La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 13 El salón de los espejos

La puerta de la bóveda se abrió al amanecer.

Durante varios segundos, nadie se atrevió a cruzar el umbral.

El aire de la cámara había cambiado. Ya no olía a sangre ni a furia descontrolada, sino a piedra húmeda, metal caliente y una calma extraña, casi solemne.

Genevieve seguía de pie junto a la pared.

Julian permanecía arrodillado frente a ella, con la frente apoyada contra su regazo y los brazos alrededor de su cintura. Su respiración era profunda, aunque irregular. El cabello oscuro le cubría parte del rostro y la piel de su espalda aún conservaba marcas rojizas allí donde la transformación había tensado los músculos.

El centinela más joven miró a Mathieu.

—Señor Vance…

Mathieu no respondió.

Sus ojos permanecían fijos en Genevieve, no en Julian.

Había comprendido algo que el resto todavía no se atrevía a nombrar.

Ella ya no era una variable impredecible.

Era una fuerza dentro de la Casa Thorne.

—Ayúdenlo a levantarse —ordenó Genevieve.

Los centinelas entraron con cautela.

Julian abrió los ojos.

Durante un instante, el dorado reapareció en sus pupilas. Su cuerpo se tensó, preparado para defenderse, pero Genevieve deslizó los dedos por su cabello.

—Estás a salvo —dijo.

El oro se apagó.

Julian se incorporó lentamente. Rechazó la ayuda de los centinelas y se puso de pie por sus propios medios, aunque el esfuerzo le hizo perder el equilibrio.

Genevieve sujetó su brazo.

Él bajó la mirada hacia la mano de ella.

No intentó apartarse.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Como si me hubiera atropellado un tren.

—Eso es una mejora.

—Antes me sentía como el tren.

A pesar del cansancio, una sombra de ironía apareció en su rostro.

Genevieve sintió un alivio involuntario.

Mathieu se acercó al cristal blindado.

—La crisis ha terminado —dijo—. El Consejo debe reunirse de inmediato.

—El Consejo esperará —respondió Genevieve.

Mathieu arqueó una ceja.

—No tiene autoridad para ordenar al Consejo.

—No he ordenado nada. He informado de una decisión.

—Usted no es la Alfa.

—No.

Genevieve miró a Julian.

Él no dijo nada. No necesitaba hacerlo.

—Pero soy la razón por la que su Alfa sigue vivo —continuó ella—. Y la persona que impidió que lo convirtieran en un cadáver dócil. Si quiere discutir autoridad, podemos hacerlo en público, delante de todos los miembros del Consejo y de los accionistas de Everwood.

El rostro de Mathieu se endureció.

—No sabe lo que está haciendo.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo. Usted intentó sedarlo, desacreditarlo y utilizar su enfermedad para apoderarse de la Casa Thorne.

—Intentaba salvarlo.

—Entonces debería haberle preguntado qué quería.

Mathieu miró a Julian.

—¿Y tú? ¿Vas a permitir que esta mujer gobierne por ti mientras tu mente continúa alterada?

Julian dio un paso adelante.

La fiebre había dejado su cuerpo exhausto, pero su voz conservaba la autoridad del Alfa.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera una intrusa.

—Es una Dubois.

—Y tú eres un traidor.

El silencio posterior fue absoluto.

Mathieu perdió por fin la compostura.

—Cuidado, Julian.

—No —dijo Genevieve—. El cuidado terminó anoche.

***

El salón de los espejos se encontraba en el último piso de la Torre Thorne.

Era una estancia circular, reservada para las reuniones de mayor importancia de la Casa. Las paredes estaban cubiertas por espejos altos, enmarcados en plata envejecida. Según la tradición, cada espejo había sido fabricado para reflejar no solo el rostro de quien se encontraba frente a él, sino también su naturaleza.

Los miembros del Consejo creían que era una superstición antigua.

Genevieve no estaba tan segura.

Cuando entró junto a Julian, observó que su reflejo aparecía ligeramente distorsionado. Su figura se veía más alta, más severa, con una sombra dorada alrededor de los ojos.

El reflejo de Julian tampoco coincidía por completo con su apariencia.

En el espejo situado detrás de él, la silueta de un lobo oscuro permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia Genevieve.

Julian también lo vio.

—Los espejos están reaccionando al vínculo —murmuró.

—¿Siempre hacen eso?

—No.

—Me tranquiliza saberlo.

Julian la miró.

—¿Quieres detener esto?

Genevieve se volvió hacia él.

—¿La reunión?

—Todo.

No había desafío en su voz. Tampoco una exigencia. Era una pregunta sincera.

Los miembros del Consejo ocupaban sus lugares alrededor de la mesa circular. Lord Alistair se encontraba al frente, con Mathieu a su derecha. Elara estaba sentada al lado opuesto, rígida y silenciosa. Varios consejeros observaban a Genevieve con una mezcla de hostilidad y temor.

Ella respondió sin apartar la mirada de Julian.

—No.

—Podrías hacerlo.

—Podría hacer muchas cosas. Algunas me harían sentir mejor durante cinco minutos.

—¿Y esta?

Genevieve miró los espejos.

—Esta hará que deje de ser una pieza.

Julian asintió.

—Entonces no me separaré de ti.

—No necesito que hables por mí.

—Lo sé.

—Ni que te interpongas cada vez que alguien intente atacarme.

—Eso no puedo prometerlo.

—Julian.

—Puedo intentar distinguir entre una amenaza y una ofensa.

—No parecen ser cosas distintas en tu mundo.

—Estoy aprendiendo.

La respuesta le arrancó una sonrisa mínima.

Mathieu golpeó el suelo con el extremo de su bastón.

—¿Hemos terminado con esta demostración de intimidad?

Genevieve se volvió hacia la mesa.

—No era una demostración. Era una negociación.

—Usted no tiene un asiento en el Consejo.

—Pero tengo información que el Consejo necesita.

Lord Alistair levantó una mano.

—Presente sus pruebas.




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