La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 3 Las Grietas del Disfraz

A las siete y cincuenta y cinco de la mañana, la planta ejecutiva de Everwood Tech olía a cera de cedro, café recién tostado y una tensión eléctrica que hacía que a Genevieve se le erizara el vello de los brazos al salir del ascensor.

Nadie hablaba en voz alta.

Los empleados —hombres y mujeres con trajes impecables de tonos oscuros, posturas excesivamente rígidas y andares felinos que no hacían crujir el parqué— se movían con una sincronía casi coreografiada. Cuando Genevieve pasó frente al departamento de análisis de riesgo, tres analistas levantaron la cabeza al unísono.

No la miraron con la típica curiosidad del oficinista hacia la recién llegada. Sus miradas se detuvieron primero en su garganta, luego en sus muñecas y finalmente en sus ojos. Evaluando. Olfateando el aire de manera imperceptible.

Genevieve no bajó la vista. Ajustó la correa de su maletín de cuero y avanzó con paso firme hasta la oficina que le habían asignado.

Estaba exactamente frente al despacho de Julian.

Una pared completa de cristal templado las separaba. Un acuario corporativo diseñado para la vigilancia mutua.

Dentro de su nueva oficina, sobre el escritorio de nogal, la esperaba un terminal de alta seguridad, una tarjeta de acceso magnética enmarcada en titanio y un jarrón de cristal con una sola peonía blanca.

Genevieve frunció el ceño ante la flor. Las peonías eran el emblema floral de la finca Dubois en Rosedale.

—Un detalle de bienvenida del señor Thorne —dijo una voz melosa a sus espaldas.

Genevieve se giró despacio.

Mathieu Vance estaba recostado contra el marco de la puerta, sosteniendo dos tazas de porcelana fina con el logotipo grabado de Everwood. Llevaba un traje cruzado color carbón y unos gemelos de plata con forma de cabeza de lobo.

—Pensé que el señor Thorne prefería los contratos con sangre antes que las flores, señor Vance —respondió Genevieve con frialdad, dejando su maletín sobre la mesa.

Mathieu soltó una risita suave y entró sin pedir permiso, extendiéndole una de las tazas.

—Té negro con una gota de bergamota. Su madre solía tomarlo exactamente así durante las sesiones del patronato. Espero que el servicio no haya perdido la costumbre.

Genevieve miró la taza humeante, pero no la tomó.

—No tengo por costumbre aceptar bebidas de personas que escuchan detrás de las puertas del director ejecutivo.

Mathieu no pareció ofenderse. Dejó la taza con delicadeza sobre el posavasos de mármol y tomó un sorbo de la suya. Sus ojos castaño claro brillaron con diversión calculadora.

—La cautela es un rasgo admirable en una analista, mademoiselle Dubois. Aunque en esta empresa, la desconfianza hacia los aliados equivocados puede ser... contraproducente.

—¿Y usted es un aliado, señor Vance?

—Soy la única persona en este piso que no le teme a Julian Thorne. Y, por extensión, el único que puede ofrecerle una perspectiva sin el filtro del fanatismo.

Genevieve cruzó los brazos, apoyándose levemente en el borde de su escritorio.

—Ilústreme.

Mathieu caminó hacia la pared de cristal, mirando hacia el despacho vacío de Julian al otro lado del pasillo.

—Julian es un líder formidable en tiempos de guerra. Fuerte, implacable, territorial. Pero la fuerza bruta es un pésimo sustituto de la diplomacia, especialmente en nuestra... comunidad. Su padre, Arthur Thorne, comprendía el equilibrio. Julian, en cambio, está perdiendo el control.

—Parecía bastante lúcido ayer cuando me amenazó con leyes medievales —replicó Genevieve con sarcasmo.

—Ayer estaba fingiendo —Mathieu se volvió hacia ella, bajando el tono a un susurro confidencial—. Los Thorne tienen un historial genético brillante, pero peligroso. Cuando un Alfa de su línea fija su atención en algo que no puede someter de inmediato, la obsesión se vuelve degenerativa. Comienza con insomnio y fiebres. Termina en frenesí.

Genevieve sintió una punzada en el estómago. Recordó el temblor casi imperceptible en la mano de Julian cuando firmó el contrato, el calor abrasador que emanaba de su piel y la forma en que sus ojos habían brillado frente a la cámara.

«El tomo prohibido de la locura», pensó. Mathieu estaba sembrando la idea de que Julian era una bomba de tiempo.

—¿Me está advirtiendo que su jefe está loco? —preguntó ella, manteniendo la voz neutra.

—Le estoy advirtiendo que Julian la ve como una cura biológica o como una posesión que debe reclamar antes de que el Consejo lo declare no apto —dijo Mathieu, mirándola directamente a los ojos con una gravedad ensayada—. Si se queda sola con él cuando caiga la noche o cuando la luna alcance su cenit, ningún contrato corporativo la va a proteger. Si necesita ayuda... si encuentra irregularidades en los libros que Julian no quiera que salgan a la luz... mi puerta siempre estará abierta.

Mathieu dio un paso hacia la salida, pero se detuvo en el umbral.

—Por cierto. La cena de esta noche en el Club Rosedale. Julian insistirá en que use el carruaje privado de la compañía. Le sugiero que llegue en su propio vehículo. Mantenga una vía de escape, señorita Dubois. En nuestra sociedad, las jaulas más letales son las que tienen alfombras persas.

Con una reverencia impecable, Mathieu se retiró por el pasillo.

Genevieve esperó a que sus pasos se extinguieran por completo. Luego, se acercó a la taza de té, la tomó con un pañuelo de papel para no dejar huellas y vertió el contenido en la tierra de la peonía blanca.

—Buen intento, Vance —murmuró.

Se sentó frente a la terminal de trabajo e insertó su tarjeta de titanio. La pantalla cobró vida con una interfaz en negro y verde oscuro: el sistema central de auditoría de Everwood Tech.

Durante las siguientes cuatro horas, Genevieve se sumergió en lo que mejor sabía hacer: cazar anomalías financieras.

A nivel superficial, Everwood Tech era una potencia tecnológica dedicada al desarrollo de software de geolocalización, biometría y telecomunicaciones satelitales para el gobierno canadiense. Pero Genevieve no estaba buscando los contratos gubernamentales. Estaba buscando las sombras.




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