La prisionera del comandante

Capítulo 14

Abatida tras el fracaso de mi intento de persuadir a Rodric Muller, volví a la panadería sin tener idea de cómo hacer que el nuevo regente abriera los ojos ante la verdad.

Tuve que dejar a un lado mis cavilaciones en cuanto una nueva inquietud se apoderó de mí. Asustada ante la perspectiva de pasar la noche sola en la panadería, me ingenié la forma de mover el pesado mostrador contra la puerta para trabarla. Los dos cerrojos que tenía no eran suficientes, no cuando Rupert Norton andaba suelto y sediento de víctimas inocentes. Yo sabía que era culpable, sin importar si los demás lo creían o no.

Me fui a la cama sintiéndome ligeramente reconfortada sabiendo que la puerta estaba asegurada. Tal vez no impediría que Rupert Norton pudiera entrar, pero sí lo obligaría a hacer un gran escándalo para mover el pesado mueble y eso me alertaría, dándome oportunidad de actuar, saltar por una ventana o lo que fuera. Sería preferible romperme una pierna a caer en las garras de ese monstruo. Como medida adicional, me llevé un cuchillo que coloqué bajo mi almohada, solo por si las dudas.

Pasada la media noche, me despertó un ruido inusual. Inmediatamente asumí que se trataba de alguien empujando el mostrador para entrar. Adormilada como estaba, tomé el cuchillo y lo blandí varias veces en el aire, atacando a cualquier posible agresor que se me acercara. El aturdimiento inicial pasó, mi mente comenzó a pensar con mayor claridad conforme despertaba. Entonces me di cuenta de que el ruido provenía de la calle, no del piso de abajo. Me asomé por la diminuta ventana de mi cuarto, me sorprendió el número de gente transitando por la avenida principal a una hora tan avanzada. Bajé las escaleras para asomarme al exterior desde el escaparate en donde tendría una mejor perspectiva de lo que estaba pasando.

Afuera estaba oscuro, pero eso no me impidió notar el lamentable estado de la gente que pasaba por enfrente de la panadería. Se veían sucios, maltrechos y exhaustos, algunos incluso presentaban heridas. Reconocí a dos muchachos que pasaron muy cerca del escaparate, entonces entendí que se trataba del escuadrón de rescate y de las personas que habían salvado. Una enorme sonrisa se dibujó en mis labios, pensando en la nueva vida que le aguardaba a esa gente. El horror de la amenaza enemiga quedaba atrás para ellos, así como sucedió con el resto de nosotros cuando llegamos a Encenard.

Minutos después pasó el comandante Gil en su caballo, él también se veía agotado, pero ileso. Supuse que bajo su cansancio debía sentirse orgulloso de haber cumplido su cometido. Por lo que podía calcular solo de vista, había logrado salvar al menos a 150 personas; gente que por el resto de sus vidas estarían en deuda de gratitud con el comandante y su escuadrón. Haberle dado una segunda oportunidad a tanta gente debía ser una sensación muy satisfactoria.

En estos días se había preparado un albergue para recibir a los rescatados, asumí que era ahí a donde se dirigían. Aun así, algunas personas comenzaron a salir de sus hogares con mantas, agua o comida para ofrecérselos a los recién llegados. Pensé en salir también, hasta que recordé el pesado mostrador que bloqueaba mi salida. Estaba muy cansada como para moverlo en este momento, era mejor esperar a la mañana.

Volví a la cama con el ánimo levantado, la misión había resultado un éxito y me alegraba muchísimo por esa gente. Una buena noticia después de estos días tan oscuros.

 

 Los Austin se presentaron a primera hora de la mañana, apenas y me dio tiempo de quitar el mostrador y que no notaran que había decidido reorganizarles el negocio para acallar mis miedos personales. Para mi sorpresa, ambos traían mucho mejor semblante.

—¡Pongamos manos a la obra! Quiero hacer hogazas de pan para alimentar a los refugiados —dijo el señor Austin mientras se ponía su delantal—. Pobre gente, lo que han de haber sufrido, lo mínimo que podemos hacer es ofrecerles alimento.

Concordé en que era una gran idea, además, serviría para que la gente dejara de ver a Tom como un monstruo y recordaran al chico dulce que realmente era.

Los tres nos pusimos a trabajar a toda prisa. Para antes de las diez de la mañana ya habíamos elaborado más de setenta hogazas de pan, también gracias en parte a que no habíamos tenido ni un cliente.

Con la intención de subsanar la imagen pública de Tom, les sugerí que fueran ambos los que se presentaran en el albergue con las hogazas, mientras yo me quedaba a atender la panadería. Los vi partir esperando con el corazón que la gente no reaccionara mal al ver a Tom.

En cuanto me quedé sola, me dejé caer sobre la silla que estaba detrás del mostrador. Hacer tantas hogazas de pan había sido agotador, necesitaba un respiro. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, pensando que tal vez podría tomarme una breve siesta, puesto que dudaba que fuera a presentarse algún cliente.

La campanilla me hizo abrir los ojos de golpe, me levanté de mi asiento tan rápido como el comandante se plantó frente a mí.

Más que un hombre parecía un tornado, su forma furiosa de caminar le daba la apariencia de que estaba listo para arrasar con cualquier cosa a su paso. Asumí por las gotas de sudor en su frente que había corrido hasta aquí, aunque no entendía por qué.

—Estás viva —pronunció con la voz agitada, sus ojos clavados en mí como si no creyera lo que tenía enfrente.




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