Desde los diecisiete años había salido con algunos chicos de mi edad.
No podría decir que tuve demasiadas relaciones. Tampoco podría decir que fui una novia particularmente complicada.
Aunque, pensándolo bien, quizá sí lo fui.
Siempre ocurría lo mismo.
Al principio todo marchaba perfectamente. Salíamos, conversábamos durante horas, íbamos al cine, compartíamos comidas y, de vez en cuando, recibía algún que otro regalo que jamás había pedido.
Yo estaba cómoda.
Ellos también.
El problema comenzaba cuando alguno decidía que nuestra relación debía convertirse en algo más serio.
Cuando querían que todos supieran que éramos pareja.
Cuando comenzaban las fotografías juntos, las publicaciones en redes sociales y las preguntas de nuestros amigos.
—¿Cuándo van a casarse?
—¿Ya viven juntos?
—¿Cuándo conoceremos a sus padres?
Preguntas completamente innecesarias.
Yo siempre terminaba haciendo lo mismo.
Terminaba la relación.
A los veintiún años tuve un novio que estaba convencido de que había encontrado a la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
Me dijo que quería casarse conmigo.
Yo le dije que no.
Insistió.
Yo terminé con él.
No hubo lágrimas.
No hubo una segunda oportunidad.
Simplemente recogí mis cosas, me despedí y continué con mi vida.
A los veinticinco tuve otra relación.
Esta vez pensé que quizá las cosas serían diferentes.
Él parecía comprenderme. No hablaba constantemente de matrimonio ni intentaba convertir nuestra relación en un espectáculo para los demás.
Hasta que un día apareció con una propuesta.
La rechacé.
No estaba preparada para casarme y tampoco tenía intención de fingir que lo estaba.
Tiempo después descubrí que me había engañado.
Cuando lo enfrenté, tuvo la audacia de decirme que lo había hecho porque yo había rechazado su propuesta.
Lo miré de arriba abajo.
No sentí tristeza.
Ni siquiera decepción.
Solo una enorme necesidad de decir algo que probablemente no debía decir.
—De todas formas, tu pequeño amigo no trabaja.
Se quedó mirándome, completamente indignado.
Yo simplemente me fui.
Y pensé que aquella sería la última vez que tendría que lidiar con una situación semejante.
Me equivoqué.
Mi último novio decidió superar a todos los anteriores.
No solamente quería casarse conmigo.
Quería convertir la propuesta en un espectáculo.
Preparó todo a mis espaldas.
Reunió a nuestros amigos.
Eligió un lugar especial.
Compró el anillo.
Y, aparentemente, hasta había ensayado lo que iba a decir.
Cuando me enteré, ya era demasiado tarde para fingir sorpresa.
Nuestros amigos estaban reunidos.
Todos sabían lo que iba a suceder.
Todos esperaban mi respuesta.
Probablemente imaginaban que iba a llorar de felicidad, abrazarlo y decir que sí.
Qué poco me conocían.
Mientras él se preparaba para hacer la gran pregunta, saqué mi teléfono.
Busqué su número.
Lo llamé.
Contestó casi inmediatamente.
—¿Dónde estás?
Miré alrededor.
Nuestros amigos estaban allí.
Todos sonreían.
Todos esperaban.
—Tenemos que hablar.
—¿Ahora? —preguntó confundido—. Estoy a punto de...
—Lo sé.
Hubo un silencio.
Respiré profundamente.
—Terminamos.
No esperé su respuesta.
Colgué.
Así fue como terminé mi última relación.
Sin anillo.
Sin propuesta.
Sin boda.
Y, definitivamente, sin arrepentimientos.
Después de aquello tomé una decisión.
No volvería a tener novio.
No quería promesas.
No quería propuestas.
No quería que alguien apareciera frente a mí con un anillo mientras todos esperaban que yo dijera que sí.
Tampoco quería escuchar discursos sobre almas gemelas, destinos, para siempre o cualquier otra palabra utilizada para disfrazar una decisión impulsiva.
Prefería mi trabajo.
Mis libros.
Mis clases.
Mis estudiantes.
Una vida tranquila.
Una vida sin complicaciones.
Porque, después de tantos años, había aprendido algo importante:
el amor podía comenzar como algo hermoso y terminar convirtiéndose en una obligación.
Y yo no estaba dispuesta a permitir que nadie volviera a decidir cómo debía ser mi vida.
Por eso, aquella mañana, mientras entraba al salón de clases con mis libros bajo el brazo, estaba completamente segura de una cosa.
Había dejado el amor atrás.
O eso creía.
«El amor es una variable demasiado inestable como para confiar en ella».
Haz más natural el ritmo del capítulo
Conecta antes la escena del aula
Refuerza la voz sarcástica de Elizabeth
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Editado: 07.10.2026