La prisionera del comandante

Capítulo 11

El escuadrón especial para rescatar a los refugiados pasó por la avenida principal mientras nosotros limpiábamos la panadería. Tom giró el rostro hacia un costado, como si no pudiera soportar la vergüenza de no formar parte de ellos. Apenada por su malestar, estiré la mano para tomar su antebrazo con cariño.

—Tu padre te necesita aquí —le recordé.

Tom hizo una mueca de disgusto. Sabía que la convalecencia del señor Austin había cortado de tajo cualquier posibilidad de que Tom se uniera al escuadrón de rescate, pero aquello no significaba que él estuviera conforme. Era joven, quería vivir aventuras y demostrar su valor.

—¿Han sabido algo de Vilma? —me preguntó como para cambiar el tema mientras volvía a su trabajo.

El corazón se me comprimió al negar con la cabeza. Habían pasado dos semanas y seguíamos sin noticias de Vilma.

—Aún no, la señora Morris está muy preocupada. La gente asume que huyó con algún chico, pero ella no va a estar tranquila hasta no saber quién.

—¿En verdad la crees capaz de huir con un desconocido?

Solté un largo suspiro, llevaba días preguntándome eso mismo en silencio.

—Vivir en el orfanato es duro. Nada te pertenece, no hay privacidad… nunca hay calma, pero al mismo tiempo tampoco parece suceder nada interesante. Es difícil de explicar lo que es la vida para nosotras ahí dentro, pero no me extrañaría que alguna se sintiera orillada a escapar. En el caso de Vilma, siempre fue soñadora, se entusiasmaba con facilidad, pudiera ser que haya tomado la decisión por impulso. Lo que no entiendo es que después de dos semanas no se haya comunicado. Sabe que la señora Morris se preocupa, al menos debería haber enviado una nota para despedirse… es extraño que no lo haya hecho, por eso a veces llego a pensar lo peor.

—Tranquila, ya aparecerá —me aseguró Tom sin mucho entusiasmo, posiblemente se sentía dolido de que Vilma hubiera preferido a otro sobre él—. Supongo que hasta cierto punto es entendible que se haya olvidado de comunicarse, está empezando una vida nueva, debe sentirse muy emocionada de estar con esa persona con la que huyó. Ya dará señales de vida en cuanto se le pase el furor inicial.

—Espero que tengas razón —suspiré.

—Así será. Lo principal es que se encuentre con un buen hombre, confiemos en que su elección haya sido acertada.

Mi mente volvió a pensar en lo poco que sabía del hombre con el que presuntamente Vilma había huido. Misterioso, que le compraría muchos regalos… las piernas se me aflojaron en el segundo en el que la posibilidad pasó por mi mente: Rupert Norton. Su nombre parecía ácido quemando mi lengua. Me sentí sofocar solo de imaginarme que Vilma pudiera estar con él. A mí Norton me había querido tentar ofreciéndome joyas, dándome aquello que se encontraba fuera de mi alcance, ¿y si había intentado lo mismo con Vilma? Tal vez a ella sí había logrado envolverla en su sucia proposición.

—El señor Norton no ha venido en estos días —dije descompuesta de malestar.

A pesar de que lo había dicho para mí misma, como una declaración que asentaba mis peores temores, Tom me escuchó. 

—Ahora que lo mencionas, es verdad. Pero tranquila, no significa que hayamos perdido a un cliente. A veces así hace. Tiene negocios en un pueblo retirado de aquí que se llama Sandor, por lo que abandona la capital sin previo aviso y vuelve después de varios días. ¿Por qué la pregunta? Creí que estarías aliviada por su ausencia, según comentó mi padre, ese señor no te agrada.

Lo dicho por Tom ayudó a que la habitación dejara de darme vueltas, pero aún no estaba tranquila del todo.

—No me agrada, pero… —dejé la frase inconclusa, ¿cómo acabarla de forma coherente? ¿Qué pruebas tenía para sospechar que Vilma pudiera estar con ese hombre? Jamás los había visto juntos, ni había habido el menor indicio de que se conocieran, todo era una conjetura en mi cabeza… además, debía confiar en que Vilma tuviera mejores instintos como para no dejarse envolver por un personaje tan siniestro—… me llamó la atención no verlo por aquí.

—Aparecerá en cuanto regrese, el señor Norton ama los panes azucarados, no puede estar mucho tiempo sin ellos —me aseguró mientras terminaba de barrer.

Asentí despacio, tratando de sacudirme la sensación de miedo que me había acometido.

La puerta se abrió, el señor Austin entró acompañado por una ráfaga de viento frío de la mañana. Por fin había vuelto a incorporarse con nosotros, aunque aún no retomaba el total de sus tareas y llegaba un poco más tarde.

—Buenos días, ¿todo listo para hoy? —nos preguntó con una sonrisa bonachona.

Tom dejó la escoba y se metió a la cocina sin contestar. Yo le dediqué una sonrisa amable como si eso pudiera tapar la rudeza de su hijo. El señor Austin se quedó viendo al frente sin entender qué había sucedido.

—El escuadrón de rescate partió hoy —le aclaré en voz baja.

El señor Austin alzó las cejas dándose por enterado.

—Esperemos que la misión sea un éxito —dijo con una sonrisa de alivio de que su hijo no estuviera con ellos.

 

A unas cuadras de la panadería, había una plaza con una linda fuente en el centro. Muchas personas empezaron a llevar flores a la fuente en señal de solidaridad con el escuadrón de rescate. Me sentí obligada a hacer lo mismo, esos jóvenes eran muy valientes al arriesgar sus vidas por completos desconocidos, así que me tomé un descanso en la tarde, compré un ramo de rosas blancas con lo que había logrado ahorrar hasta ese momento y fui a dejarlas a la fuente.




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