—¿Buscabas la forma de destruirme, Genevieve?
La voz de Julian llegó desde el otro lado de la mesa, pero parecía provenir de todas partes. El archivo subterráneo amplificaba cada respiración, cada roce de tela y cada latido.
Genevieve mantuvo una mano sobre el tomo abierto.
—Buscaba la forma de entender qué te está ocurriendo.
—¿Para decidir cuánto tiempo puedes seguir rechazándome?
—Para decidir si lo que te ocurre es real o si Mathieu Vance encontró una manera muy elaborada de manipularme.
Los ojos dorados de Julian se estrecharon.
Durante un instante, Genevieve creyó que había cometido un error. El aire se tensó alrededor de él y una vibración grave recorrió las paredes de piedra.
Sin embargo, Julian no se abalanzó sobre ella.
Bajó la mirada hacia el libro.
—Mathieu conoce los síntomas —dijo—. Eso no significa que conozca la causa.
—¿Y tú sí?
—Conozco el precio.
Julian rodeó la mesa lentamente. Sus pies descalzos no producían ningún sonido sobre la piedra. La camisa abierta dejaba ver varias líneas oscuras que se extendían desde sus costillas hasta el centro del pecho, como venas ennegrecidas bajo la piel.
Genevieve miró las marcas.
—¿Eso también forma parte del vínculo?
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Julian se detuvo.
—Una herencia.
No añadió nada más.
Genevieve cerró el tomo, pero no apartó la mano de la cubierta.
—No puedes darme una respuesta a medias y esperar que acepte un vínculo de sangre.
—No te estoy pidiendo que lo aceptes.
—¿No?
—Te estoy pidiendo que comprendas que, si la situación continúa, no seré el único que pague las consecuencias.
—Eso es exactamente lo que me estás pidiendo. Que acepte porque tienes miedo de morir.
Un músculo se contrajo en la mandíbula de Julian.
—Tengo miedo de convertirme en algo que no pueda detener.
La sinceridad de la frase la desconcertó más que cualquier amenaza.
Julian apartó la mirada. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa, tensos, hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
—Durante la última guerra —continuó—, mi padre perdió el control durante el cuarto día de Luna Llena. Mató a seis de sus propios centinelas antes de que lograran encerrarlo.
Genevieve guardó silencio.
—Yo tenía diecisiete años. Me hicieron observar desde el otro lado del cristal blindado mientras él golpeaba las paredes con las manos desnudas. Seguía reconociendo nuestras voces, pero no podía responder. Cada vez que alguien se acercaba, intentaba atravesar el cristal.
Julian sonrió sin humor.
—Al amanecer, me ordenaron entrar en la cámara y matarlo.
El archivo pareció enfriarse.
—¿Lo hiciste?
—No.
Genevieve esperó.
—Mi madre lo hizo por mí.
La confesión quedó suspendida entre ambos.
Por primera vez, Julian parecía menos un Alfa poderoso que un hombre atrapado en una habitación que nunca había logrado abandonar.
Genevieve recordó las palabras de Mathieu: los Thorne tienen un historial genético brillante, pero peligroso. No había mencionado el miedo. No había mencionado al muchacho obligado a contemplar la destrucción de su padre.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella.
Julian soltó una risa breve.
—Porque no eres mi confidente.
—Y porque querías que te temiera.
—El miedo mantiene a la gente a distancia.
—No parece estar funcionando.
Julian alzó los ojos hacia ella. El dorado seguía allí, pero algo en su expresión había cambiado.
—No contigo.
Un pitido agudo surgió del intercomunicador instalado junto a la reja.
—Señor Thorne —dijo una voz masculina—. La reunión con los inversores comenzará en veinte minutos. El señor Vance exige su presencia.
Julian no respondió.
El pitido se repitió.
—Puedes irte —dijo Genevieve.
—No.
—No vas a quedarte aquí toda la noche vigilándome.
—No es eso lo que estoy haciendo.
—Entonces, ¿qué?
Julian la miró de una manera que le hizo sentir el vínculo bajo la piel.
—Intento decidir si puedo confiar en ti.
Genevieve cerró el tomo con un golpe seco.
—No puedes confiar en mí. Aún no.
—Al menos eres honesta.
Julian se volvió hacia el panel de seguridad y apoyó la palma sobre el lector. La reja comenzó a elevarse con un estruendo metálico.
Antes de que Genevieve pudiera pasar, él le tomó la muñeca.
El contacto fue breve.
Suficiente.
El dolor que atravesó a Julian fue visible. Sus hombros se sacudieron y el aire abandonó sus pulmones en un sonido entrecortado. Al mismo tiempo, Genevieve sintió una oleada de calor subirle desde la mano hasta el pecho.
El pulso de ambos se sincronizó.
Una vez.
Dos.
Luego Julian la soltó de golpe.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Él retrocedió, respirando con dificultad.
—Nada.
—No me vuelvas a decir eso.
—No aquí.
Julian cerró el tomo y se lo arrebató con cuidado, como si el objeto pudiera morderlos.
—La reunión está a punto de comenzar. Si Mathieu descubre que has estado en este archivo, no volverás a tener acceso a ningún registro.
—Ya lo sabe todo.
—No. Sospecha. Es distinto.
Julian la condujo fuera de la cripta sin tocarla de nuevo.
Pero durante todo el trayecto hasta la planta ejecutiva, Genevieve siguió sintiendo el eco de su pulso contra la palma.
***
La sala de juntas de Everwood Tech ocupaba el extremo norte del edificio y tenía una vista privilegiada del lago Ontario. Sus paredes estaban cubiertas de cristal, aunque ese día las persianas electrónicas permanecían cerradas.
Doce personas ocupaban la larga mesa de nogal.
Directores financieros. Inversores extranjeros. Dos representantes del gobierno provincial. Mathieu Vance en la cabecera.
Julian entró cinco minutos tarde.
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Editado: 19.10.2026