La reina que se niega a ser esclava.

Capítulo 19

LA REINA: Libro II - El Segundo Decreto

Capítulo 19: El Cebo del Nuevo Trono

19.1. La Vigilancia del Cristal

La Mansión Murillo ya no era el mausoleo de los pecados de su padre; ahora era un organismo vivo que respiraba al ritmo de Dante y Romina. Habían pasado dos semanas desde la masacre en el muelle, y el aire en la oficina de la planta superior estaba cargado de una calma artificial, esa que precede a los huracanes.

Romina estaba sentada tras el inmenso escritorio de roble, rodeada de pantallas que parpadeaban con flujos de capital. Dante, por su parte, observaba el jardín nevado a través del ventanal. El silencio entre ellos no era incómodo, sino denso, como una cuerda tensada al máximo.

—No hay ataques frontales, Cuervo —dijo Romina, rompiendo la quietud. Su voz era suave, pero llevaba el filo del acero—. Solo una vigilancia silenciosa sobre nuestras rutas. Están asfixiando nuestras arcas sin disparar una sola bala. Eso es más peligroso que cualquier tiroteo que hayamos enfrentado.

Dante se giró lentamente. La luz gris de la tarde acentuaba las líneas duras de su rostro y la sombra de una barba de dos días que le daba un aire salvaje. Se sirvió un vaso de vodka, pero sus ojos no se apartaron de Romina. El hielo tintineó, un sonido agudo que pareció vibrar en la columna de ella.

—Esperan que cometamos un error —replicó él, caminando hacia el escritorio con esa elegancia depredadora—. Creen que tú, la nueva Reina, eres el eslabón débil. Piensan que sin la tutela de un hombre, te romperás bajo la presión del Consejo.

Él no se quedó al otro lado de la mesa. Rodeó el mueble y se inclinó sobre ella, apoyando las manos en el cuero del escritorio, atrapándola en su espacio personal. El olor a tabaco caro, frío y ese perfume amaderado que solo él usaba, envolvió a Romina, nublando por un segundo su capacidad de análisis financiero.

—Mi error fue no tener un espía en mi propia familia antes —respondió ella, inclinándose hacia él, desafiando la distancia—. No lo cometeré dos veces. Si quieren ver si soy débil, les daré una actuación que no olvidarán.

Dante dejó el vaso sobre la mesa y, en un movimiento que hizo que el corazón de Romina diera un vuelco, deslizó el dorso de su mano por la mejilla de ella. Fue un roce ligero, casi imperceptible, pero cargado de una posesividad que le recordó a Romina que ya no eran solo socios en un contrato de sangre.

19.2. El Archivo de la Serpiente

Dante rompió el contacto para alcanzar una carpeta de cuero negro que descansaba cerca. En el centro, un emblema en relieve de una serpiente plateada brillaba bajo la lámpara.

—César Zevallos —dijo Dante, su tono volviéndose gélido—. Controla la logística de los territorios neutrales. Era el perro faldero de mi padre, y desprecia la idea de que una mujer Murillo herede el trono. Cree que soy un traidor por elevarte.

Romina abrió el archivo, pero sentía la mirada de Dante quemándole la piel, fija en el escote de su blusa de seda.

—César no atacará de frente. Atacará donde duelan las arcas —analizó ella, tratando de recuperar el hilo de sus pensamientos—. Necesitamos una distracción. Algo que les demuestre que no estamos escondidos en este búnker.

—El plan es sencillo —propuso Dante, y su voz bajó un octavo, volviéndose una caricia ronca—. Nos mostraremos como inquebrantables. En tres días es la Gala de Invierno del Consulado. Zevallos estará allí, esperando ver una grieta entre nosotros.

19.3. La Preparación para el Combate Social

El vestidor de la mansión se convirtió en el santuario de la soberanía. Romina ignoró los vestidos que sugerían vulnerabilidad y eligió la seda de un azul zafiro tan profundo que parecía terciopelo bajo la luz de los candelabros.

Cuando Dante entró, ella estaba terminando de ajustar su cabello. El espejo devolvió la imagen de una mujer que ya no huía del destino, sino que lo tomaba del cuello. Dante se detuvo en el umbral, su respiración deteniéndose por un segundo que pareció eterno. Caminó hacia ella y se colocó detrás, observando su reflejo compartido.

—Si Zevallos te toca, le rompo la mano —susurró Dante. No era una amenaza vacía, era una promesa de violencia devota.

Sus manos grandes y ásperas bajaron por los brazos de Romina, dejando un rastro de calor que contrastaba con la frialdad de la seda. Se detuvo en sus muñecas, rodeándolas con sus dedos, recordándole el peso de las cadenas que ella misma había decidido transformar en brazaletes de poder.

—No tendrá tiempo. Yo seré el cebo, Cuervo —respondió ella, girándose en el estrecho espacio para quedar pecho contra pecho.

El esmoquin de Dante se sentía firme bajo sus palmas. Romina se puso de puntillas, acercando sus labios a la oreja de él, permitiendo que su aliento rozara la piel de su cuello.

—Tu primer error fue confiar en que yo sería solo una esposa —murmuró—. El de Zevallos será creer que yo estoy debajo de ti, y no a tu lado.

Dante la tomó por la cintura, pegándola a él con una urgencia que no tenía nada que ver con la política y todo que ver con el hambre que llevaban semanas conteniendo. Por un instante, el mundo exterior desapareció. Solo existían el latido acelerado de Romina contra el pecho de él y la promesa implícita en sus ojos oscuros.

—Vamos —dijo él con voz ronca, soltándola apenas lo suficiente para dejarla respirar—. Vamos a quemar ese salón.

19.4. La Declaración de Guerra

La Gala de Invierno era una selva de joyas y traiciones. Cuando las puertas se abrieron para los Murillo, el aire pareció succionarse fuera de la habitación. No caminaban; desfilaban. Dante mantenía una mano firme en la parte baja de la espalda de Romina, una señal clara para cada depredador en el lugar: Esta mujer es intocable.

César Zevallos se acercó con la confianza de un verdugo veterano. Su mirada recorrió a Romina con un desprecio que rápidamente se transformó en algo parecido a la cautela cuando ella no bajó la vista.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.