Genevieve Dubois había aprendido tres cosas sobre las entrevistas de trabajo en la alta sociedad de Toronto.
La primera: nadie llegaba tarde a una reunión con un Thorne.
La segunda: nadie preguntaba cuánto poder tenía realmente la familia que lo contrataba.
La tercera: si un edificio tenía más guardias que recepcionistas, probablemente el puesto ofrecía algo más que un buen salario.
El rascacielos de Everwood Tech se elevaba sobre Bay Street como una cuchilla de cristal. Sus fachadas reflejaban un cielo gris, las grúas del centro financiero y la fila de vehículos negros estacionados junto a la entrada principal.
Genevieve bajó del taxi sin apresurarse.
Llevaba un traje color marfil, de líneas impecables, y un abrigo oscuro que había pertenecido a su padre. No era una prenda especialmente llamativa. Precisamente por eso la había elegido. En ciertos círculos, la discreción era una forma de poder.
El guardia de la entrada revisó su identificación antes de permitirle cruzar las puertas.
—Señorita Dubois.
No era una pregunta.
Genevieve le sostuvo la mirada.
—Supongo que ya me estaban esperando.
El hombre no sonrió.
—Piso cuarenta.
Ni siquiera le indicó el ascensor. No hacía falta.
En el vestíbulo, varias pantallas mostraban la imagen corporativa de Everwood: bosques cubiertos de nieve, laboratorios de última generación y una frase en letras blancas:
EL FUTURO PERTENECE A QUIENES SABEN PROTEGERLO
Genevieve se detuvo apenas un instante frente al eslogan.
Protegerlo.
Una palabra cuidadosamente escogida. Demasiado cuidadosa.
Su padre también había usado esa palabra.
Durante años, había hablado de proteger fronteras, familias y acuerdos. Después desapareció en una misión al norte de Ontario y la familia Dubois recibió una caja sellada, un anillo manchado de sangre y una explicación incompleta.
Accidente durante una operación de contención.
Eso era lo que decían los documentos oficiales.
Genevieve nunca había creído en los documentos oficiales.
El ascensor la condujo al piso cuarenta en menos de diez segundos. Cuando las puertas se abrieron, encontró una recepción silenciosa, decorada con mármol negro, madera oscura y arreglos florales blancos. No había fotografías de empleados ni premios visibles. Ninguna señal de una empresa común.
La recepcionista levantó la vista.
Por un segundo, sus pupilas parecieron dilatarse de una manera extraña.
—¿Señorita Dubois?
—Sí.
—El señor Thorne la recibirá de inmediato.
—¿No tengo que registrarme?
—Ya está registrada.
El comentario habría sonado tranquilizador en boca de cualquier otra persona.
Genevieve miró el panel de seguridad junto a la recepción. Una pequeña luz roja parpadeaba sobre la cámara.
—Qué eficiente.
La recepcionista bajó la vista hacia el ordenador.
—Everwood valora la eficiencia.
—Creí que valoraba la protección.
Esta vez sí hubo una reacción. Mínima. Un endurecimiento de la mandíbula, un movimiento incómodo de los dedos.
Genevieve lo notó.
También notó que la mujer llevaba un pequeño tatuaje detrás de la oreja: tres líneas formando una garra.
La recepcionista se puso de pie.
—Por aquí.
El pasillo parecía diseñado para que nadie se sintiera cómodo. Las paredes de cristal permitían ver oficinas perfectamente ordenadas, pero apenas había empleados. Los pocos que trabajaban allí levantaban la cabeza al verla pasar.
No la miraban como se mira a una candidata.
La observaban como si estuvieran intentando identificar una amenaza.
Al final del corredor había una puerta doble de madera oscura. No tenía placa ni nombre.
La recepcionista llamó una sola vez.
—Entre —dijo una voz masculina desde el otro lado.
La puerta se abrió.
Genevieve entró.
El despacho ocupaba casi todo el extremo del edificio. Detrás del escritorio había ventanales que ofrecían una vista completa de Toronto: las torres, el lago, las avenidas y la neblina extendiéndose sobre la ciudad.
El hombre junto a la ventana no se volvió inmediatamente.
Era alto, de hombros anchos, vestido con un traje negro que parecía hecho para él y no comprado en una tienda. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, aunque algunos mechones se habían soltado sobre su frente. No llevaba reloj visible, ni anillos, ni ningún accesorio innecesario.
Todo en él transmitía control.
Hasta que se volvió.
El mundo cambió de temperatura.
Genevieve sintió primero el olor.
Ceniza.
Ozono.
Y algo más profundo, parecido al aire frío que precede a una tormenta.
El cuerpo de Julian Thorne reaccionó antes que su rostro.
Sus hombros se tensaron. Sus pupilas se contrajeron. Durante una fracción de segundo, sus ojos no fueron grises, como había mostrado en las fotografías de prensa.
Fueron dorados.
No un dorado cálido.
Un dorado animal.
Genevieve no retrocedió.
Había sido educada para no mostrar miedo frente a desconocidos. Mucho menos frente a hombres que disfrutaban descubriendo cuánto miedo podían provocar.
—Señorita Dubois —dijo él.
Su voz era baja y perfectamente controlada.
Genevieve cerró la puerta a su espalda.
—Señor Thorne.
Julian no le ofreció la mano.
Ella tampoco.
La distancia entre ambos era de aproximadamente tres metros. Sin embargo, Genevieve tuvo la absurda impresión de que él estaba demasiado cerca.
Algo le presionó el pecho.
No era miedo. No exactamente.
Era una llamada.
Una certeza física, irracional, que atravesó sus huesos con la violencia de una descarga eléctrica. Su respiración se volvió más lenta. Las puntas de sus dedos se calentaron.
Julian apretó la mandíbula.
—Puede sentarse.
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Editado: 08.10.2026