La profesora que no creía en el amor

Capítulo:3

La clase había llegado a su fin.
Después de casi dos horas de fórmulas, problemas y explicaciones, Elizabeth Whitmore cerró el libro que tenía sobre el escritorio y observó el salón.
Algunos estudiantes parecían agotados.
Otros miraban el pizarrón como si las ecuaciones que había escrito allí estuvieran en un idioma completamente desconocido.
Elizabeth, en cambio, mantenía la misma expresión tranquila con la que había entrado.
Tomó sus papeles y comenzó a organizarlos cuidadosamente.
—Antes de que se vayan, tengo un último anuncio.
Las conversaciones que habían comenzado a aparecer volvieron a desaparecer.
Elizabeth tomó el marcador y escribió una fecha en una esquina del pizarrón.
Después se giró hacia ellos.
—Mañana habrá una prueba sobre lo aprendido hoy.
Un coro de quejas recorrió el salón.
—¿Mañana? —preguntó una estudiante.
Elizabeth asintió.
—Mañana.
—Pero acabamos de empezar.
—Precisamente por eso.
Algunos estudiantes dejaron caer la cabeza sobre sus escritorios.
Elizabeth ignoró las expresiones de desesperación.
—Espero que lleguen temprano y que estudien lo suficiente —continuó—. La calificación que obtengan se acumulará con las siguientes evaluaciones. De esas calificaciones dependerá que puedan aprobar Cálculo Integral al final del trimestre.
Un silencio incómodo se instaló nuevamente en el salón.
—Así que no esperen al examen final para descubrir que no entendían la materia.
Guardó el marcador.
—Eso sería una pésima estrategia.
Varias personas comenzaron a guardar sus cosas.
Elizabeth recogió sus cuadernos y se dirigió hacia la puerta.
—Pueden retirarse.
En cuestión de segundos, el salón volvió a llenarse de ruido.
Sillas moviéndose.
Mochilas cerrándose.
Estudiantes hablando entre ellos.
Pero uno de ellos permaneció sentado unos segundos más.
Erick Lancaster.
Había escuchado cada una de las palabras de la profesora.
Y, aunque no estaba acostumbrado a admitirlo, aquella mujer había conseguido llamar su atención.
No era solamente su manera de enseñar.
Era su presencia.
Elizabeth era elegante sin esforzarse en demostrarlo.
Su cabello negro estaba recogido con precisión y su ropa era sencilla, pero impecable. Una camisa blanca, una falda larga y zapatos negros de tacón que marcaban un ritmo firme cada vez que caminaba por el salón.
No necesitaba levantar la voz para conseguir silencio.
No necesitaba amenazar a nadie.
Simplemente hablaba y los demás escuchaban.
Erick la observó mientras ella organizaba sus documentos.
Su rostro permanecía sereno.
Demasiado sereno.
Sus ojos marrones tenían una expresión fría y distante, como si estuviera acostumbrada a mantener a todo el mundo a una distancia prudente.
Era una mujer atractiva.
Eso era evidente.
Pero había algo más.
Una especie de seguridad que hacía difícil acercarse a ella.
Erick se preguntó cuántos años tendría.
Parecía joven para ser tan estricta.
Aunque, definitivamente, no parecía una estudiante.
Elizabeth tomó su bolso y salió del salón sin mirar atrás.
Erick siguió la puerta con la mirada.
—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde? —preguntó uno de sus compañeros.
Erick reaccionó y tomó su mochila.
—No.
Se levantó.
—Solo estaba pensando en la prueba.
Su amigo soltó una carcajada.
—Claro. La prueba.
Erick negó con la cabeza y salió del salón.
En el pasillo, vio a Elizabeth caminando unos metros adelante.
Ella avanzaba con paso tranquilo, sosteniendo varios libros contra el pecho.
No parecía tener ninguna prisa.
Tampoco parecía interesada en las miradas de los estudiantes que pasaban junto a ella.
Erick la observó durante unos segundos antes de continuar su camino.
No sabía por qué aquella profesora había despertado tanta curiosidad en él.
Quizá era su carácter.
Quizá su seguridad.
O quizá simplemente porque era diferente a todas las personas que había conocido en la universidad.
Pero había algo que sí tenía claro.
La prueba del día siguiente ya no parecía tan sencilla.
Y por primera vez en mucho tiempo, Erick Lancaster tenía una razón para estudiar.




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