La imagen de Genevieve apareció en todas las pantallas de Everwood.
En las oficinas de Bay Street, los empleados abandonaron sus escritorios. En los salones privados del Club Rosedale, los miembros de las casas antiguas dejaron sus copas sobre las mesas. En la sede central del Consejo, la transmisión interrumpió la votación justo cuando Lord Alistair levantaba la mano para registrar el primer voto favorable a la Ordenanza 104.
Detrás de Genevieve, una secuencia de documentos comenzó a reproducirse.
La firma digital de Mathieu.
Las coordenadas de Winterkill.
La orden de mantener a Arthur Dubois en el Sector 4B.
Los registros de transferencias hacia las empresas fantasma.
—Durante años —dijo Genevieve a la cámara—, las casas del este han sido gobernadas mediante secretos. Hoy, esos secretos pertenecen a todos.
La señal cambió.
Apareció una grabación de audio.
La voz de Arthur llenó las oficinas:
—La ruta está comprometida. Solicito extracción inmediata.
Después, la voz de Mathieu:
—Orden de mantener la posición confirmada.
El fragmento terminó.
Durante unos segundos, nadie habló.
Luego, las líneas telefónicas de Everwood comenzaron a saturarse.
En la sede del Consejo, Mathieu se volvió hacia los técnicos.
—Corten la transmisión.
—No podemos —respondió uno de ellos—. El acceso está integrado en el sistema central.
—Entonces apaguen el sistema central.
—Si lo hacemos, perderemos los servidores de seguridad.
Mathieu apretó los dientes.
En la pantalla principal, Genevieve continuaba hablando.
—Esta orden condujo a Arthur Dubois a una instalación de contención controlada por facciones vinculadas al Territorio del Pacífico. La misma instalación que recibió recursos de Everwood durante nueve años.
Lord Alistair golpeó la mesa con su bastón.
—¡Esto es una violación del protocolo del Consejo!
—No —dijo Elara desde su asiento—. Es una auditoría.
Todos se volvieron hacia ella.
La matriarca se puso de pie.
—Y los datos son auténticos.
Mathieu la miró con incredulidad.
—¿Vas a traicionar a tu propia casa?
—Hace mucho que dejaste de pertenecer a ella.
—Tu firma está en los documentos.
—La mía y la de Arthur. Pero ninguna autoriza lo que tú hiciste después.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé que enviaste a mi esposo a Winterkill y que luego falsificaste su muerte.
El salón quedó en silencio.
La confesión de Elara se transmitió junto con la imagen de Genevieve.
En cuestión de segundos, la noticia dejó de pertenecer a la aristocracia lycan y comenzó a circular fuera de sus círculos privados.
Políticos, inversores y periodistas recibieron copias de los archivos.
Mathieu comprendió que ya no podía detener la revelación.
Solo podía controlar la versión final.
—Señorita Dubois —dijo, mirando directamente a la cámara—, está cometiendo un error grave. Ha expuesto información clasificada sin comprender las consecuencias.
La imagen de Genevieve no mostraba el corredor donde se encontraba. La cámara había sido activada desde una terminal auxiliar, pero su voz llegaba con claridad.
—Comprendo perfectamente las consecuencias. Por eso la transmisión incluye copias verificadas en servidores independientes.
Mathieu permaneció inmóvil.
Genevieve había previsto el bloqueo.
—Si intenta borrar los registros —continuó ella—, los archivos se publicarán automáticamente en todos los canales civiles y territoriales que he seleccionado.
Un consejero joven se levantó.
—¿Ha hecho eso?
—Sí.
—Podría provocar una guerra.
—La guerra ya comenzó cuando entregaron a mi padre.
Mathieu observó la pantalla con una expresión fría.
—¿Y dónde está el Alfa? —preguntó—. ¿Por qué no aparece junto a usted?
Genevieve no respondió de inmediato.
Julian estaba a su lado, apoyado contra la pared del corredor subterráneo. Había conseguido mantenerse en pie, pero la bala de plata seguía alojada bajo sus costillas y la sangre empapaba el vendaje improvisado.
Su mano descansaba sobre la herida.
—No tienes que entrar —dijo Genevieve.
—Sí tengo.
—No puedes sostenerte.
—Puedo hablar.
—No es suficiente.
—Para hacer que Mathieu tenga miedo, sí.
Ella lo miró.
El humor había desaparecido de su rostro. Solo quedaba voluntad.
Genevieve giró hacia la cámara.
—El Alfa está aquí.
Julian se acercó al dispositivo.
Su rostro apareció junto al de ella en las pantallas de Everwood.
Las oficinas quedaron en silencio.
—Mathieu —dijo—. Retira la Ordenanza 104.
El consejero levantó la barbilla.
—No estás en posición de exigir nada.
—He recibido una bala de plata por culpa de tus hombres y sigo en pie. No confundas una herida con una derrota.
—Estás incapacitado.
—Y, aun así, tú sigues temiendo que vuelva.
La tensión atravesó la transmisión.
—El Consejo ya ha iniciado la votación —respondió Mathieu—. Aunque retires tu oposición, la resolución seguirá adelante.
—Entonces permite que voten con toda la información.
—La información ha sido manipulada.
—Tu firma no lo está.
Julian se apartó ligeramente.
El movimiento le arrancó una respiración entrecortada.
Genevieve lo sostuvo del brazo.
El gesto apareció en todas las pantallas.
Mathieu lo vio.
—Ahí está —dijo—. La prueba que necesitábamos.
—¿Qué prueba? —preguntó Genevieve.
—Que Julian no puede gobernar sin ti. Que el vínculo lo ha convertido en un dependiente. Que una mujer de una casa rival controla sus decisiones y sus impulsos.
—No controlo sus decisiones.
—Entonces apártate de él.
Genevieve permaneció inmóvil.
Mathieu sonrió.
—Hazlo ahora. Demuestra que el vínculo no es una forma de dominación.
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Editado: 19.10.2026