princesa de Encenard, hermana menor de nuestro monarca el rey Esteldor. La princesa se encontraba de pie junto a su carruaje, mirando el exterior del orfanato con cara de disgusto, como si estuviera percibiendo un tufo podrido. Todas sabíamos que la princesa odiaba venir, pues hacía poco por ocultarlo. Si recibíamos sus visitas con tanta frecuencia era porque su hermano le había encargado asegurarse de que el orfanato estuviera bien provisto, pero su encargo no le traía la menor satisfacción. La caridad no era una inclinación natural para nuestra princesa. Para ella era tan incómodo venir como para nosotras recibirla y ponerle nuestra mejor cara mientras que de ella solo recibíamos muecas.

—Otra vez con las falsas sonrisas… —suspiró Bianca con hastío.

—¿Quién es ese a su lado? —preguntó Vilma.

En ese momento reparé en el hombre que había junto al carruaje de la princesa montado sobre un caballo blanco. Era bastante apuesto, de cabello oscuro rizado y facciones varoniles, aunque por su gesto severo parecía sentirse miserable, como si trajera el uniforme mojado o la montura de su caballo lo estuviera lastimando. Aun así, su presencia despertó mi interés, en el orfanato no teníamos oportunidad de tratar con muchos hombres, en especial no hombres tan atractivos.

—Ese es el comandante Nicolás Gil, encargado de la guardia de Encenard —contestó Bianca con la nariz prácticamente pegada al cristal, el cual se empañó levemente por su aliento.

La recámara se llenó de varias expresiones de sorpresa, incluida la mía. Comandante Nicolás Gil, hasta el nombre me agradó.

Me hice un poco más al frente, poniendo especial atención en el comandante. La seriedad de su expresión dejaba claro que no estaba aquí para hacer amigos, pero eso no me impidió encontrarlo atractivo.

El sonido de las pisadas de la señora Morris subiendo las escaleras nos alertó que corría hacia acá.

—¡Su Alteza está aquí! —anunció con el rostro rojo por la emoción y el esfuerzo de correr—. Vamos bajen. No la hagamos esperar.

Sin perder tiempo, seguimos a la señora Morris a la planta inferior. Algunas resoplaban con apatía, otras cruzaban sus brazos mientras bajaban las escaleras y la señora Morris no dejaba de darnos instrucciones de cómo debíamos comportarnos, a pesar de que esta estaba lejos de ser la primera visita de la princesa. Rápidamente, nos acomodó en un semicírculo, de modo que todas fuéramos visibles para Morgana.

—¡Vilma! ¿Qué te he dicho de esa muñeca? —se quejó la señora Morris al verla entre sus manos—. Ya no estás en edad de tener tanto apego a un juguete.

Con un movimiento de mano, le indicó que escondiera la muñeca tras un viejo sillón. Vilma obedeció reacia. Podía parecer infantil que una joven de su edad tuviera tanto apego a una vieja muñeca de trapo, pero era todo lo que le quedaba de su antigua vida. Pocas de nosotras conservábamos objetos que databan de antes de la guerra, cuando nuestras vidas eran más felices, cuando no vivíamos en el orfanato; eran la única conexión que teníamos a nuestro pasado, a esa realidad distinta que por momentos parecía tan lejana que debía tratarse de un sueño, solo el objeto lograba convencernos de que no había sido así, que en verdad habíamos tenido una familia y que habíamos sido amadas, así que esos pocos objetos habían tomado una importancia casi sagrada para nosotras. En mi caso era un anillo de oro que había pertenecido a mi padre. No podía usarlo pues era demasiado grande y se resbalaba por mis dedos, pero lo tenía bien guardado debajo del colchón y, cuando mi tristeza era mucha, lo sacaba y pensaba en el antes.




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