La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 10 La verdad de la deuda Dubois

La residencia Dubois estaba iluminada cuando llegaron.

No era una iluminación acogedora. Las lámparas del vestíbulo proyectaban franjas amarillentas sobre los ventanales y convertían la mansión en una silueta inmóvil detrás de la nieve. Desde la calle, parecía abandonada.

Genevieve bajó del vehículo sin esperar a que el chófer le abriera la puerta.

Julian la siguió.

Todavía llevaba sangre en la camisa. La herida de plata en su hombro había sido cubierta con una venda provisional, pero el tejido oscuro que se extendía alrededor de la lesión no había desaparecido. Cada movimiento le costaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Genevieve sostuvo el reloj de bolsillo dentro de su puño.

Las manecillas habían dejado de moverse hacia atrás en cuanto abandonaron el museo. Ahora señalaban las dos y diecisiete.

La hora oficial de la muerte de su padre.

—Quédate detrás de mí —dijo Julian.

Genevieve se detuvo al pie de la escalinata.

—No.

—La casa está comprometida.

—Es mi casa.

—Tu madre pudo haber permitido que entraran.

—Entonces será ella quien responda.

Julian la miró. Sus ojos seguían mostrando el brillo dorado del esfuerzo, pero la fiebre había retrocedido lo suficiente para devolverle el control.

—No sabes qué vas a encontrar.

—Por eso voy a entrar.

Genevieve subió los escalones.

Las puertas principales se abrieron antes de que ella las tocara.

En el interior, no había sirvientes. El vestíbulo estaba demasiado silencioso. Ni siquiera el viejo reloj de pie emitía su acostumbrado tic-tac.

Julian cerró las puertas detrás de ellos.

—Hay algo extraño —murmuró.

—Todo lo relacionado con mi familia es extraño.

Genevieve avanzó hacia el comedor principal.

Elara estaba sentada a la cabecera de la mesa, todavía vestida con el traje azul marino de la mañana. Frente a ella había una taza de té intacta y una carpeta de cuero abierta.

No parecía sorprendida de verlos.

Su mirada se fijó primero en la venda de Julian. Después descendió hacia la mano cerrada de Genevieve.

—¿Quién más conoce el mensaje? —preguntó.

Genevieve se detuvo a pocos pasos de la mesa.

—Buenas noches para ti también.

Elara no respondió.

—¿Quién más lo conoce? —repitió.

—Aurelius Vance estuvo en la gala.

Por primera vez, la expresión de Elara se quebró.

Fue apenas un parpadeo, un cambio diminuto en la tensión de su boca. Pero Genevieve lo vio.

—Eso es imposible.

—No para alguien que puede entrar en una lista de invitados sin ser invitado.

Elara se puso de pie.

—¿Lo viste?

—Lo suficiente.

—¿Hablaste con él?

—No hizo falta. Sus hombres atacaron el museo por orden suya.

Elara miró hacia Julian.

—¿Cuántos?

—Ocho dentro del edificio. Posiblemente más afuera —respondió él—. Tres pertenecían a las manadas oscuras. Los demás llevaban marcas del Territorio del Pacífico.

—¿Heridos?

—Algunos muertos.

Elara cerró los ojos durante un instante.

No parecía horrorizada. Parecía estar calculando las consecuencias.

Genevieve sacó el reloj de bolsillo.

Lo dejó sobre la mesa.

El objeto golpeó la madera con un sonido pequeño y definitivo.

—Lo llevaba uno de los atacantes.

Elara no tocó el reloj.

Su mirada permaneció fija en las iniciales grabadas sobre la tapa.

A. D.

La habitación se volvió inmóvil.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó.

—En la mano de un hombre que dijo que el heredero había despertado.

Elara levantó la vista.

—¿Qué heredero?

Genevieve soltó una risa sin humor.

—Eso esperaba que me lo dijeras tú.

Julian se colocó a su lado.

No la tocó, pero su presencia se convirtió en una barrera silenciosa entre ella y cualquier amenaza.

Elara lo observó con una frialdad renovada.

—No deberías haberla traído aquí.

—La trajiste tú misma a esto cuando firmaste el tratado —respondió Julian.

Elara dirigió la mirada hacia el reloj.

—Arthur no llevaba ese reloj cuando murió.

Genevieve sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué acabas de decir?

—El reloj no estaba con él.

—La policía lo identificó. Yo lo vi.

—Viste el cuerpo que te permitieron ver.

La respiración de Genevieve se cortó.

—¿Qué significa eso?

Elara rodeó la mesa. Por primera vez desde que Genevieve tenía memoria, parecía cansada. No débil, nunca débil. Pero sí agotada por una verdad demasiado pesada para continuar sosteniéndola.

—Tu padre no murió durante la operación del Sector 4B.

Genevieve cerró los dedos.

—Entonces, ¿por qué todos dijeron que sí?

—Porque era la única versión que podía mantenerte viva.

—No me hables de protegerme. Ya escuché esa mentira en boca de todos los adultos que decidieron mi vida.

—No es una mentira.

—¿Ah, no? —Genevieve señaló el reloj—. Encontré esto en manos de un asesino que conocía la hora de la muerte de mi padre. Los hombres de Aurelius me dijeron que había un heredero. Y tú acabas de decirme que el cuerpo que vi no era el suyo.

Elara miró a Julian.

—Necesito hablar con mi hija a solas.

—No.

La respuesta de Julian fue inmediata.

Elara entrecerró los ojos.

—Esto es un asunto de la Casa Dubois.

—Ya no existe ningún asunto de la Casa Dubois que no afecte a la Casa Thorne.

—Eso es precisamente lo que intenté evitar durante veinticuatro años.

Genevieve giró hacia Julian.

—Quédate.

El Alfa sostuvo su mirada.

—Estoy aquí.

La respuesta fue simple, pero algo en ella alivió la presión que Genevieve sentía en el pecho.

Elara caminó hacia la chimenea. Sobre la repisa había un retrato de Arthur Dubois: un hombre de cabello oscuro, ojos claros y sonrisa tranquila. Genevieve recordaba aquella sonrisa. Recordaba la forma en que él le enseñaba a montar, a leer mapas y a identificar las rutas de escape de una casa.




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