La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 19 El eco de la sangre

El estruendo del agua contra las compuertas de basalto retumbaba como un trueno continuo en los cimientos de la cámara.

Sobre sus cabezas, a cincuenta metros bajo la superficie del lago Ontario, millones de litros de agua helada presionaban las juntas de acero templado. Las luces rojas de emergencia parpadeaban al compás de una sirena sorda, proyectando reflejos carmesí sobre los tres paneles de cristal y el altar circular.

Lucien Thorne dio un paso hacia el centro de la sala.

No llevaba calzado ni camisa. Su cuerpo era un mapa de cicatrices idénticas a las de Julian, pero más profundas, talladas con la precisión clínica de quien fue intervenido cientos de veces en una mesa de operaciones. En su pecho, sobre el esternón, ardía una marca indeleble: el símbolo de la serpiente y la rosa entrelazadas con el blasón de los Thorne.

Julian no retrocedió. A pesar de la herida recién suturada en su costado y la palidez de su rostro, se interpuso entre Lucien y Genevieve.

—¿Por qué llevas el nombre de mi casa? —exigió Julian. Su voz retumbó en la estancia, cargada del peso dominante de su linaje.

Lucien ladeó la cabeza. Había una desconexión perturbadora en su mirada dorada, la calma artificial de alguien a quien le extirparon el miedo mediante dolor sistemático.

—Porque nací ocho minutos después de ti, Julian. Y mientras a ti te vestían con trajes ingleses y te educaban para presidir directorios, a mí me dejaron en esta jaula para asegurar que el linaje sobreviviera si la bestia te devoraba.

Arthur Dubois golpeó el cristal de su propia cápsula con los puños debilitados.

—¡No fue una elección de tu padre, Lucien! —gritó Arthur, con la voz rota por el esfuerzo—. ¡Aurelius Vance asaltó el pabellón médico la noche del nacimiento! ¡Te robó para tener un Alfa de repuesto con el que forzar el pacto si Julian rechazaba el lazo!

Lucien no miró a Arthur. Sus ojos permanecieron fijos en Julian.

—Me dio un propósito. Me enseñó que el dolor es la única verdad de nuestra sangre. Y esta noche... vengo a ocupar el lugar que me arrebataste.

Lucien se abalanzó sobre Julian.

El impacto no fue el de dos hombres: fue el choque brutal de dos fuerzas de la naturaleza.

Julian bloqueó el primer zarpazo con el antebrazo izquierdo; el crujido del impacto resonó en toda la cámara. Lucien giró sobre sí mismo con una velocidad aterradora, barriendo las piernas de Julian y estrellándolo contra la base del altar.

—¡Julian! —gritó Genevieve.

—¡Genevieve, sácame de aquí! —la voz de Arthur resonó desde el intercomunicador de la cápsula—. La consola de control a tu derecha tiene el drenaje de los fluidos de soporte. Si no anulas el cierre antes de que el agua colapse el mamparo tres, quedaremos sepultados bajo el lago.

Genevieve corrió hacia el panel de control de la cápsula de Arthur.

La pantalla parpadeaba con advertencias críticas:

FALLO ESTRUCTURAL EN CONDUCTO SUBACUÁTICO.

NIVEL DE INUNDACIÓN: 14% EN ASCENSO.

SECUENCIA DE DRENAJE: BLOQUEADA POR CÓDIGO MATRIARCAL.

Genevieve extrajo el abrecartas de ébano. No dudó. Se hizo un corte limpio en la palma de la mano izquierda y estampó su mano ensangrentada contra el sensor biométrico del panel.

El cristal del escáner absorbió el líquido escarlata.

AUTORIZACIÓN MATRIARCAL RECONOCIDA: GENEVIEVE DUBOIS.

DRENAJE DE CONTENCIÓN INICIADO.

Detrás de ella, la pelea entre los hermanos era devastadora.

Lucien no luchaba con la técnica militar y contenida de Julian; peleaba con la ferocidad ciega de un arma forjada en el aislamiento. Sus garras desgarraron la camisa de Julian, abriendo surcos sangrientos en su espalda. Julian, en inferioridad física por la pérdida de sangre, se negaba a liberar a la bestia en toda su magnitud. Se limitaba a esquivar, bloquear y encajar golpes mortales contra el suelo de piedra.

—¡Pelea conmigo! —rugió Lucien, estampando a Julian contra una columna de soporte—. ¡Libera al lobo que te enseñaron a temer! ¡Demuéstrame que eres el Alfa que se quedó con mi vida!

Julian tosió sangre. Sus ojos grises luchaban contra el fuego dorado que amenazaba con devorar su raciocinio, pero mantuvo la mandíbula apretada.

—No voy a matarte —jadeó Julian, sosteniendo las muñecas de Lucien para evitar que sus garras le atravesaran la garganta—. No voy a ser... lo que ellos diseñaron.

—¡Entonces muere como un humano débil!

La cápsula de Arthur se abrió con un siseo neumático.

Los fluidos médicos se derramaron por el suelo de la sala. Arthur cayó de rodillas, empapado, arrancándose los tubos de respiración del cuello con manos temblorosas.

Genevieve lo sostuvo antes de que tocara el suelo.

—Papá...

Arthur levantó la mirada. Sus ojos claros se llenaron de lágrimas al ver el rostro de su hija a centímetros del suyo, veinticuatro años después. Levantó una mano fría y húmeda y le acarició la mejilla.

—Hija mía... perdoname. Te dejé sola en un nido de víboras.

—Estás vivo —susurró Genevieve, sintiendo que un nudo de años se desataba en su pecho—. Eso es lo único que importa ahora. Pero tenemos que salir.

—No podemos salir mientras el altar esté activo —dijo Arthur, señalando la plataforma central donde Lucien intentaba forzar a Julian contra el pedestal de piedra—. Aurelius diseñó el sistema para que solo una combinación de sangre cierre la cámara: o la sangre del Alfa legítimo... o la de su sustituto.

Un crujido ensordecedor sacudió el techo.

Una grieta de tres metros se abrió en el cristal del domo superior. Un chorro de agua helada a presión cayó sobre el centro de la estancia, salpicando a Julian y Lucien mientras rodaban por el suelo en una lucha cuerpo a cuerpo.

Lucien logró inmovilizar a Julian en el suelo, apoyando una rodilla sobre su pecho herido y levantando una daga de plata extraída de su propia bota táctica.




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