El cristal inteligente apenas había terminado de opacarse cuando la puerta de la oficina de Genevieve se abrió de golpe.
Julian entró como una exhalación. En tres zancadas cruzó el espacio, se inclinó sobre el escritorio invadiendo todo su campo de visión y apoyó la palma de la mano sobre el lector biométrico del terminal.
`SESIÓN CERRADA. REGISTRO DEPURADO.`
La pantalla volvió al salvapantallas corporativo estándar justo cuando el murmullo de voces graves y pasos pesados inundaba el pasillo exterior.
Julian no se apartó de inmediato. Estaba tan cerca que Genevieve podía sentir el calor abrasador que irradiaba su pecho a través de la camisa de lino. Olía a tormenta inminente y a cedro quemado. Sus ojos grises estaban salpicados de motas doradas que giraban como esquirlas de metal caliente.
—¿Viste el archivo? —preguntó él en un susurro áspero, apenas un hilo de voz que vibró directo contra los labios de Genevieve.
—Vi la firma de mi madre —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin pestañear, aunque el corazón le golpeaba las costillas—. Y vi la de tu padre.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta abierta de la oficina.
Julian cerró los ojos un instante, respirando hondo para forzar a su bestia a replegarse bajo la piel. Cuando volvió a abrirlos, su rostro era una máscara perfecta de indiferencia ejecutiva. Se enderezó con lentitud aristocrática y se giró hacia el umbral.
Tres hombres de edad avanzada, vestidos con trajes oscuros de corte inglés y bastones con empuñaduras de plata labrada, estaban allí de pie, escoltados por Mathieu Vance.
—Señores del Consejo —dijo Julian con voz gélida—. Qué honor. Aunque no recuerdo haber autorizado una auditoría física en mi piso durante horas de mercado.
El más anciano de los tres, un hombre de rostro apergaminado y ojos lechosos llamado Lord Alistair, golpeó la punta de su bastón contra el parqué.
—El Consejo no requiere autorizaciones cuando se detectan fluctuaciones no autorizadas en el sistema central, Julian. Especialmente cuando hay sangre ajena en el edificio.
La mirada de Alistair se desvió hacia Genevieve. La evaluó con una mezcla de repugnancia y cautela ancestral.
—La señorita Dubois es mi asesora personal de auditoría —declaró Julian, dando un paso sutil que cortó la línea de visión directa entre el anciano y Genevieve—. Y cualquier asunto sobre su presencia se discutirá esta noche en el Club. No en los pasillos de mi empresa.
Mathieu Vance sonrió desde atrás, con las manos cruzadas a la espalda.
—Por supuesto, Julian. Esta noche. En el Círculo. Veremos si la señorita Dubois comprende la etiqueta de nuestra mesa... o si tendremos que recordarle su lugar.
Los ancianos se retiraron con la misma lentitud ceremonial con la que habían llegado.
Julian esperó hasta que el sonido del ascensor confirmó su descenso. Luego, sin mirar a Genevieve, dijo con frialdad:
—Ocho en punto. Trae tu mejor vestido, Genevieve. Esta noche no vas a una fiesta de humanos. Vas a un foso de lobos.
***
El Club Rosedale era una fortaleza de ladrillo rojo y piedra caliza oculta tras los frondosos jardines de la zona más exclusiva de Toronto. Construido a finales del siglo XIX por los barones del ferrocarril y las familias fundadoras de la provincia, el edificio no tenía letrero en la entrada. No lo necesitaba. Si pertenecías a él, sabías exactamente qué puerta empujar.
La lluvia de otoño caía fina y constante sobre los adoquines del patio cuando el automóvil privado de Genevieve se detuvo frente a la escalinata principal.
Había ignorado deliberadamente el chófer que Julian le había enviado.
Genevieve bajó del vehículo sosteniendo su propio paraguas. Llevaba un vestido largo de seda color verde esmeralda profundo, de cuello alto y espalda descubierta, que contrastaba con su piel pálida. El medallón Dubois descansaba oculto bajo la tela del pecho, y el abrecartas de ébano iba sujeto con una cinta de satén a su muslo derecho, oculto bajo la caída de la falda.
Al entrar en el vestíbulo, el calor de la chimenea monumental de piedra y el rumor de una orquesta de cuerdas interpretando a Shostakovich la envolvieron.
El gran salón era un despliegue de opulencia oscura: arañas de cristal de Bohemia, paneles de caoba pulida, camareros de guantes blancos sirviendo champán vintage y más de un centenar de invitados vestidos de rigurosa etiqueta.
A simple vista, parecía la gala anual de la élite financiera canadiense.
Pero Genevieve notó de inmediato las anomalías.
Nadie se embriagaba. Las posturas eran demasiado erguidas, los movimientos excesivamente calculados. Los hombres de la junta no miraban a sus acompañantes con afecto social, sino con una posesividad territorial que crispaba el aire. Y cada vez que las puertas se abrían, las aletas de la nariz de una docena de nobles se dilataban al unísono para rastrear los olores de la lluvia.
Julian Thorne estaba de pie en el centro del salón, rodeado por un círculo de ancianos y diplomáticos.
Llevaba un esmoquin negro a medida que acentuaba la amplitud de sus hombros y la línea impecable de su mandíbula. Sostenía una copa de cristal con licor ambarino, pero no bebía. Parecía una estatua tallada en basalto... hasta que sus ojos se encontraron con los de Genevieve cruzando la sala.
El murmullo de las conversaciones a su alrededor pareció extinguirse en la mente de ambos.
El lazo invisible entre ellos tiró con una violencia inaudita. Genevieve sintió una punzada de calor líquido en el vientre y una opresión electrizante en el pecho. Julian apretó tanto los dedos alrededor de su copa que el fino cristal crujió levemente.
Él se separó del grupo y avanzó hacia ella. La multitud se abrió a su paso de manera instintiva, como el agua cediendo ante la quilla de un acorazado.
—Llegaste tarde —dijo Julian cuando se detuvo a un palmo de distancia. Sus ojos recorrían la seda esmeralda de su vestido con una intensidad que casi quemaba la tela.
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Editado: 19.10.2026