El primer gruñido recorrió la galería superior como una corriente eléctrica.
Los invitados humanos dejaron de hablar. Algunos miraron hacia las luces; otros hacia las puertas cerradas. El personal del museo permaneció inmóvil, con los rostros demasiado serenos para tratarse de una reacción normal.
Genevieve no volvió la cabeza.
Julian mantenía una mano firme en su cintura y la otra apoyada sobre su brazo, como si todavía estuvieran posando para los fotógrafos.
—¿Cuántos? —preguntó ella sin mover los labios.
—Tres en la galería. Tal vez más fuera del edificio.
—¿Armas?
—Plata y acónito.
—Entonces no son simples cazadores.
—No.
Las luces parpadearon de nuevo.
La música no regresó.
Un segundo gruñido, más cercano, hizo que varias copas vibraran sobre las mesas.
Julian acercó la boca a su oído.
—Cuando se apaguen las luces, camina hacia la salida oeste.
—¿Y tú?
—Voy detrás de ti.
—No.
—Genevieve.
—Si hay más atacantes fuera, la salida oeste será el primer lugar que vigilarán.
Julian giró apenas el rostro. Sus ojos comenzaban a teñirse de dorado.
—No es el momento de discutir.
—Entonces escúchame rápido. El ala egipcia tiene dos accesos de servicio y una salida hacia los jardines. Los guardias se concentran en la entrada principal porque todos creen que el ataque vendrá de allí.
—¿Cómo sabes eso?
—He estudiado el plano del museo.
—¿Cuándo?
—Mientras tú fingías bailar.
Un destello de aprobación cruzó su rostro.
—Quédate a mi izquierda.
—No.
—Es la posición más protegida.
—Precisamente por eso me verán como una carga.
Julian apretó la mandíbula.
—No eres una carga.
—Entonces déjame elegir dónde estar.
La respuesta pareció irritarlo, pero no tuvo tiempo de replicar.
Las luces se apagaron.
La galería quedó sumida en una oscuridad absoluta.
Durante un instante, nadie se movió.
Después, el caos estalló.
Un grito atravesó el salón. Una mesa cayó. El cristal de una vitrina se hizo añicos y algo pesado aterrizó sobre el suelo de mármol.
Julian empujó a Genevieve detrás de una columna justo cuando una hoja metálica pasó por el espacio donde ella había estado un segundo antes.
El atacante llevaba un traje oscuro y una máscara de cuero. Su cuerpo no se movía como el de un humano. Era demasiado rápido, demasiado bajo, demasiado silencioso.
Julian lo interceptó.
El impacto lanzó a ambos contra una pared. El sonido de huesos fracturándose resonó entre las vitrinas.
El atacante se recuperó primero y mostró los dientes.
No eran colmillos humanos.
Eran largos, irregulares y manchados de negro.
Julian respondió con un gruñido que hizo vibrar los cristales del techo. Sus manos se deformaron parcialmente: las uñas se alargaron, los nudillos se ensancharon y una línea de pelo oscuro apareció sobre sus muñecas.
Genevieve había visto indicios de la bestia.
Nunca la había visto emerger con tanta claridad.
El atacante arremetió.
Julian lo esquivó y lo golpeó en el pecho. La fuerza del impacto lo lanzó sobre una vitrina de fósiles. El cristal se partió bajo su espalda.
—¡Por aquí! —gritó Genevieve.
Julian la miró.
—¡Ahora!
Ella corrió hacia la galería egipcia.
Los invitados se dispersaban a ciegas. Algunos tropezaban con las sillas; otros intentaban abrir puertas que habían sido bloqueadas desde el exterior. Los miembros de las manadas, en cambio, se desplazaban con mayor precisión, formando círculos alrededor de sus familias y aliados.
Genevieve llegó a la primera puerta de servicio.
Cerrada.
La segunda.
También cerrada.
—Por supuesto —murmuró.
Detrás de ella, algo golpeó una columna.
Julian apareció al otro lado de la sala con sangre en la mejilla. El atacante había desaparecido.
—¿Dónde está? —preguntó Genevieve.
—No lo sé.
—Eso no es tranquilizador.
Un sonido metálico se deslizó por la oscuridad.
Julian se interpuso frente a ella.
Una daga de plata salió disparada y se clavó en la columna, a pocos centímetros de su cabeza.
El metal comenzó a humear.
—Acónito —dijo Julian.
Otra hoja atravesó el aire.
Esta vez, Genevieve la vio venir.
Tomó a Julian del brazo y lo hizo agacharse. El proyectil pasó sobre ellos y se hundió en la pared.
—Hay tres —dijo ella.
—Los de la galería superior.
—No. Uno está aquí.
Un movimiento en el reflejo oscuro de una vitrina.
Genevieve tomó una copa de la mesa más cercana y la lanzó contra el cristal.
El impacto provocó un estruendo.
La figura oculta tras la vitrina retrocedió por instinto.
Julian atacó en el mismo instante.
Su cuerpo se desplazó con una velocidad feroz. Atravesó el espacio entre ellos y derribó al cazador antes de que pudiera recuperar el equilibrio.
El hombre cayó de espaldas. Julian le inmovilizó el cuello con una mano.
—¿Quién te envió? —gruñó.
El cazador sonrió.
—La costa reclama lo que le pertenece.
Julian apretó los dedos.
—Aurelius.
El hombre escupió sangre sobre el mármol.
—El heredero ya despertó.
Genevieve sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué heredero?
El cazador volvió la mirada hacia ella.
—El que nació cuando tu padre murió.
Julian lo golpeó contra el suelo antes de que pudiera decir algo más.
Genevieve se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Te reconoció.
—A los cazadores les dan información sobre sus objetivos.
—Dijo que el heredero nació cuando murió mi padre.
—Está intentando provocarte.
—Lo consiguió.
Un estruendo sacudió la galería.
Las puertas principales del museo cedieron al mismo tiempo. El aire helado del exterior irrumpió en el salón junto con una ráfaga de nieve.
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Editado: 19.10.2026