Las puertas de Lirael estaban cerradas. No con cadenas, sino con madera maciza y hierro forjado, como si dentro esperaran la llegada de una bestia. Y en cierto modo, así era.
Elara se detuvo al pie del puente. El viento agitaba su cabello blanco como ceniza. Sus ojos carmesí escaneaban las almenas, donde docenas de arqueros apuntaban hacia abajo. No parecían soldados experimentados, sino hombres aterrorizados.
—¡No pasará! —gritó alguien desde lo alto—. ¡No queremos su maldad en nuestras tierras!
Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en los labios de Elara.
—¿Maldad? —repitió, su voz suave pero cortante, llevada por el viento hasta todos los rincones—. Qué curioso. Hasta hace poco, me enviaban oro y grano para que no enviara la oscuridad a sus puertas. Ahora que ya no les sirvo… de repente soy la villana.
—¡Pagamos suficiente! —gritó el mismo hombre—. ¡Ya no queremos su impuesto de sangre!
Elara soltó una risa fría, que heló el aire alrededor.
—¿Creen que pueden dejar de pagar? —dijo ella, y alzó una mano—. El impuesto no se pide, se cobra. Y quien se resiste… paga con algo mucho más valioso que monedas.
Apretó los dedos.
De la tierra brotaron sombras oscuras y alargadas, como humo que cobraba vida. Se retorcían, silbaban, y los gritos de los guardias se convirtieron en lamentos ahogados antes de desvanecerse por completo. Cuando la niebla oscura se disipó, las puertas estaban abiertas. Y el silencio de Lirael fue lo único que respondió.
—Así me gusta —susurró ella, cruzando el umbral—. El silencio de quienes comprenden que no tienen otra opción.
Editado: 21.10.2026