La puerta del cuarto

Capitulo unico.

Capitulo unico.

El cuarto donde me quedo es extremadamente pequeño, tanto así que puedes alcanzar todas las paredes de este solo estirando la mano; algunas te tomarán más o menos esfuerzo, excepto una pared que no se alcanza, ya que se extiende al fondo de un rectángulo blanco en el cual está el baño, sin puerta. Cuento con una cama demasiado pequeña, cosa que es mucho decir porque, al ser una persona bastante delgada y haber crecido en un entorno donde dormir en cualquier lugar sin importar lo incómodo, el ruido o el espacio era más que una habilidad para garantizar un descanso, más bien era una obligación cultural de la cual hacían gala mis coterráneos en conversaciones inverosímiles, pero que a mí me parecía una muestra más de mi repudio parcial hacia la tierra donde me crie. Por eso decidí realizar mis estudios universitarios en otra ciudad y me quedo en un conjunto de viviendas universitarias al norte de esta, aproximadamente a unos 20 minutos de la universidad.

Lo que estoy a punto de contar, más que una experiencia extraordinaria, se convirtió en algo perturbador: había tenido un día extenuante. Tratar de malabarear entre el estudio y trabajo es algo que me deja agotado casi siempre, pensaba, mientras me dirigía a mi casa, en un viaje que, como de costumbre, de 20 minutos solo tenía la mentira piadosa que le contamos a los nuevos para que no pierdan el entusiasmo de ir a clases de 7 a. m. y que, además, nos servía a nosotros, los más antiguos y maestros en estas parsimonias móviles, como un consuelo. Que quizás ese incesante malabareo sería mi destino por el resto de mis días. A mis 19 años sentía que había agotado casi todas las cartas que me fueron dadas en el momento en el que el mundo vio mi nacimiento y se apiadó de mi desnudez. Salí de mi estado de ensimismamiento al notar que me encontraba en caída libre, solo sujetado a la agarradera superior del bus y del aire espeso y caliente que viene ligado, casi por regla, al género humano. Me recompuse de inmediato.

—Qué pena —me disculpé con los rostros curiosos que me miraban—. Estoy un poco trasnochado.

Lo único bueno de aquello fue que se despejó la telaraña de cansancio que me hacía presión en las articulaciones del cuello. Al llegar a mi casa entré directo a la habitación y me quité todo lo que traía encima, me acosté sin sueño, pero con la certeza de que pronto este regresaría a retomar lo que el shot de adrenalina de hace rato le había quitado. La cama, como de costumbre, era dura y el calor empezaba a ser sofocante; en los cuartos así de pequeños no importa el clima, siempre hace calor. Esa era una conjetura que ya tenía muy bien estudiada. Aun así, me arropé y traté de retomar sin éxito mis reflexiones de bus. Se me hacía imposible volver al hilo de aquellos pensamientos que me entretuvieron esos 20 o 30 o 40 o 50 minutos, y no por falta de memoria, ya que eso era una condición que nunca había tenido la fortuna de padecer; era más que nada por el desinterés total hacia esas ideas. Entonces me convencí de que aquellos pensamientos eran única y exclusivamente materia a la cual había que recurrir en caso de encontrarse en un bus.

De acuerdo con mis teorías, a los pocos minutos me quedé dormido profundamente y casi sin darme cuenta. Dormí mucho, pero al despertar quedé con la sensación de no haber descansado nada, muy común en los sueños de universitarios. Vi que ya era tarde y que ya estaba entrada la noche.

No hice nada extraordinario, más que ir a la cocina, que quedaba justo al lado de mi cuarto, de modo tal que, aun con la puerta cerrada, me torturaba el goteo incesante y monótono de una gotera de la que padecía el pobre grifo del lavaplatos, parecido más al péndulo de un reloj antiguo que a una descompostura olvidada de la vieja cocina. Me preparé (si es que puede llamarse así) cereales con leche y regresé a mi madriguera de cansancio y calor. Tardé mucho en terminar mi escasa cena, pues concentré mi atención en otras cosas. Dos horas después, casi a las 11 p. m., coloqué el plato, aún con contenido, en una esquina del cuarto, prometiendo lavarlo después. Pensé por última vez si tenía algo que hacer o alguien a quien visitar; nada vino a mi cabeza. Dormí muy cómodo. Había posicionado la cabeza al lado de la almohada, utilizándola más como un soporte para que mi cuello no se doblara más allá de lo requerido para mi comodidad. Que para lo que estaba hecha.

Soñé que podía volar, como si fuese alguno de esos héroes de ficción que había visto en televisión y que de niño me habían fascinado tanto. El sueño iba con normalidad. De pronto, abrí los ojos y me encontraba en mi cuarto, boca arriba y en una posición extraña para cualquiera, pero que para mí era la mejor para conciliar una cita con Morfeo. Atribuí el repentino despertar a que aún no estaba dormido del todo. Mi cuarto estaba oscuro y en un silencio total, solo interrumpido por el metrónomo de la cocina. Como aún tenía sueño, decidí no moverme para nada, para no despertarme más, y a los pocos segundos me volvía a dormir.

Retomé el sueño del vuelo más adelante en la historia. Estaba con una mujer y estábamos hablando con otro hombre mucho mayor, que poco después descubrí era el padre de la chica. Ella le pedía algo a él y, a su vez, él la ignoraba y me dirigía la palabra. Estábamos rodeados de una maleza seca parecida a la palma que se utiliza para el techo de las chozas. El tumulto de material nos encerraba, de modo que me era imposible ver más allá de ello. «No es más que una triquiñuela de mi subconsciente para ahorrar material o mano de obra en fabricar un escenario más elaborado», pensé mientras atendía la conversación con el hombre, sin poner mucho cuidado a lo que me decía. Estaba más interesado en ver cómo el cigarro que tenía en una de sus manos encendía una de las palmas que nos rodeaba. Advertí la situación, ya que aquello podía desencadenar un incendio. Al verme ignorado, me levanté y penetré la espesa pared de palma y salí a una calle que me era muy familiar, pero no podía reconocerla. Era una calle destapada, con casas de concreto pintadas de algún color pastel que me es imposible describir. La calle, que parecía más el sendero amarillo como el que recorrió Dorothy con destino a Oz para que un mago desconocido la regresara a casa, era irregular y muy pedregosa.



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En el texto hay: psicologico, sueños de

Editado: 04.11.2026

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