La profesora que no creía en el amor

Capítulo:5

A la mañana siguiente, Elizabeth Whitmore llegó al salón unos minutos antes de que comenzara la clase.
Sobre su escritorio llevaba una carpeta gruesa.
Dentro había treinta y cinco hojas.
Treinta y cinco pruebas.
Y ninguna era igual a otra.
La tarde anterior les había dicho a sus estudiantes que estudiaran.
Había sido bastante clara al respecto.
Pero había omitido un pequeño detalle.
Cada estudiante recibiría una prueba diferente.
Elizabeth dejó la carpeta sobre el escritorio y miró el salón vacío.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
No era una sonrisa de felicidad.
Era la satisfacción de alguien que sabía perfectamente lo que estaba a punto de suceder.
—Veamos cuánto estudiaron realmente —murmuró.
Poco a poco, los estudiantes comenzaron a entrar.
Algunos llegaron conversando.
Otros revisaban sus apuntes mientras caminaban.
Unos cuantos parecían bastante confiados.
Erick entró con varios de sus compañeros y ocupó su lugar habitual.
Victoria llegó poco después.
—Espero que esta prueba no sea demasiado difícil —comentó mientras dejaba su bolso.
Elizabeth levantó la mirada.
—Eso dependerá de cuánto hayas estudiado.
Victoria sonrió con seguridad.
—Estudié bastante.
—Me alegra escucharlo.
Elizabeth tomó la carpeta.
El murmullo del salón comenzó a desaparecer.
—Pueden guardar sus libros y teléfonos.
Los estudiantes obedecieron.
—Como les dije ayer, hoy tendrán una prueba sobre lo aprendido en la clase anterior.
Algunos asintieron.
Elizabeth comenzó a caminar entre las filas.
Entregó la primera hoja.
Después otra.
Y otra.
Cada estudiante recibió su examen sin saber que las preguntas habían sido organizadas de manera diferente.
Cuando llegó al asiento de Erick, dejó una hoja frente a él.
Él la tomó.
La miró.
Después miró alrededor.
—¿Son diferentes? —preguntó en voz baja.
Elizabeth lo observó.
—¿Tienes alguna pregunta?
Erick bajó la mirada hacia su examen.
—No.
—Entonces comienza.
Continuó caminando.
Victoria recibió su prueba.
La miró con confianza durante los primeros segundos.
Luego frunció ligeramente el ceño.
Pasó a la segunda pregunta.
Su expresión cambió.
Volvió a mirar la primera.
—¿Qué...? —murmuró.
Elizabeth siguió caminando.
No necesitaba preguntar qué estaba ocurriendo.
Podía verlo en los rostros de sus estudiantes.
Uno se llevó ambas manos a la cabeza.
Otro comenzó a rascarse el cabello mientras observaba su hoja como si esperara que las respuestas aparecieran por arte de magia.
Un estudiante pasó la página.
Después la volvió a pasar.
Una chica miró discretamente hacia el examen de su compañero.
Elizabeth se detuvo inmediatamente.
—¿Necesitas ayuda?
La estudiante apartó la mirada.
—No, profesora.
—Entonces concéntrate en tu propia prueba.
—Sí, profesora.
Elizabeth continuó caminando.
Aquello era exactamente lo que había esperado.
Treinta y cinco estudiantes.
Treinta y cinco exámenes diferentes.
Y treinta y cinco expresiones cada vez más preocupadas.
El salón, que normalmente estaba lleno de conversaciones, ahora permanecía en completo silencio.
Solo se escuchaba el sonido de los lápices escribiendo sobre el papel.
Elizabeth caminaba lentamente entre las filas, observando.
No necesitaba decir nada.
Su sola presencia parecía recordarles las reglas.
Erick, por su parte, permanecía concentrado.
Leía cada problema con atención antes de escribir.
Sin embargo, después de unos minutos, levantó ligeramente la mirada.
Vio a uno de sus compañeros con ambas manos sobre la cabeza.
Luego a otro borrando desesperadamente una respuesta.
Victoria tenía el ceño fruncido.
Erick volvió a mirar su prueba.
Entonces comprendió.
La profesora no estaba intentando simplemente comprobar si habían memorizado las fórmulas.
Quería saber si realmente habían aprendido a resolver los problemas.
Elizabeth pasó junto a su escritorio.
Erick levantó la mirada.
Ella siguió caminando sin decir una palabra.
Pero, al pasar, notó que él continuaba resolviendo.
Una pequeña expresión de aprobación apareció en sus ojos.
Solo durante un instante.
Después desapareció.
El examen continuó.
Y mientras los estudiantes luchaban contra sus propios problemas matemáticos, Elizabeth disfrutaba de algo que rara vez admitía:
ver a sus estudiantes descubrir que estudiar de verdad siempre había sido una mejor opción que confiar en la suerte.




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