La reina de los ojos carmesí

Capitulo 3

Pasaron las semanas, y el miedo en Lirael no se disipó; se asentó como una niebla eterna. Nadie hablaba en voz alta. Nadie se atrevía a mirar hacia la colina donde Elara había instalado su refugio temporal. Pero donde hay miedo, también nace la desesperación. Y la desesperación, tarde o temprano, encuentra voz.
En lo más profundo de la vieja biblioteca del pueblo, se reunían unos pocos. No eran guerreros. Un herrero, una curandera, un par de jóvenes que aún recordaban cómo era reír sin temblar. Los guiaba Kael, el joven que semanas antes había apuntado con una flecha a la reina carmesí.
—No podemos seguir así —susurró él, golpeando con el puño una mesa de madera—. Cada día se llevan más comida, más ganado… pronto vendrán por nuestros hijos.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó la curandera, con voz temblorosa—. Ella no es humana. Su magia… aplasta todo lo que se le enfrenta.
—Toda reina tiene un punto débil —dijo Kael, sacando de entre sus ropas un pergamino amarillento—. Encontré esto entre los libros antiguos. Dice que su poder está ligado a la luna carmesí y a las raíces de su castillo. Si rompemos lo que la alimenta… su fuerza se desvanecerá.
No sabían que, a kilómetros de allí, en la cima de la colina, Elara abrió de golpe los ojos. Sus pupilas carmesí se dilataron. Una sonrisa maliciosa curvó sus labios.
—Así que… ratones que creen poder morder al lobo —murmuró al aire frío de la habitación—. Qué tiernos. Y qué imprudentes.
No envió ejércitos esa noche. No envió sombras ni gritos. Simplemente, dejó que la puerta de la biblioteca se abriera sola, de golpe, dejando entrar un viento helado que apagó todas las velas. Y en la oscuridad, una voz suave, como terciopelo venenoso, llenó cada rincón del recinto:
—Puedo oír sus latidos. Siento su temblor. Y sé exactamente dónde esconden sus pequeñas esperanzas.
Kael empuñó su espada, con el corazón a punto de estallar.
—¡No te tenemos miedo! —gritó, aunque su voz temblaba.
Elara apareció entre las sombras, como si la oscuridad misma la hubiera tejido. No lo miró con ira. Lo miró con lástima… la clase de lástima que se siente por una hormiga a punto de ser aplastada.
—El miedo es sabio —dijo ella, acercándose lentamente—. La valentía, en cambio, suele ser el último error de los necios.
Se giró hacia los demás, que permanecían inmóviles, aterrorizados.
—Les daré una oportunidad —anunció con frialdad—. Entréguenme al que los guía… y perdonaré sus vidas. Si no lo hacen antes de que salga la luna… quemaré cada casa de este pueblo, y no dejaré ni cenizas.
Desapareció tan rápido como llegó, dejando tras de sí solo el frío y una amenaza que pesaba más que la muerte.
Y en la oscuridad de la biblioteca, la semilla de la rebelión se ahogó… bajo el peso de la traición que estaba por nacer.




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