La invitación llegó a las cuatro de la tarde, impresa en cartulina negra y sellada con cera dorada.
Genevieve la encontró sobre su escritorio, junto a un informe financiero que no había estado allí diez minutos antes.
No necesitó abrirla para saber quién la enviaba.
El emblema del Club Rosedale ocupaba el centro del sobre: una corona rodeada por ramas de roble. Debajo, escrito a mano con una caligrafía elegante y afilada, aparecía su nombre.
Señorita Genevieve Marie Dubois.
Abrió el sobre con el abrecartas de ébano.
> La Casa Thorne solicita su presencia en la Gala de Invierno de la Fundación Everwood.
> Código de vestimenta: etiqueta formal.
> Acompañante oficial: Julian Thorne.
Genevieve volvió a leer la última línea.
—¿Acompañante oficial?
—Una forma elegante de decir que no te permitirán asistir sola.
Julian estaba junto a la entrada de su oficina. Llevaba un traje gris oscuro, sin corbata, y sostenía una carpeta bajo el brazo. Desde el incidente de la sala de juntas, parecía más cansado. Ya no ocultaba completamente la fiebre: su piel conservaba una palidez extraña y sus ojos mostraban, incluso bajo la luz blanca de la oficina, un resplandor dorado en torno a las pupilas.
Genevieve dejó la invitación sobre el escritorio.
—¿Qué ocurrió con la separación forzada que recomendaba el protocolo de observación?
—Mathieu todavía no sabe que hemos visto el informe.
—Entonces pretende mantenernos juntos para demostrar que soy tu debilidad.
—Exactamente.
—Qué considerado.
Julian entró y cerró la puerta.
Desde el exterior, varios empleados fingieron concentrarse en sus pantallas.
Genevieve señaló la invitación.
—¿Por qué una gala benéfica? ¿No sería más sencillo que el Consejo ordenara mi detención?
—Todavía no pueden hacerlo sin provocar una ruptura entre las casas. La gala reúne a los principales accionistas de Everwood, a los miembros del Consejo y a representantes de varias manadas. También habrá humanos.
—¿Humanos que no saben que están rodeados de lobos?
—Humanos que creen saberlo todo porque llevan una copa de champán en la mano.
Julian dejó la carpeta frente a ella.
—Necesitamos aparecer juntos.
—Eso ya lo hicimos en el Club Rosedale.
—Aquello fue un desafío. Esta noche debemos ofrecer una imagen distinta.
Genevieve abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía de ambos tomada la noche anterior. Ella aparecía junto a Julian, hombro con hombro, mientras todos los miembros del Consejo los observaban. La imagen había sido capturada desde un ángulo elevado, probablemente por una de las cámaras internas del club.
Debajo de la fotografía, una serie de titulares digitales:
¿NACE UNA NUEVA ALIANZA EN ROSEDALE?
LA HEREDERA DUBOIS, JUNTO AL ALFA THORNE.
EVERWOOD NIEGA RUMORES DE COMPROMISO.
Genevieve levantó la mirada.
—No han pasado ni veinticuatro horas.
—La información viaja rápido cuando hay dinero y resentimiento.
—¿Qué imagen quieres ofrecer esta noche?
Julian apoyó las manos sobre el respaldo de la silla frente al escritorio.
—Que no eres una intrusa en mi casa. Que no estás bajo mi tutela. Que tu presencia es una elección política y personal.
—¿Personal?
—El Consejo debe creer que aceptaste estar conmigo.
Genevieve cerró la carpeta.
—No aceptaré fingir que soy tu prometida.
—No te lo estoy pidiendo.
—La invitación dice acompañante oficial. Los titulares hablan de compromiso. ¿Qué vas a hacer? ¿Presentarme como tu analista financiera mientras me mantienes pegada a tu brazo toda la noche?
—Algo así.
—No.
—Genevieve.
—No seré un accesorio con vestido caro para tranquilizar a un grupo de ancianos.
Julian sostuvo su mirada.
—No eres un accesorio. Precisamente por eso necesito que estés allí.
La respuesta la tomó desprevenida.
Él apartó la vista durante un instante, como si hubiera dicho más de lo que pretendía.
—Van a hablar de Winterkill —continuó—. Alguien está intentando provocar una crisis entre las casas antes de la próxima Luna Llena. Si aparecemos enfrentados, Mathieu tendrá una excusa para intervenir. Si aparecemos unidos, tendrá que esperar.
—Y mientras espera, buscará otra forma de atacarnos.
—Sí.
—Al menos eres honesto.
—Cuando puedo permitírmelo.
Genevieve abrió de nuevo la carpeta. En la última página había un listado de invitados.
Algunos nombres estaban marcados en rojo.
—¿Quién es este? —preguntó, señalando uno de ellos—. Étienne Mercier. No pertenece al Consejo de Toronto.
Julian se tensó.
—Es un representante de la Confederación Atlántica.
—¿Y por qué está en rojo?
—Porque hace tres años intentó comprar los derechos mineros de una zona protegida por los Thorne. Perdió la licitación y luego financió dos ataques contra nuestros centinelas.
—¿Y va a asistir a una gala benéfica?
—La alta sociedad tiene una memoria muy corta cuando alguien llega con una donación de veinte millones.
Genevieve pasó el dedo por la lista.
Al final, casi oculto entre nombres de inversores y diplomáticos, había otro registro:
A. VANCE — REPRESENTACIÓN DEL TERRITORIO DEL PACÍFICO.
El pulso se le detuvo durante un segundo.
—¿Aurelius Vance?
Julian tomó la carpeta y observó el nombre.
Su expresión cambió.
—No está invitado.
—Pero aparece aquí.
—Ese listado no procede del comité organizador.
—Entonces alguien lo añadió.
Julian cerró la carpeta.
—Esta noche no te separarás de mí.
—Eso suena mucho a una orden.
—Es una petición.
—No sabes pedir.
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Editado: 19.10.2026