La Profeta

30 - ...y música

XXX

…y música

Kara abrió los ojos tumbada en un suelo entarimado. Alrededor había varios instrumentos rotos: la guitarra que le regalaron sus padres, la que le prestó Bort en el concierto Vaderk Ausen, el dobaire que usó en Frioridie Dallalto, varias flautas, xilófonos uhaudinos, la guitarra de Flavius… y la corchea de plata de Runo con la goma que le regaló Guner, encima de un pequeño taburete.

Se puso de pie. Estaba en el teatro de sus pesadillas, pero ya no había focos que la iluminaran. No había fuego, ni público, ni siquiera penumbra. La madera estaba cubierta por una capa carbonizada, testimonio del incendio ya sucedido, y el techo había desaparecido, sustituido por un cielo azul, un sol radiante y copas de árboles inmensos. Todo el teatro, desde las paredes hasta las butacas carbonizadas, estaba cubierto de maleza, tierra, hierba y flores de muchos colores. Olía a petricor por doquier y un rocío de agua se vertía en algún rincón escondido del paisaje.

Más allá de las butacas, al fondo, la pared se había caído y daba paso a un paisaje natural hermoso. Un campo de flores que hacía pendiente hacia arriba.

Kara bajó del escenario y cruzó la fila central entre las butacas. Llegó al final y salió del teatro. Justo cuando dio un paso al exterior, una dulce melodía de instrumento de cuerda empezó a llegar a sus oídos. Una colina verde. Un árbol enorme carbonizado. Y, cerca de él, la silueta de un hombre de espaldas.

Día 16 de iyuverk, año 658 d.O.

Zepharian, no muy lejos del pueblo de Kabú…

Kara volvió a despertar, esta vez arropada con una manta de tela al lado de Guner. La melodía se repetía en bucle, únicamente interrumpida por el crepitar de la hoguera. Era una chica quien tocaba, una mujer unos diez años mayor que Kara con rastas a un lado de la cabeza y el cabello suelto en el otro. Llevaba varios mechones teñidos de color azul cielo, y en su cara se cruzaban dos cicatrices, una de corte y otra más reciente de lo que parecía una quemadura.

Kara y Guner la observaban con expresiones distintas, quizás siendo Guner el que más estaba disfrutando de la melodía. Cerca de ellos había un niño de unos ocho años, el pequeño hijo de la chica que tocaba. Abstraído de la música de su madre, mascaba un rollo de tabaco almendrado mientras hacía dibujos en la arena con unos palitos, y simulaba construcciones con semillas y piedrecitas.

Los dos jóvenes se encontraron con aquella mujer y su hijo, llamados Artemisa y Vin, en el trayecto final en dirección a Kabú. Durante varios días los habían acompañado a través de los hermosos y solitarios parajes de la parte central de la Región de Los Presocráticos. Pocos eran los que se aventuraban a vivir y establecerse en esa provincia, tantos años después de ser el foco principal del avance del ejército de Reihol. Había secciones de bosques enteramente carbonizados en fase de reforestación, algunos pueblos todavía con esqueletos de los zepharianos muertos por las calles, animales salvajes por doquier… Era el lugar ideal para perderse a uno mismo.

Artemisa, como su hijo, eran supervivientes de la purga de Ciudad Sócrates. De alguna forma habían conseguido sobrevivir a la explosión, aunque el calor que emitió la onda inicial les quemó ciertas partes de la piel. Artemisa pasó un tiempo enferma, pero por fin parecía empezar a recuperarse. Lo más importante era que habían perdido mucho más de lo que podrían recuperar jamás; el marido que los abrazó a ambos y sufrió la peor parte de la explosión.

Buscando huir de los recuerdos y la enfermedad que quema la piel de todo aquel que se acerca a Sócrates, huyeron hacia el noroeste, a Ciudad Zenón, junto con un grupo de refugiados. Pero viendo los disturbios cada vez más usuales y la escasez de comida y recursos, Artema quería llevar a su hijo más lejos todavía y entraron en Los Presocráticos.

Al chico, Vin, le había caído muy bien Guner y siempre estaba encima de él. Era muy, muy cariñoso. Siempre que podía lo abrazaba o se subía a su espalda. Y Guner, por su parte, había puesto su mirada en Artemisa. Observaba todos sus movimientos, escuchaba lo que decía con suma atención, le lanzaba miradas de reojo a todas horas…

Kara de vez en cuando se quedaba apartada y miraba a los tres, a Vin tirando de la mano de Guner para llamar su atención, a Artemisa sonriendo con aquel gesto tan melancólico en su mirada, y Guner haciendo ver que estaba siendo fastidiado por Vin, cuando en realidad se le veía encantado jugando, seguramente por primera vez en su vida, con un niño pequeño.

Formaban la perfecta imagen de una familia de verdad. Y eso le hizo sonreír.

Durante una de las noches, Kara se levantó, tomó algunas pocas provisiones en un saco que se colgó en la espalda y, tras mirar por última vez a Guner, susurró un «is’shanar» y dio media vuelta, marchando sola al bosque.

Guner había vivido una vida injustamente cruel tanto fuera como dentro de la Nueva Mano, y había asesinado a demasiadas personas. Pero en aquellos bosques el mundo real parecía quedar muy lejos. Si decidía quedarse con Artemisa y Vin, era un lugar que les iría como anillo al dedo para tener un nuevo comienzo. Al fin y al cabo, un ser humano no necesita hacer grandes cosas, luchar grandes batallas, defender importantes ideologías o tan siquiera sufrir años enteros de penurias. Un hogar, una pareja estable, un hijo a quien enseñar y educar como herencia para el mundo… Y amar mucho. Amar a su pequeña familia y ser amado por ella era todo lo que necesitaba alguien que conociera las sombras más oscuras que esconde el mundo, para encontrar su propia significancia en el mundo y, con ella, la verdadera felicidad.

Transcurrió un día entero.

Kara se cubrió de una llovizna inesperada con una manta dentro de una pequeña cueva, agotada, y se despertó horas después destemplada del frío que había pasado.




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