La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 12 La noche del eclipse

El cristal reforzado de la cámara de contención vibraba con una frecuencia que hacía zumbar los empastes de los dientes.

Desde el pasillo del piso superior del ático de la Torre Thorne, la vista a través del mirador blindado era la de un infierno contenido. La luna, enrojecida por el inicio del eclipse penumbral, teñía el skyline de Toronto de un tono cobrizo y sangriento. Pero dentro de la bóveda de titanio y basalto, la tormenta era puramente biológica.

Julian ya no parecía un director ejecutivo ni un aristócrata de Rosedale.

Estaba arrodillado en el centro de la estancia, con el torso desnudo cubierto de laceraciones autoinfligidas y venas ennegrecidas por la fiebre de Fase 3. Su respiración era un fuelle roto que empañaba el suelo pulido. Cada vez que sus garras arañaban el suelo blindado, saltaban chispas. El pelaje espeso y oscuro cubría sus hombros y antebrazos; su mandíbula, ensanchada y armada con colmillos que goteaban saliva espesa, emitía un gruñido subsónico que hacía temblar los monitores médicos de la antesala.

Mathieu Vance observaba la escena detrás del panel de control, sosteniendo un maletín metálico abierto. En su interior reposaban tres jeringas presurizadas con un líquido lechoso y brillante.

—Neurotoxina derivada de acónito plateado —dijo Mathieu, sin apartar los ojos del monstruo encerrado—. Dos dosis paralizan el córtex prefrontal. Tres inducen un coma inducido que apagará la actividad del vínculo de forma permanente.

Genevieve estaba a dos metros, flanqueada por dos centinelas de la Casa Thorne cuyos rostros eran máscaras de angustia dividida entre el deber y el terror.

—Si apagas su córtex prefrontal, Julian no volverá a despertar como un Alfa —dijo Genevieve. Su voz era gélida, pero sus dedos estaban cerrados con tanta fuerza dentro de los bolsillos de su abrigo que las uñas se le clavaban en las palmas—. Lo convertirás en un vegetal para asumir la regencia de Everwood.

Mathieu sonrió con esa condescendencia venenosa que la ponía enferma.

—Lo convertiré en un superviviente, querida. Y a ti, en una mujer libre. El Consejo ya ha firmado la orden de incapacidad médica de emergencia. Julian ha cruzado el umbral del frenesí negro. Si esa puerta se abre sin sedarlo, te despedazará en tres segundos. No te reconocerá. Para la bestia, tú no eres Genevieve: eres la fuente de su agonía.

—Él no atacó a nadie en el túnel —rebatió ella.

—En el túnel era de día y la luna no había comenzado a eclipsarse —intervino Lord Alistair desde un sillón de cuero, con el bastón entre las piernas y la mirada fija en el reloj digital de la pared—. Faltan doce minutos para el cenit del eclipse. Si la frecuencia cardíaca de Julian supera los doscientos latidos, su corazón colapsará por la sobrepresión del lazo no correspondido. O lo sedamos ahora, o tendremos un cadáver en la bóveda antes de la medianoche.

Un golpe brutal sacudió el cristal blindado.

Julian se había lanzado contra la superficie de tres capas. Sus ojos ya no tenían rastro de gris humano: eran dos llamaradas de oro puro, dilatadas y vacías de raciocinio. Su frente golpeó el vidrio con tanta fuerza que dejó una mancha de sangre caliente.

«Genevieve».

No fue una palabra hablada.

Fue un latido dentro de su propia cabeza. Una llamada desgarradora que le quemó el esternón como si le hubieran vertido plomo fundido.

Genevieve dio un paso hacia el panel.

—Apaguen los inhibidores sónicos.

Mathieu frunció el ceño.

—¿Perdón?

—He dicho que apaguen los inhibidores —repitió Genevieve, extrayendo el abrecartas de ébano y apoyando la punta de plata directamente sobre el cable principal del sistema de inyección automatizada del maletín—. Si intentas meterle esa toxina en las venas, Mathieu, corto la línea y le digo a toda la manada que el Consejo asesinó al heredero Thorne para robarle el trono a plena luz del día.

Mathieu perdió la sonrisa.

—¿Te has vuelto loca? Ese no es el hombre con el que bailaste en el museo. Es un animal salvaje.

—Es el Alfa de esta casa. Y según el contrato que ambos firmamos con sangre, yo soy su ancla legal y biológica.

Se giró hacia los dos centinelas de la puerta.

—Abran la cámara.

Los centinelas se miraron entre sí, aterrorizados.

—Señorita Dubois... si entra ahí, no podremos sacarla a tiempo —dijo el más joven, con la voz temblorosa—. La ordenanza dice que nadie entra sin equipo táctico.

—La ordenanza fue escrita por cobardes que temían a su propia sangre —espetó Genevieve—. Abran.

Mathieu intentó interponerse, pero Genevieve movió el abrecartas con una velocidad que cortó el aire a escasos milímetros de su garganta.

—Atrás, Vance. O descubriremos si los consejeros sangran tan rápido como los soldados.

Mathieu retrocedió, con los ojos llenos de una rabia silenciosa y venenosa.

El centinela colocó su tarjeta de titanio sobre el lector de la bóveda.

Un pitido agudo.

Las esclusas neumáticas liberaron la presión con un silbido ensordecedor.

La pesada puerta de acero macizo comenzó a deslizarse hacia un lado.

El aire que escapó del interior olía a ozono quemado, cobre fresco y a una desesperación tan densa que a Genevieve se le cortó la respiración. El calor dentro de la cámara era sofocante, como abrir la puerta de un horno industrial.

Genevieve cruzó el umbral.

—Cierren la puerta detrás de mí —ordenó sin mirar atrás.

—Genevieve, no... —comenzó a decir Alistair, pero el mecanismo ya se había activado.

El metal se cerró con un golpe sordo.

Quedó atrapada.

La iluminación de la bóveda era roja, una luz de emergencia mortecina que proyectaba sombras alargadas y grotescas sobre las paredes de basalto.

Julian estaba al otro lado, agazapado en una esquina.

Al escuchar el cierre de la puerta, la bestia se giró lentamente.

Sus músculos estaban hinchados por la sobrecarga hormonal; garras afiladas raspaban el suelo mientras se erguía en toda su estatura, superando el metro noventa, con una presencia imponente y aterradora. El pecho subía y bajaba en espasmos violentos. Sus colmillos chasquearon en el aire, probando el aroma que acababa de invadir su territorio.




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