La Profeta

28: Pesadilla

XXVIII

Pesadilla

Año 623 d. O. (cuatro años antes de la invasión de Zepharian)

Ciudad Sócrates, Refugio de La Mano

Nyte abrió la puerta con la ayuda de Redil, Númuno y Goyo. A lo largo de todo el pasillo, por detrás, había varios hombres y mujeres muertos.

—Está en la parte más profunda de las galerías —informó Nyte limpiándose un hilo de sangre de la nariz.

—No habríamos llegado aquí sin tu poder orénico; Calixta y Egan han sido huesos duros de roer —admitió Númuno—. Tu padre adoptivo te ha enseñado bien.

—Detrás de este portón era donde tenían encerrados a los niños cuando me trajeron de pequeño —comentó Nyte—. Y la voz de uno de ellos lleva llamándome desde hace años en mis recuerdos. No puede ser algo normal.

—Te seguimos, cariño —dijo Redil con una daga en mano, servicial.

Juntos, los cuatro se adentraron en los pasillos más seguros de la organización contraria al Sanctum. Se dividieron y Nyte fue junto con Goyo hasta unas salas que parecían haber sido claramente hogar de niños pequeños. Las paredes estaban pintadas con dibujos, había varias salas con sillas y mesas de tamaño infantil, juguetes… y los garabatos y sigilos extraños que pintaba el niño que más buscaban. Había también una sala enorme que no recordaba haber visto, con un techo de luz que simulaba un cielo azul con un sol en el hueco donde brillaba la luz de la estancia. Goyo, más por curiosidad que por nada, pulsó un interruptor en la pared y el techo cambió a una vista nocturna, con un foco más débil simulando una luna menguante.

Entonces, en la habitación correspondiente a los dormitorios, lo encontraron. Sentado con las piernas cruzadas y de espaldas, estaba terminando un símbolo en la pared. Tenía un paquete de tizas y un borrador al lado. Al escuchar la puerta, el niño rubio se volteó con paciencia. Tras un breve vistazo asintió con la cabeza.

—Has llegado, por fin.

—Tu voz… —Él lo miró—. Eres el que me guio hasta mi padre adoptivo. Y quien luego nos ha guiado hasta aquí. Llevas muchos años susurrando en mi cabeza.

—¿Habéis asaltado la guarida? —Lo interrumpió—. ¿Están todos muertos?

—Sí… sí, así es. Ahora la orden y el refugio nos pertenecen. Eres libre.

—Perfecto. —El niño lo observó de arriba abajo, aunque en ningún momento lo miró a los ojos—. Muy prometedor, para ser un receptáculo defectuoso.

—Intentaré no sentirme ofendido, aunque nunca he entendido muy bien eso de los receptáculos… pero por ahora tengo varias preguntas. Han pasado como una veintena de años desde que nos encontramos aquí, cuando yo tenía tres. ¿Por qué no parece haber pasado el tiempo para ti? ¿Y dónde están los demás?

—Se marcharon —informó secamente—. Al fin y al cabo… Volvemos a gozar del favor de nuestro creador.

El niño se separó de Nyte. Fue en dirección a la puerta y se quedó allí parado.

—¿A qué esperas? —preguntó—. Vamos, ven.

Lo siguieron hasta un cruce, donde tuvieron que esperar a que pasaran una docena de niños pequeños en hilera. Redil y Númuno los habían encontrado en otras salas circundantes. El niño miró a Nyte.

—Son otros como tú —le explicó—. Defectuosos, no daban la talla. Rechazados por el artefacto. Cientos, si no miles como ellos, pasaron por aquí. Calixta los cuidaba. ¿Está muerta?

Nyte miró a Redil con los párpados entrecerrados. El pequeño asintió para sí antes de que ninguno de los dos dijera nada más.

—La he matado yo, de un disparo —dijo Redil.

—Red… —Exclamó Nyte.

—Es una pena. Me caía bien —afirmó el niño sin más.

—¿Ves? —dijo Redil—. Tiene pinta de ser alguien muy listo, y no tiene la expresión de un niño, sino de alguien más adulto que tú o que yo. Así que dime, ¿nos odias por haberla matado?

—¿Tendría que hacerlo? —preguntó el niño rubio—. Es una oportunidad perfecta para conseguir algo que La Mano lleva siglos intentando conseguir. Venid.

El joven los llevó a través de varios pasillos ocultos y al final abrieron una puerta. Detrás había un pedestal que Nyte recordaba haber visto cuando tenía tres años. Sintió un escalofrío al mirarlo. Se trataba de unos pocos fragmentos del cristal por el que las dos organizaciones llevaban tiempo luchando. Había por lo menos una décima parte del artefacto destruido en el faro de Shibanazu hacía quinientos años.

—Mi nombre es El(u)VEx 1037. Aunque Calixta me puso el nombre de Virko por su flor favorita, el virkos, y resulta más fácil de recordar. Soy un reencarnado muy, muy antiguo.

—Yo también soy un reencarnado con recuerdos —dijo Nyte—. En su día fui uno de los dos líderes de la Mano original.

—¿Cuántos recuerdos tienes? ¿De quinientos? ¿De mil años? Eres un infante en comparación conmigo.

—¿Qué dices de nuestro jefe, mocoso? —Goyo levantó el puño, pero Nyte lo detuvo con un gesto, sintiéndose algo cohibido.

—Imagino que tus amigos también eran orens muy antiguos. Los que ya no están aquí —admitió Nyte, y tragó saliva—. La pregunta es, ¿por qué te has quedado, en vez de irte como los demás?

Virko miró de reojo a Nyte. Llevaba un rato lanzándole miradas en silencio, como si lo analizara constantemente. Sonrió de lado y asintió con la cabeza.

—Soy perfectamente consciente de que ahora mismo la raza humana no cruza por su momento de mayor gloria. Pero conozco un ritual que podría ascender a alguien como tú, Nyte, un receptáculo defectuoso, para volverse un ser con capacidades verdaderamente sobrehumanas. Algo que no funcionaría con un receptáculo válido como yo, pero… sí en uno como tú, capaz de desafiar las leyes universales.

—Me susurraste los cuatro elementos que necesitamos durante incontables días, hasta hoy. ¿Soy yo uno de ellos? ¿Soy el cuarto elemento necesario?

Virko asintió, sus ojos afilados fijos en los de Nyte.




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