En uno de los asientos de la universidad se encontraba Elizabeth leyendo un libro de cálculos mientras, de vez en cuando, levantaba el rostro para observar a los estudiantes en sus rutinas.
El campus estaba particularmente animado aquella mañana.
Los pasillos se encontraban llenos de jóvenes que caminaban de un edificio a otro con libros bajo el brazo, mochilas colgadas de un solo hombro y vasos de café entre las manos. Algunos conversaban sobre las clases que tenían pendientes; otros repasaban apuntes mientras caminaban, y unos cuantos parecían más preocupados por llegar a tiempo que por cualquier examen.
Elizabeth, en cambio, parecía estar completamente aislada de aquel movimiento.
Sentada con la espalda recta, tenía una pierna cruzada sobre la otra y sostenía el libro abierto sobre sus manos. Su cabello negro estaba recogido cuidadosamente, como de costumbre, y llevaba una blusa blanca de manga larga acompañada de una falda negra que llegaba por debajo de las rodillas.
Pasaba las páginas con tranquilidad.
No parecía tener prisa.
Para ella, aquella era una de las pocas formas de descansar que realmente disfrutaba.
Los números tenían algo que las personas no tenían.
Los números eran honestos.
Si una operación estaba mal, existía una razón.
Si una respuesta era incorrecta, podía encontrarse el error.
Si se seguía el procedimiento adecuado, el resultado debía coincidir.
Elizabeth deslizó un dedo por una de las fórmulas que aparecían en el libro y frunció ligeramente el ceño.
—Interesante... —murmuró para sí.
Tomó un pequeño lápiz que había colocado entre las páginas y escribió una anotación en el margen.
Después volvió a leer.
Durante varios minutos permaneció completamente concentrada.
Hasta que escuchó unas voces acercándose.
—Te digo que no pienso estudiar todo el fin de semana.
Elizabeth levantó lentamente la mirada.
A unos metros de distancia caminaban varios estudiantes de su clase.
Daniel llevaba una mochila deportiva sobre la espalda y hablaba con Marcus, quien parecía estar mucho más interesado en revisar su teléfono que en escuchar la conversación.
—Pues si quieres otro B, haz lo que quieras —respondió Marcus.
—Yo no quiero otro B —contestó Daniel—. Quiero un A.
Elizabeth arqueó una ceja.
No pudo evitar escuchar.
—Entonces estudia —dijo Marcus, guardando finalmente el teléfono—. El problema es que quieres el A sin estudiar.
—Eso es una acusación muy seria.
—Es la verdad.
Los dos continuaron caminando entre risas.
Elizabeth bajó nuevamente la mirada hacia su libro.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
No porque encontrara graciosa la conversación.
Sino porque comenzaba a notar que su pequeño desafío estaba funcionando.
Los estudiantes realmente estaban preocupándose por sus calificaciones.
Eso era exactamente lo que había querido conseguir.
No necesitaba que todos fueran genios.
Solo quería que dejaran de conformarse.
Elizabeth volvió a leer, aunque ahora su concentración no era la misma.
Unos segundos después escuchó otras voces.
Esta vez reconoció inmediatamente una de ellas.
—¿Ya terminaron el entrenamiento?
Era Erick.
Elizabeth levantó los ojos.
El joven caminaba junto a algunos compañeros del equipo de fútbol. Llevaba ropa deportiva y una mochila sobre uno de sus hombros. Su cabello estaba ligeramente despeinado después del entrenamiento y conversaba con los demás con la naturalidad de alguien acostumbrado a llamar la atención sin siquiera intentarlo.
—Terminamos hace unos veinte minutos —respondió uno de sus compañeros.
—¿Y vas a estudiar después?
Erick soltó una pequeña risa.
—Por supuesto.
—¿En serio?
—Sí.
—Pensé que tenías partido este fin de semana.
—Lo tengo.
—Entonces no vas a dormir.
—Probablemente no.
Los demás se rieron.
Elizabeth escuchó la conversación sin intervenir.
Erick seguía caminando, pero entonces uno de sus compañeros señaló hacia el lugar donde ella estaba sentada.
—Mira.
Erick giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Elizabeth durante apenas unos segundos.
Ella no apartó la mirada.
Simplemente lo observó con aquella expresión seria y tranquila que parecía utilizar para todo.
Erick sonrió ligeramente.
—Buenos días, profesora Whitmore.
Elizabeth cerró el libro sin prisa.
—Buenos días, Lancaster.
Los compañeros de Erick se miraron entre ellos.
—¿Siempre habla así? —susurró uno.
—Sí —respondió Erick—. Creo que nació así.
Elizabeth escuchó el comentario.
—Y yo creo que algunos estudiantes nacieron con problemas para guardar silencio.
Los jóvenes soltaron una carcajada.
Erick abrió los ojos con sorpresa y después sonrió.
—Touché, profesora.
—No estamos en una competencia de ingenio, Lancaster.
—Todavía no.
Elizabeth entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Todavía?
Erick se encogió de hombros.
—Usted convirtió obtener un A en una competencia.
Elizabeth sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Yo no convertí nada en una competencia. Fueron ustedes quienes decidieron hacerlo.
—Porque usted dijo que quien consiguiera un A tendría ventajas.
—Una ventaja académica que se gana estudiando.
—Exactamente.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Erick sonrió.
—No hay ningún problema.
Elizabeth abrió nuevamente su libro.
—Perfecto.
La conversación parecía haber terminado.
Sin embargo, Erick permaneció unos segundos en el mismo lugar.
—Profesora.
Elizabeth levantó nuevamente la mirada.
—¿Sí?
—¿Qué tan difícil será el próximo examen?
Ella cerró el libro otra vez.
—Lo suficiente.
Los compañeros de Erick comenzaron a reír.
—Eso no responde nada.
—Sí responde.
—No para nosotros.
Elizabeth inclinó ligeramente la cabeza.
—Si están preparados, no deberían preocuparse por la dificultad.
Erick la observó con atención.
—Entonces tendremos que prepararnos.
—Esa sería una decisión inteligente.
—¿Y si todos conseguimos un A?
Elizabeth dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces tendré que buscar una nueva manera de ponerlos a trabajar.
—¿Eso significa que sí podemos lograrlo?
—Significa que no voy a impedir que lo intenten.
Erick sonrió.
—Me gusta esa respuesta.
Elizabeth volvió a abrir su libro.
—Me alegra.
Erick finalmente se alejó con sus compañeros.
Elizabeth siguió leyendo, aunque durante unos instantes se quedó pensando en aquella conversación.
Había algo diferente en la actitud de los estudiantes.
Antes del desafío, muchos de ellos entraban a su clase pensando únicamente en sobrevivir al trimestre.
Ahora hablaban de calificaciones.
Comparaban resultados.
Estudiaban después de los entrenamientos.
Incluso los estudiantes que normalmente parecían desinteresados comenzaban a tomarse las clases con mayor seriedad.
Elizabeth cerró el libro por un momento.
Observó el campus.
Una estudiante estaba sentada sobre el césped repasando una libreta.
Dos jóvenes discutían frente a una máquina expendedora.
Un grupo de chicas caminaba hacia el edificio de ciencias.
Al fondo, varios estudiantes corrían porque probablemente estaban a punto de llegar tarde.
Elizabeth miró su reloj.
Todavía faltaban varios minutos para su siguiente clase.
Respiró profundamente.
Aquella universidad podía ser caótica.
Ruidosa.
Impredecible.
Pero había algo que le gustaba.
Los estudiantes tenían energía.
Solo necesitaban aprender a dirigirla.
Elizabeth volvió a abrir su libro.
Sin embargo, antes de continuar con la lectura, escribió una pequeña anotación en una hoja suelta.
Próximo examen: aumentar dificultad.
Se quedó observando aquella frase.
Después añadió debajo:
Comprobar quién realmente estudió.
Una sonrisa discreta apareció en su rostro.
—Veamos quién consigue ese A esta vez.
Guardó la hoja dentro del libro y volvió a leer.
Lo que Elizabeth todavía no sabía era que, en distintos lugares del campus, aquella misma mañana, varios estudiantes estaban haciendo exactamente lo mismo.
Estaban estudiando.
Y, entre ellos, Erick Lancaster parecía estar más decidido que nunca a demostrar que podía mantener su primera calificación perfecta.
El desafío apenas comenzaba.
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Editado: 20.10.2026