XXVII
Profeta
Año 620 d. O. (siete años antes de la invasión de Zepharian)
Mes de junay, en algún punto de la costa sur de Norempúrium
—Lo que intento decir… —decía Corban—. Es que no me da buenas vibraciones el chico. ¡Me da repelús!
—¡Qué cruel! —respondió su hermano mayor con una sonrisa divertida, un hombre despeinado con mechones negros como el carbón, puntualmente mezclados con un color marrón anaranjado—. ¡Y lo dices a sus espaldas, sin cortarte un pelo! ¿Quién iba a pensar que mi querido hermano escondía una faceta tan oscura de sí mismo? ¡Papá estaría decepcionado! Uy, el fuego pierde fuerza, voy a echarle unas pocas ramas…
—Vamos, no me digas que no fue la peor idea de la historia. Con los pocos días que llevamos con él…
Flavius le sostuvo la mirada a Corban, severo. Después de esperar un momento, suspiró y se rascó varias veces el hombro. Se frotó las uñas y reunió la poca piel muerta que se había desprendido de su hombro en la palma de la mano. Se acercó a la hoguera y se concentró. El espacio se distorsionó brevemente alrededor de su mano, y cualquiera que no supiera acerca del dominio orénico del epifánico, diría que fue obra de magia cuando se generaron una docena de ramas de madera a partir de las células muertas de Flavius. Dejó que se desprendieran de su mano y cayeron sobre el fuego, que hicieron crepitar la hoguera.
—La uña del índice me ha crecido lo suficiente como para crear un tronco grande, aunque no creo que lo necesitemos para pasar la noche.
Corban asintió, desplazando la atención. Atizó con una vara las ramitas dentro de la pequeña hoguera del campamento que habían improvisado, justo al lado de la camioneta. Estaban los dos hermanos en la entrada de un bosquecito hermoso, rodeados al otro lado de campos de cultivo con caseríos repartidos por el horizonte hasta donde alcanzaba la vista, y al otro lado el mar de fondo. Un paisaje típico del estado norempuriano de Arcanria. El vehículo en el que habían viajado, una camioneta aparcada al lado del campamento, estaba con el guardabarros sucio, delatando el reciente paso por una senda complicada. La luz de una luna menguante iluminaba gran parte del escenario, y los grillos y luciérnagas acechaban por doquier, cada uno de ellos delatando su presencia con sus características naturales.
Corban resopló por la nariz una y otra vez durante varios minutos, una costumbre muy molesta para algunos, pero para otros, como a su hermano Flavius, se le hacía casi hasta tierno. Parecía un toro bravo buscando hacerse temer, pero en realidad era frágil como un trozo de pan.
—¿Te has parado alguna vez a fijarte en su mirada? —se pronunció Corban, y dejó un espacio de dos segundos antes de seguir hablando—. Estoy seguro de que sí. Esos ojos, Flavius… Los has visto. Son… son los ojos de alguien que no solo ha aceptado, sino que ha interiorizado hasta niveles irremediablemente altos el odio hacia… algo. Algo de lo que, además, no nos quiere decir ni una sola palabra.
Flavius miró con una leve sonrisa a su hermano menor.
—El chico ha sufrido mucho en su corta vida, eso es todo. Dale tiempo, que aún es joven. Tiene margen de maniobra para cambiar de rumbo, al contrario que tú, que ya serás un cascarrabias de aquí hasta que te mueras, e incluso después de muerto. Me apiado de quien le toque aguantarte cuando no esté yo.
—Deja de reírte, te estoy hablando en serio —respondió Corban—. ¿Por qué nunca te tomas nada en serio? Es cuestión de tiempo que uno de los problemas que pasas por alto nos explote en la cara. Si no fuera por mí…
—Ese es el tono, ese mismo —lo interrumpió Flavius ensanchando su sonrisa—. El que usaba papá cuando hablaba en serio, el de «grr, soy un ogro grande y malo y si no me haces caso voy a dejarte sin postre». ¡Je, je, je, je, je!
—Serás idiota… Papá sabía bien cuándo había que ponerse en serio y cuándo podía estar de broma. Tú no pareces tener esa mentalidad. —Corban cogió una de las castañas que estaban haciéndose en la hoguera y empezó a pelarla—. ¡Ay!
—Es que de verdad… Siempre te quemas, por ansioso. —Flavius echó la espalda hacia atrás, apoyado en sus manos—. Tal vez yo me he quedado con la parte bromista de papá, pero tú te has quedado con toda su seriedad. Por algo nos compenetramos tan bien, ¿no?
—Mira… —Corban dejó la castaña encima de un pañuelo—. El otro día, mientras auscultamos el faro del pueblo ese, el de las fuentes, resulta que vi al chaval por casualidad, que estaba escondido detrás de unos arbustos. Quise ver qué hacía y lo vi atrapando y arrancando un ala a una pobre mariposa. Después, ¿sabes lo que hizo? Se rio en voz baja mientras la veía intentar alzar el vuelo.
—Ya ves, eso está bastante siniestro, ¡ja, ja, ja, ja, ja!
—¡Pero no te rías! La madre que te parió. Ese tipo de comportamientos en un niño es incluso hasta algo un poco aceptable, porque… bueno, es un niño, no entiende esas cosas todavía. Pero él no lo es, hermano, no es un niño al que estés a tiempo de reeducar. Tiene la expresión, la voz y la postura de un hombre, y estoy seguro de que también guarda para sus adentros los pensamientos propios de uno. Pero no los de un hombre bueno. Incluso los animales perciben un destino sombrío sobre sus hombros y huyen de él cuando lo ven. —Flavius no respondió y siguió sonriendo con afabilidad. Corban tragó saliva y se inclinó hacia él, bajando la voz—. Hace… ha-hace pocos meses que pasó lo de la quema de los conventos esos. Y llámame loco, pero creo que tiene algo que ver.
—Oh, sí… Fue él uno de los principales responsables. ¿No te lo comenté?
—¿Qué? ¿Cómo sabes eso?
—Porque me lo contó él mismo.
—¿¡Q-qué!?
—Sí, al parecer eran centros ocultos de myrthismo —comentó Flavius, riendo como si estuviese comentando el clima—. Él y otros myrthus mataron en venganza a las mujeres que los habían torturado y semi esclavizado a ellos y a otros niños. Eran todas esas que aparecieron muertas y calcinadas en los periódicos. Bastante turbio, la verdad
#1014 en Fantasía
#531 en Thriller
#237 en Misterio
magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 05.10.2026