La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 6 El Tomo Prohibido

El estruendo del cristal templado reventando en la planta baja resonó por la escalera de caracol como una detonación controlada.

Genevieve no gritó. Guardó el pergamino del lacre negro y el abrecartas de ébano en el bolsillo interior de su abrigo, apagó la lámpara del secreter y se deslizó hacia la penumbra del pasillo este.

Desde la barandilla superior, la vista del vestíbulo confirmó su peor sospecha.

Tres hombres con abrigos oscuros y pasamontañas tácticos se movían con una velocidad anormal sobre la alfombra manchada de esquirlas. No buscaban joyas ni cuadros. Uno de ellos sostenía un dispositivo de rastreo biológico que emitía un pulso violeta idéntico al del terminal de Everwood Tech.

—Huelo el linaje Dubois —dijo uno de ellos. Su voz era gutural, distorsionada por una mandíbula que pugnaba por cambiar de forma—. Arriba.

Genevieve no intentó bajar por la escalera principal. Corrió hacia el antiguo pasadizo de servicio que conectaba el ala de invitados con las caballerizas traseras, una reliquia del siglo XIX que su padre le había mostrado cuando era niña. Se deslizó por la estrecha puerta oculta tras un tapiz flamenco, bajó los escalones de piedra a oscuras y empujó el portón de madera que daba al callejón lateral de Rosedale.

El frío de la mañana la golpeó de lleno.

En la esquina del callejón, con el motor encendido en un ronroneo casi inaudible, la esperaba una berlina blindada negra. La ventanilla trasera se deslizó dos centímetros.

—Sube —dijo la voz de Julian desde el interior.

Genevieve abrió la puerta y se arrojó al asiento de cuero justo cuando dos sombras saltaban la tapia de piedra del jardín Dubois. El chófer pisó el acelerador; los neumáticos mordieron el asfalto mojado y el vehículo se incorporó a la avenida principal a toda velocidad, perdiendo a los perseguidores en el laberinto residencial de Toronto.

Genevieve se enderezó, respirando con fuerza, con el cabello alborotado sobre los hombros.

A su lado, Julian Thorne vestía una camisa de seda negra sin corbata y un abrigo largo de lana. Pero algo en él estaba mal. Terriblemente mal.

Su rostro estaba más pálido de lo habitual, casi ceniciento, y la piel de su cuello brillaba con una fina capa de sudor frío a pesar de la baja temperatura del habitáculo. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, rodeados de sombras oscuras.

—¿Quiénes eran? —exigió Genevieve, apretando el pergamino contra su pecho.

—Sabuesos de rastreo —respondió Julian. Su voz sonaba áspera, como si hubiera tragado grava—. Mathieu los envió para aislarte antes de que el Consejo oficializara las sanciones por lo de anoche.

—Intentaron entrar a la fuerza en mi casa, Julian.

—Ya no es tu casa, Genevieve. En el momento en que tu madre salió hacia la junta, dejó la propiedad sin protección territorial. Eres un objetivo abierto para cualquiera que quiera cobrarse la deuda de los Dubois.

El coche cruzó las monumentales verjas de hierro forjado de la Mansión Thorne, una imponente fortaleza neogótica enclavada en lo más alto de Rosedale, rodeada por hectáreas de bosque privado y centinelas apostados cada cincuenta metros tras los muros de piedra.

Julian bajó del vehículo sin esperar al chófer. Al poner un pie en el suelo de grava, se tambaleó una fracción de segundo. Fue un tropiezo mínimo, casi imperceptible para un ojo común, pero Genevieve vio cómo sus nudillos se volvían blancos al aferrarse a la puerta para no caer.

—Estás enfermo —dijo ella, alcanzándolo en la escalinata principal.

—Estoy perfectamente —mintió él entre dientes, avanzando hacia el interior.

—Tus ojos están cambiando de color a plena luz del día y apenas puedes mantener el equilibrio.

Julian no respondió. Cruzaron el gran vestíbulo de techos abovedados y suelos de mosaico romano. Los sirvientes y centinelas bajaban la cabeza con una reverencia casi aterrorizada al paso del Alfa, pero Genevieve notó las miradas de alarma que intercambiaban entre ellos.

—Vete a las habitaciones del ala oeste —ordenó Julian al llegar al descanso de la escalera principal—. Hay tres anillos de seguridad activa. Nadie cruzará esas puertas sin mi sangre.

—Tengo preguntas, Thorne. Y no me voy a encerrar en una habitación como si fuera tu protegida.

Julian se giró con una violencia repentina, acorralándola contra el pasamanos de mármol. El calor que desprendía su cuerpo era asfixiante, como una hoguera descontrolada. El aroma a ceniza y ozono estaba cargado de un matiz metálico: la fragancia inconfundible de la sangre hirviendo bajo la piel.

—No me provoques hoy, Genevieve —susurró él, con los ojos parpadeando en un oro salvaje y desbocado—. Mi control tiene un límite. Y hoy... hoy ese límite está ardiendo.

Se apartó de golpe, como si tocarla le causara dolor físico, y desapareció por el pasillo que conducía al ala privada de mando.

Genevieve permaneció en el rellano, frotándose los brazos para disipar el escalofrío que la advertencia de Julian le había provocado.

«Los Thorne tienen un historial genético brillante, pero peligroso. Comienza con insomnio y fiebres. Termina en frenesí».

Las palabras de Mathieu Vance resonaron en su cabeza con una fuerza perturbadora.

Genevieve no se dirigió al ala oeste.

Aprovechando que la atención de la guardia estaba centrada en el perímetro exterior, descendió por la escalera secundaria hacia el subsuelo de la mansión: el archivo histórico de la Casa Thorne.

El archivo no era una biblioteca moderna; era una cripta abovedada excavada en la roca madre, iluminada por candelabros eléctricos que imitaban la luz de las velas. Cientos de volúmenes encuadernados en cuero antiguo, pergaminos de tratados territoriales y registros genealógicos reposaban en estanterías de hierro forjado bajo un aire gélido y deshumidificado.

Genevieve caminó entre los pasillos hasta la sección marcada con el sello del lobo rampante: Medicina y Fisiología de Linaje.




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