La prisionera del comandante

Capítulo 10

—¡Lea, ven a ver quién viene pasando por la avenida! —exclamó Tom.

Salí de la cocina y lo acompañé hasta la ventana en donde él se estaba asomado al exterior. Un hermoso carruaje sin techo iba pasando en ese justo momento. En el interior iba la princesa Morgana Autumnbow. Como era de esperarse, portaba su usual expresión de superioridad, la princesa se sentía la mujer más bella sobre esta tierra y actuaba como si el mundo no la mereciera, y a pesar de que sí era una joven de considerable belleza, su actitud altanera la hacía perder cualquier atractivo, al menos a mis ojos. Lo que más llamó mi atención fue ver al comandante Gil que venía cabalgando a su lado con esa cara de infeliz que siempre llevaba. Al parecer estaban pasando mucho tiempo juntos últimamente. ¿Existiría algún interés entre ellos? Era difícil imaginar a cualquiera de los dos en plan romántico, ninguno parecía capaz de sentir otra cosa que no fuera desdén, pero debía admitir que el comandante y la princesa harían una excelente pareja. Dos personas con el alma negra seguro tendrían mucho en común.

—Son el uno para el otro —mascullé con amargura.

—¿Qué dijiste? —preguntó Tom girando su atención hacía mí.

—Nada, lo siento, estaba pensando en voz alta.

—¿Crees que sean pareja? —preguntó con gesto divertido, adivinando a qué me refería.

Mis mejillas se sonrojaron al sentirme descubierta.

—Podría ser, no es la primera vez que los veo juntos —contesté tímidamente.

—Supongo que el rey no tendría inconveniente en dar la mano de su hermana a un hombre como el comandante, se sabe que lo aprecia mucho —especuló—. Pero, por lo que sé de Gil, él no está buscando esposa, al menos lo que se rumora es que no ha superado a su antigua mujer, dicen que su muerte le pesa demasiado.

—Tal vez lo que necesita es a alguien que lo consuele.

—Sí, pero la princesa no me parece la clase de mujer que sepa ofrecer un hombro sobre el cual llorar —dijo ahogando una risita burlona.

En eso tenía toda la razón, Morgana sería la última persona a la que yo acudiría buscando consuelo, pero, para ser honestos, el comandante tampoco tenía aspecto de quererlo. Al contrario, parecía sacar ímpetu de su dolor.

—El tiempo lo dirá, tal vez tengamos matrimonio real pronto —dije fingiendo que no me afectaba.

Tom me dedicó una cálida sonrisa antes de alejarse de la ventana.

—Le quedé debiendo unas monedas al leñador, aprovecharé que el día va lento para ir a pagarle —me informó dirigiéndose a la caja de madera donde guardábamos el dinero.

—Ve tranquilo, yo me encargo del negocio.

El momento de partir de Tom no pudo ser más atinado, pues minutos después llegó su clienta menos apreciada.

—¡Buenas tardes! —saludó Violeta a todo pulmón al entrar por la puerta—. Tuve un cambio de parecer sobre el sabor del pastel. Creo que prefiero el de fresa. Además, necesito que sea más grande, mis padres decidieron invitar a todavía más gente a la boda. No tienen inconveniente, ¿cierto?

—Ninguno, si quieres que hagamos dos, tres o cuatro pasteles, los haremos con gusto —le aseguré.

Violeta colocó ambas manos sobre el mostrador y soltó un largo suspiro.

—Planear una boda es un dolor de cabeza. Creí que sería divertido, pero la presión de que todo salga perfecto se empieza a acumular. Además, el rey será nuestro invitado de honor, ¿te imaginas? No hay espacio para errores, necesito que la boda sea un sueño.

—Ya verás que todo quedará hermoso, la gente no hablará de otra cosa durante días —afirmé para infundirle ánimos.

Violeta me sonrió, la idea le encantaba.

—Pues si mis sospechas son correctas, así será —dijo con mirada pícara y luego se inclinó hacia delante, tomando un aire de complicidad—. Lo más probable es que se dé un anuncio importante en mi boda. Estoy casi segura de que la princesa Morgana aprovechará ese día para anunciar su compromiso con el comandante Gil.

—¿Existe algo entre ellos? —pregunté intrigada.

—Es lo que se cree, aunque nada es oficial. Eso sí, se les ha visto juntos en varias ocasiones, según dicen que es debido a que el rey les ordena ciertas actividades en conjunto, pero yo sospecho que esa es solo una excusa. Es obvio que hay más. Por ahí escuché que el comandante incluso ya habló con el rey para formalizar su relación con la princesa, por eso creo que aprovecharán mi boda para hacer el anuncio. La gente jamás olvidará que fue ahí donde escucharon por primera vez del compromiso real. Mi boda será por siempre recordada.

Volví a pensar que el comandante y la princesa eran el uno para el otro. Sin embargo, había un malestar en la boca de mi estómago que me estaba estorbando para disfrutar de un poco de cotilleo inofensivo. El sentimiento era fácil de reconocer: eran celos… sentía celos de Morgana… más específicamente de su compromiso con el comandante…

Reconocer mis sentimientos fue desconcertante. ¡Pero qué bobería estaba pensando! ¿Celosa por casarse con ese hombre tan grosero y antipático? Debía estar yo loca. La mujer que terminara con Nicolás Gil debía provocarme lástima, no envidia.




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