La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 20 El amanecer de Rosedale

La lluvia golpeaba el puerto de Toronto con una fuerza casi vertical.

Las aguas del lago Ontario se agitaban detrás de los muelles, oscuras y turbulentas, ocultando bajo su superficie los restos de Winterkill. La plataforma de evacuación había emergido entre vapor y agua helada, rodeada por vehículos blindados, centinelas armados y miembros de las casas que habían elegido seguir a Aurelius.

Al frente de todos, Aurelius Vance sostenía un bastón de plata coronado por una piedra negra.

A su derecha, Mathieu mantenía el documento de disolución territorial entre las manos.

Detrás de Genevieve, Arthur apenas conseguía mantenerse erguido. Lucien permanecía inmóvil, empapado y descalzo, con las cicatrices de Winterkill expuestas bajo la luz de los vehículos.

Julian dio un paso al frente.

—Retira a tus hombres, Aurelius.

El Señor del Pacífico sonrió.

—Sigues hablando como si el título de Alfa todavía significara algo.

—Significa que todos tus soldados están esperando ver quién cae primero.

Aurelius recorrió el muelle con la mirada.

Los centinelas de la Casa Thorne no habían bajado sus armas. Algunos miembros del Consejo observaban desde los vehículos con expresiones indecisas. La destrucción de Winterkill había alterado el equilibrio de poder más de lo que cualquiera había previsto.

Mathieu levantó el documento.

—La Ordenanza 104 fue aprobada hace menos de una hora. Julian Thorne ha sido despojado de sus funciones. La Casa Thorne ya no tiene autoridad sobre Everwood ni sobre los territorios del este.

Genevieve avanzó hasta quedar junto a Julian.

—La ordenanza fue aprobada mientras estábamos incomunicados y con los archivos del Consejo controlados por ti.

—Eso no invalida la votación.

—La invalida el artículo siete del Pacto de Fundaciones.

Mathieu frunció el ceño.

Genevieve señaló el documento.

—Ninguna transferencia de soberanía puede ejecutarse durante una emergencia territorial sin la presencia de una autoridad matriarcal reconocida.

—No existe ninguna autoridad matriarcal reconocida.

—Mírame.

Genevieve extendió la mano.

El medallón bajo su ropa comenzó a emitir un resplandor oscuro, casi azul. Los símbolos grabados sobre la superficie se iluminaron uno a uno.

Los espejos del protocolo de Everwood habían reconocido su sangre.

Ahora el viejo pacto también lo hacía.

Un sonido profundo recorrió el puerto.

En los laterales de los vehículos de seguridad aparecieron líneas de escritura antigua, proyectadas desde los sistemas ocultos de reconocimiento territorial.

AUTORIDAD MATRIARCAL DETECTADA.

GENEVIEVE DUBOIS.

RANGO: SOBERANA FUNDADORA.

Los miembros del Consejo retrocedieron.

Mathieu miró a Aurelius.

—Dijiste que no podía activar el título.

—No podía —respondió Aurelius con calma—. Hasta que uniera su sangre a la de Julian.

Genevieve volvió la mirada hacia él.

—Sabías que esto ocurriría.

—Lo esperaba.

—¿Todo esto fue una prueba?

—No. Fue una selección.

Julian tensó la mandíbula.

—Habla claro.

Aurelius levantó el bastón.

—El mundo que heredaron está muriendo. Las casas del este se desmoronan bajo sus propias mentiras. Las manadas del norte se han fragmentado. Everwood está en bancarrota moral y política. El Consejo se alimenta de secretos mientras las fronteras se abren.

—Y tu solución es gobernar todo el continente —dijo Genevieve.

—Mi solución es unificarlo.

—Bajo tu mando.

—Alguien debe asumirlo.

Arthur soltó una risa débil detrás de ellos.

Aurelius lo miró.

—Sigues vivo.

—Por desgracia para ti.

—No. Por desgracia para todos. Tu sentimentalismo fue lo que permitió que el sistema se debilitara.

Arthur dio un paso al frente, aunque Lucien tuvo que sujetarlo por el brazo.

—Tú robaste a mi hijo.

Aurelius fijó la mirada en Lucien.

—Lo salvé.

Lucien permaneció rígido.

—Me encerraste durante veinticuatro años.

—Te preparé para sobrevivir.

—Me convertiste en una herramienta.

—Te convertí en el heredero que Julian nunca pudo ser.

El rostro de Lucien no mostró emoción.

Pero sus manos comenzaron a temblar.

Julian se volvió hacia él.

—No le creas.

—No necesito que me digas qué creer —respondió Lucien.

—No lo digo por ti. Lo digo porque conozco su método.

—¿Y tú qué sabes de mí?

Julian sostuvo su mirada.

—Sé que te dejó creer que el dolor era tu única identidad. Sé que te convenció de que yo te había robado una vida que nunca elegiste. Y sé que, si realmente quisiera que fueras su heredero, no te habría mantenido encerrado bajo el lago.

Lucien miró a Aurelius.

El Señor del Pacífico no cambió de expresión.

Eso fue suficiente.

Lucien soltó lentamente el brazo de Arthur.

—¿Qué hay en el documento? —preguntó.

Mathieu se tensó.

—No tienes derecho a—

Lucien cruzó el muelle en un solo movimiento.

Le arrebató la ordenanza de las manos y la sostuvo bajo la luz.

—¿Qué hay aquí?

Mathieu intentó recuperar el documento.

Lucien lo empujó.

El consejero cayó de rodillas sobre la madera mojada.

Los centinelas levantaron sus armas.

Aurelius no dio ninguna orden.

Esperaba.

Lucien leyó las cláusulas en silencio. Su expresión se volvió cada vez más fría.

—No soy el heredero —dijo finalmente.

Aurelius sonrió.

—Eres el heredero legítimo de la rama de contingencia.

—No. —Lucien levantó el documento—. Soy una garantía. Si Julian moría, Aurelius reclamaría la Casa Thorne a través de mí. Si sobrevivía, yo sería eliminado.

El silencio se extendió por el muelle.

Mathieu se puso de pie con dificultad.

—Eso no prueba nada.

Lucien le mostró la última página.




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