Las calles de Lirael estaban vacías, pero Elara sabía que la observaban. Tras cada ventana cerrada, tras cada cortina corrida, había ojos que temblaban al verla pasar. No llevaba ejército. No lo necesitaba. Su sola presencia pesaba más que mil espadas.
Llegó a la plaza principal, donde el alcalde y los ancianos esperaban arrodillados, con las cabezas bajas. Sus manos temblaban al entregarle las llaves de la ciudad, hechas de plata y frágiles como sus esperanzas.
—Levántense —ordenó ella. Su voz no gritaba, pero obligó a todos a alzar la cabeza como si una fuerza invisible los jalara—. No les pido respeto. Les exigo obediencia.
El alcalde, un hombre anciano de manos arrugadas, se atrevió a hablar con voz quebrada:
—Hemos pagado todo lo que pedía… No tenemos más. Nuestros hijos pasan hambre.
Elara caminó lentamente hacia él, sus ojos rojos brillando en la penumbra. Lo tomó del mentón con una uña afilada que clavó levemente en su piel. Una gota de sangre brotó.
—¿Hambre? —siseó ella—. El hambre es un recordatorio de que deben obedecer. Mientras vivan bajo mi protección, sus vidas me pertenecen. Sus cosechas. Sus hijos. Su sangre. Todo.
—Es… es injusto —murmuró él, con lágrimas en los ojos.
Ella soltó una risa helada.
—La justicia es para quienes tienen el poder de imponerla. Y yo tengo todo el poder.
Se giró hacia la multitud que se asomaba con miedo, y alzó la voz para que todos escucharan:
—A partir de hoy, el tributo se duplica. Y quien ose ocultarme algo… descubrirá que la muerte es la menor de mis penas.
Con un gesto de su mano, una sombra envolvió al alcalde. Gritó, pero su voz se ahogó en la oscuridad. Cuando se disipó, él seguía allí, pero sus ojos ya no brillaban. Estaban vacíos. Sumiso. Un cascarón.
—Este es el regalo para quien cuestiona mi autoridad —dijo ella con frialdad—. Ahora… vayan. Y recuerden: siempre los estoy observando.
Esa noche, las velas de Lirael se apagaron una a una. Y la luna carmesí fue testigo de que no quedaba rastro de esperanza en el pueblo. Solo quedaba el miedo. Y Elara sonrió, porque el miedo era su alimento más dulce.
Editado: 21.10.2026