La nueva profesora
Alrededor de treinta y cinco estudiantes ocupaban el salón.
O, al menos, ocupaban sus asientos.
Porque estudiar era claramente lo último que tenían en mente.
Apenas crucé la puerta, escuché conversaciones por todas partes.
Algunos hablaban de la fiesta del fin de semana.
Otros discutían sobre un partido.
Un par de estudiantes estaban demasiado concentrados en sus teléfonos como para notar mi presencia.
Y los que sí me habían visto parecían haber decidido que yo no representaba ninguna amenaza.
Seguí caminando hacia el escritorio sin decir una palabra.
El ruido continuó.
Aquello era una universidad, después de todo.
Segundo año.
La edad perfecta para creer que ya eran adultos y, al mismo tiempo, comportarse como adolescentes cuando aparecía la palabra "responsabilidad".
Los observé discretamente.
Era casi como si estuviera viendo una colección de estereotipos.
El estudiante que parecía haber nacido con un libro bajo el brazo y probablemente sabía la respuesta a cualquier pregunta antes de que el profesor terminara de formularla.
La porrista, perfectamente arreglada, conversando con sus amigas mientras revisaba su teléfono.
El capitán del equipo de fútbol, rodeado de compañeros y con esa seguridad característica de alguien acostumbrado a recibir atención.
Y, por supuesto, estaban los demás.
Los que parecían estar allí únicamente porque alguien les había dicho que necesitaban aprobar cálculo para graduarse.
Perfecto.
Treinta y cinco estudiantes.
Treinta y cinco posibles dolores de cabeza.
Dejé mi bolso sobre el escritorio y tomé un marcador.
Nadie se calló.
Ni siquiera lo intentaron.
Me acerqué al pizarrón y comencé a escribir.
Una ecuación.
Después otra.
Y otra.
El sonido del marcador deslizándose sobre la superficie blanca fue aumentando mientras llenaba el pizarrón con problemas de cálculo.
Algunos comenzaron a mirarme.
Otros continuaron hablando.
No me importó.
Seguí escribiendo.
Cuando terminé, dejé el marcador sobre la bandeja y regresé al escritorio.
Tomé varios cuadernos que había dejado allí y los coloqué sobre la superficie con un golpe seco.
¡Pum!
El sonido hizo que varias conversaciones desaparecieran inmediatamente.
Treinta y cinco pares de ojos se dirigieron hacia mí.
Finalmente.
Levanté la mirada.
—Buenos días.
Nadie respondió.
Alcé una ceja.
—¿Eso fue un saludo o están practicando para convertirse en estatuas?
Algunos estudiantes soltaron una risa nerviosa.
Crucé los brazos.
—Mi nombre es Elizabeth Whitmore.
Hice una pequeña pausa.
—Seré su profesora de Cálculo Integral durante este trimestre.
Algunos comenzaron a acomodarse en sus asientos.
Otros dejaron los teléfonos sobre las mesas.
Yo tomé una hoja de papel y la coloqué frente a mí.
—Antes de comenzar, quiero dejar algo muy claro.
El salón quedó en silencio.
—Mis reglas son muy sencillas.
Levanté un dedo.
—Primera regla: llegan tarde, pierden la clase.
Un estudiante levantó ligeramente la cabeza.
—Y no me refiero a "llegar tarde pero solo cinco minutos". Si la clase comienza a las ocho, a las ocho deben estar sentados. Si llegan después de esa hora, no entran.
Varias miradas comenzaron a cruzarse.
Sonreí ligeramente.
—Y si acumulan suficientes faltas por llegar tarde, no volverán a tomar mi materia conmigo. Oficialmente quedarán fuera de esta clase y tendrán que repetir el trimestre.
Una estudiante levantó la mano.
—¿Está hablando en serio?
La miré.
—Completamente.
Bajó lentamente la mano.
Levanté un segundo dedo.
—Segunda regla: las prácticas son obligatorias.
Se escucharon algunos suspiros.
—Si no hacen las prácticas, reprueban.
—¿Todas? —preguntó alguien desde el fondo.
—Todas.
—¿Incluso las pequeñas?
—Especialmente las pequeñas.
Algunos comenzaron a murmurar.
Esperé unos segundos.
Después levanté un tercer dedo.
—Y tercera regla.
Esta vez nadie habló.
—Si descubro que están compartiendo respuestas durante el examen final, no importa quién copió de quién.
Dejé que el silencio se extendiera por el salón.
—Todos reprueban.
El silencio se volvió absoluto.
Incluso el estudiante que había estado escondiendo el teléfono debajo de la mesa dejó de mover los dedos.
—¿Todos? —preguntó el capitán del equipo de fútbol desde una de las filas centrales.
Lo miré directamente.
—Todos.
—Pero eso no sería justo para los que no copiaron.
—Entonces asegúrense de no copiar.
Algunos estudiantes se miraron entre sí.
Yo tomé el marcador nuevamente y señalé los problemas que había escrito en el pizarrón.
—No estoy aquí para perseguirlos.
Hice una pausa.
—Tampoco estoy aquí para caerles bien.
Algunos rostros mostraron sorpresa.
—Estoy aquí para enseñarles cálculo integral.
Dejé el marcador sobre el escritorio.
—Ustedes están aquí para aprenderlo.
Miré el reloj.
Todavía quedaba prácticamente toda la clase.
—Así que, si alguno pensaba que esta sería una asignatura sencilla...
Señalé el pizarrón.
—Puede empezar a reconsiderarlo.
Un murmullo recorrió el salón.
Yo simplemente tomé mi cuaderno y lo abrí.
Treinta y cinco estudiantes acababan de descubrir que su nueva profesora no tenía intención de ser indulgente.
Y, por la expresión de sus rostros, ninguno esperaba encontrarse con una mujer como yo.
Lo que ellos todavía no sabían era que yo tampoco esperaba encontrarme con alguien como ellos.
Mucho menos con el estudiante que, sin saberlo, estaba a punto de convertirse en la mayor contradicción de todas mis reglas.
Erick Lancaster.
Haz que Elizabeth imparta la primera clase
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Editado: 07.10.2026