El cuarto golpe contra la puerta no llegó a sonar.
Julian se movió con una rapidez que desafiaba la vista humana: un parpadeo, una corriente de aire frío, y ya estaba frente a la consola de seguridad empotrada junto al marco de roble. Tecleó un código de anulación de ocho dígitos. La luz roja del panel se apagó, sustituida por un blanco aséptico.
Los cerrojos cedieron con un suspiro neumático.
—Guarda eso —ordenó Julian en un susurro áspero, sin mirarla.
Genevieve no guardó el abrecartas de ébano. Lo deslizó dentro de la manga de su abrigo, manteniendo la empuñadura oculta pero lista en la palma de su mano.
La puerta se abrió hacia adentro.
En el umbral no había un monstruo ni un comando armado. Había un hombre de unos cincuenta años, de cabello plateado peinado a la perfección, abrigo de cachemira gris marengo sobre un traje de tres piezas y una sonrisa tan ensayada que parecía tallada en porcelana.
—Julian —dijo el recién llegado. Su voz era suave, con esa cadencia aristocrática y pausada que solo daba el dinero viejo de Ontario—. Las alarmas perimetrales se activaron en el piso ejecutivo. La recepción está nerviosa.
Julian no se movió de la entrada. Bloqueaba casi por completo la vista hacia el interior del despacho.
—Una fluctuación en los sensores del núcleo, Mathieu. Falsa alarma.
El hombre —Mathieu Vance— ladeó la cabeza apenas dos centímetros. Sus ojos no eran grises como los de Julian; eran de un castaño pálido, casi avellana, fríos y calculadores. Su mirada esquivó el hombro de Julian y se posó directamente sobre Genevieve.
Durante una fracción de segundo, la sonrisa de Mathieu se congeló.
—Ah —murmuró—. La invitada.
Genevieve sostuvo la mirada del consejero sin pestañear. Reconocía ese tipo de ojos. Los había visto en los cócteles benéficos a los que su madre la obligaba a asistir: hombres que tasaban a las personas como si fueran bienes inmuebles en disputa testamentaria.
—Señor Vance —dijo Genevieve, dando un paso al frente para no quedar escondida tras la espalda de Julian—. Genevieve Dubois.
Mathieu dio un paso al interior, ignorando la tensión casi palpable que emanaba del cuerpo de Julian. Hizo una reverencia mínima con la cabeza, un gesto anticuado que denotaba rango.
—Mademoiselle Dubois. Un honor tener finalmente a una Dubois en este piso. Su madre... una mujer formidable. Aunque imagino que no ha venido aquí a hablar de té y recuerdos familiares.
—Vine por una entrevista de trabajo —respondió ella con frialdad—. Aunque parece que en Everwood Tech confunden una oferta laboral con un interrogatorio de seguridad.
Mathieu soltó una risa seca, como hojas secas aplastadas bajo una bota.
—Julian tiene métodos poco... ortodoxos. La juventud y el mando a veces generan impaciencia. —Miró de reojo la pantalla del escritorio, donde el mensaje de alerta aún se desvanecía en la memoria del sistema—. ¿Está todo en orden con los términos, señor Thorne?
—El proceso está en curso —cortó Julian. Su voz era una advertencia pura, una vibración tan baja que hizo zumbar levemente el cristal del ventanal—. Déjanos, Mathieu.
Mathieu mantuvo la sonrisa, pero una chispa de irritación cruzó sus ojos.
—Por supuesto. La junta directiva espera el informe preliminar a las cinco. No quisiéramos que los accionistas piensen que el señor Thorne desatiende las fronteras por asuntos... personales.
Con una última mirada inquisitiva hacia Genevieve —fijándose con una precisión quirúrgica en el relieve del medallón bajo su blusa—, Mathieu dio media vuelta y salió. La puerta se cerró tras él.
El silencio que cayó sobre la habitación fue aún más pesado que el anterior.
Julian no se giró de inmediato. Se quedó mirando la madera oscura de la puerta, con los puños apretados a los costados.
—Es una víbora —dijo Genevieve, rompiendo el hielo.
—Es el presidente del Consejo de Ancianos y el albacea de la mitad de las tierras de la manada —corrigió Julian, volviéndose hacia ella. El brillo dorado en sus ojos se había replegado, pero su mirada seguía siendo abrasadora—. Y ahora sabe que estás aquí.
—Eso debería importarle a usted, no a mí.
—Te concierne a ti en el momento en que pisaste este edificio llevando la sangre de tu padre.
Genevieve cruzó los brazos, sintiendo el filo frío del abrecartas contra su antebrazo.
—Hablemos claro, señor Thorne. Usted no quiere una analista financiera. Y yo no voy a ser el peón de una guerra territorial entre aristócratas que juegan a los lobos en despachos de cristal. Ábrame la puerta. Me voy.
—No te irás.
—¿Me va a retener por la fuerza? Adelante. Llame a la policía de Toronto. Explíqueles por qué el CEO de Everwood Tech tiene secuestrada a una civil.
Julian avanzó hacia el escritorio. De un cajón lateral extrajo una carpeta de cuero negro encuadernada con hilo de plata. La arrojó sobre la madera pulida.
—Léelo antes de decidir si sales por esa puerta.
Genevieve dudó un instante. Luego, con paso firme, se acercó al escritorio. No se sentó. Tomó el documento y lo abrió.
El encabezado decía: CONTRATO DE VINCULACIÓN Y CONFIDENCIALIDAD ESTRATÉGICA.
Sus ojos entrenados en auditoría y derecho corporativo comenzaron a devorar los párrafos. A primera vista, parecía un acuerdo de exclusividad ejecutiva de altísimo nivel: un salario con siete cifras, fondos de inversión a su nombre, inmunidad legal corporativa y un paquete de acciones de Everwood.
Pero a medida que profundizaba en las cláusulas en letra pequeña, el verdadero contrato emergió.
«...La parte contratada residirá dentro del perímetro de seguridad primaria designado por la Casa Thorne (Sector Rosedale)...»
«...Toda decisión relativa a alianzas externas, acuerdos patrimoniales o desplazamientos fuera de la jurisdicción provincial quedará sujeta al consentimiento expreso del Directorio Ejecutivo...»
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Editado: 08.10.2026