La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 15 Confinamiento en el refugio subterráneo

El contador marcaba veintidós segundos cuando Mathieu disparó.

La bala no fue dirigida a Genevieve. Atravesó el panel de control de la esclusa lateral, reventando los circuitos en una lluvia de chispas violetas.

—¡Entra! —gritó Mathieu, abriendo una escotilla de mantenimiento reforzada que descendía hacia la roca madre—. Es el búnker de contención nivel cero. Sellado independiente, suministro de aire autónomo.

Genevieve no se movió de la puerta blindada donde Julian seguía atrapado.

—No me voy sin él.

—¡El mamparo de B3 está a punto de inundarse con gas de plata! Si te quedas ahí, te fundirás con ellos.

—¡Abre esa maldita puerta, Mathieu!

Mathieu maldijo entre dientes, sacó una tarjeta de anulación manual de su chaleco y la deslizó por la ranura secundaria de la esclusa. El mecanismo gimió bajo la sobrecarga. La puerta de titanio se abrió apenas medio metro.

De la penumbra surgió Julian.

La criatura de Winterkill yacía inerte en el suelo tras él, con la garganta destrozada. Pero el precio que Julian había pagado era atroz: su torso estaba cubierto de cortes ennegrecidos por el acónito, la herida del hombro supuraba un líquido oscuro y sus ojos apenas podían sostener el foco humano.

Se tambaleó hacia adelante. Genevieve lo recibió en sus brazos; el peso muerto del Alfa casi la hizo caer de rodillas sobre el hormigón.

—Te tengo —susurró ella, pasando el brazo de Julian por encima de sus hombros.

Mathieu los empujó a ambos a través de la escotilla.

—El protocolo de biocontaminación iniciará un bloqueo forzoso de veinticuatro horas —dijo Mathieu desde arriba, con la voz apagada por el estruendo de los sistemas de purga que ya se activaban en B3—. Nadie entra. Nadie sale. Ni siquiera yo.

—¿Por qué nos ayudas? —exigió Genevieve, mirando hacia arriba.

Mathieu la observó durante un segundo con una mezcla indescifrable de culpa y cálculo aristocrático.

—Porque si Julian muere a manos de las aberraciones de Winterkill, Aurelius gana sin disparar un tiro. Y todavía no estoy listo para arrodillarme ante la Costa Oeste.

La escotilla de acero macizo se cerró con un estampido sordo.

Los cerrojos hidráulicos giraron uno tras otro: siete cierres de titanio que aislaron el refugio del resto del mundo.

***

El refugio subterráneo era una cápsula de supervivencia construida durante la Guerra Fría por el abuelo de Julian y modernizada con tecnología médica de Everwood.

No había cristales. Las paredes eran de hormigón pulido y paneles de madera de teca. Una luz ámbar, tenue y constante, bañaba la estancia principal, donde un sofá de cuero, una mesa de instrumental quirúrgico y suministros médicos de emergencia ocupaban el centro del espacio. El aire olía a filtro estéril, cedro viejo y al sudor frío que empapaba la piel de Julian.

Genevieve lo ayudó a llegar a la camilla médica.

Julian se desplomó de espaldas, respirando en jadeos cortos y dolorosos. Su mandíbula estaba apretada con tanta fuerza que los músculos de sus sienes palpitaban.

—El maletín... de la pared —murmuró él, con los ojos entrecerrados—. Ampollas verdes... suero neutralizador.

Genevieve fue directa al armario de suministros. Encontró el maletín de cristal térmico, extrajo dos jeringas con la solución verde y regresó a su lado.

—Tengo que quitarte la camisa —dijo.

—Hazlo.

Genevieve usó el abrecartas de ébano para rasgar la seda empapada de sangre y sudor.

Al exponer su pecho y hombros, se le encogió el corazón. La toxina de acónito militar se ramificaba en venas negras desde las heridas, quemando el tejido y bloqueando la capacidad regenerativa del lobo. Julian temblaba de frío a pesar de que su piel ardía al tacto.

Genevieve desinfectó la zona con gasas estériles y clavó la primera aguja en el músculo de su muslo, inyectando el suero neutralizador.

Julian soltó un gruñido ahogado y curvó la espalda, apretando los puños sobre el borde de la camilla hasta que el metal crujió.

—Respira —le pidió ella, apoyando una mano firme sobre su pecho desnudo para anclarlo—. Estoy aquí. Mírame.

Julian abrió los ojos. El gris de sus iris estaba empañado de dolor, pero la reconoció al instante. Su mano, todavía manchada con la sangre oscura de la bestia de Winterkill, subió temblorosa y se cerró con debilidad alrededor de la muñeca de Genevieve.

No para apartarla.

Para asegurarse de que no era una alucinación provocada por el veneno.

—Te quedaste —susurró él.

—Dije que no te dejaría atrás.

—Pudiste salir... con Mathieu.

—Mathieu es una serpiente con traje a medida. Tú, en cambio... —Genevieve tomó una gasa empapada en antiséptico y comenzó a limpiar las quemaduras de su hombro con una delicadeza que no creía poseer— ...tú solo eres insoportablemente terco.

Julian soltó una risa seca que se transformó en un quejido cuando el antiséptico mordió la herida abierta.

—Eso es casi un cumplido.

—No te acostumbres.

Durante las siguientes dos horas, el refugio quedó sumido en un silencio laborioso.

Genevieve limpió, suturó y vendó cada una de las heridas. No hablaron de la junta, ni del Consejo, ni del ataque. Solo existía el sonido del desinfectante, el roce de las gasas y el ritmo acompasado de sus respiraciones.

A medida que el suero hacía efecto, la fiebre comenzó a remitir. Las líneas negras retrocedieron bajo la piel de Julian, dejando paso a su tono habitual.

Julian se sentó con lentitud en el borde de la camilla, pasando las piernas hacia un lado. Miró las vendas impecables en su hombro y pecho, luego levantó la vista hacia Genevieve, que se lavaba las manos en el lavabo de acero.

La camisa de seda azul de ella estaba manchada de sangre en las mangas, su cabello oscuro caía suelto y desordenado sobre los hombros y sus ojos mostraban el cansancio acumulado de días sin tregua.

Sin embargo, para Julian, nunca había parecido tan imponente.




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