La Sombra de Everwood

CAPÍTULO 22 El primer pacto

La residencia Dubois estaba rodeada por vehículos de seguridad cuando llegaron.

Las verjas permanecían abiertas. Ningún guardia custodiaba la entrada y todas las luces de la mansión se habían apagado, salvo una tenue claridad azul que emanaba del sótano.

El aire olía a tierra mojada y a algo más antiguo.

Algo que Genevieve no podía identificar, pero que reconocía.

El vínculo con Julian reaccionó en cuanto bajaron del vehículo. Una presión pesada se instaló en su pecho, como si una presencia enorme hubiera despertado bajo sus pies.

—Está aquí —dijo Genevieve.

Arthur descendió con dificultad.

—No está aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Está debajo.

Elara fue la última en bajar. Llevaba una carpeta contra el pecho y una llave de hierro colgada del cuello.

—La cámara se construyó antes de que existieran las casas —dijo—. Antes de los títulos, los Consejos y los pactos territoriales.

Lucien observó la mansión.

—¿Qué es la primera bestia?

Elara lo miró.

—La criatura que existía antes de que nuestra sangre aprendiera a obedecer formas humanas.

—Eso no responde nada.

—Porque nadie sabe qué era realmente.

Julian se acercó a la entrada.

—¿Y por qué la enterraron?

Arthur apretó los labios.

—No la enterraron.

Genevieve volvió la mirada hacia él.

—¿Qué hicieron?

—La encadenaron.

Un sonido profundo surgió bajo la tierra.

Las ventanas de la mansión vibraron.

La alarma de los vehículos comenzó a sonar al mismo tiempo, aunque nadie los había activado.

Genevieve tomó la mano de Julian.

—Entramos.

***

El sótano de la residencia había cambiado.

Las paredes estaban cubiertas de raíces negras que se movían lentamente, como venas bajo la piedra. El suelo se había abierto en varias zonas y una luz dorada ascendía desde las grietas.

La antigua sala de archivos ya no contenía estanterías.

En el centro había un círculo de piedra.

El mismo símbolo de dos líneas unidas aparecía grabado alrededor, pero ahora una tercera línea comenzaba a formarse.

Genevieve se detuvo frente al círculo.

—¿Qué significa?

Elara levantó la llave de hierro.

—El primer pacto fue firmado entre tres voluntades: la Matriarca, el Alfa y la Bestia.

—¿La Bestia tenía voluntad propia?

—Según los registros, sí.

—¿Y qué ocurrió?

Arthur respondió:

—La Bestia protegía a todas las líneas de sangre. Pero no distinguía entre proteger y poseer. Con el tiempo, comenzó a reclamar cada decisión, cada territorio y cada descendiente.

Julian observó las raíces.

—La encerraron para conservar el poder.

—La encerraron porque no sabían cómo coexistir con ella —dijo Elara.

—Eso no es lo mismo.

—No. Pero fue lo que hicieron.

Un nuevo estruendo sacudió el sótano.

La pared del fondo se abrió, revelando una escalera descendente.

El aire que subió desde abajo era helado.

Genevieve miró a los demás.

—Vamos.

—No deberías entrar —dijo Arthur—. El pacto te reconoce como heredera de la línea matriarcal.

—Precisamente por eso.

—Si la Bestia despierta por completo, intentará vincularse contigo.

—¿Y qué ocurrirá si no lo hace?

Arthur no respondió.

Julian dio un paso hacia ella.

—No bajarás sola.

—No pensaba hacerlo.

Lucien se situó al otro lado.

—Yo también voy.

Elara levantó la barbilla.

—Entonces iremos todos.

La escalera descendía mucho más de lo que permitía la estructura de la casa.

A cada paso, las paredes mostraban escenas grabadas en piedra: hombres y mujeres arrodillados ante una criatura enorme; una mujer con una corona de ramas; un lobo de ojos dorados; tres manos unidas sobre un altar.

En la última imagen, la figura de la Bestia no parecía monstruosa.

Parecía triste.

Genevieve rozó la talla con los dedos.

Una voz le habló desde dentro de la piedra.

No me encerraron por ser cruel.

Ella retiró la mano.

Julian la observó.

—¿Qué ocurre?

—La escuché.

—¿Qué dijo?

—Que no la encerraron por ser cruel.

La voz volvió a resonar.

Me encerraron porque no acepté ser utilizada.

La escalera terminó en una cámara circular.

En el centro había un pozo cubierto por cadenas de plata ennegrecida. Bajo ellas, algo respiraba.

Cada inhalación hacía temblar el suelo.

La luz dorada salía de las grietas y se concentraba alrededor de una figura inmensa, acurrucada en el fondo del pozo.

No era completamente lobo.

Tampoco humana.

Tenía el cuerpo cubierto de pelaje oscuro, pero sus extremidades eran demasiado largas y sus ojos parecían contener estrellas.

Genevieve sintió que el vínculo con Julian se tensaba hasta el límite.

Lucien cayó de rodillas.

Arthur se sujetó a una columna.

Elara cerró los ojos.

—El Primer Pacto —susurró.

La criatura abrió los ojos.

La voz no llegó a través del aire. Resonó directamente en la mente de todos.

Hijos de la sangre dividida.

Genevieve avanzó un paso.

—¿Eres la primera bestia?

Soy lo que existía antes de que llamaran bestia a todo lo que temían.

—¿Por qué estás despertando?

Porque los pactos fueron rotos. Porque la sangre volvió a ser utilizada como una cadena. Porque el heredero fue robado. Porque los guardianes olvidaron que proteger no significa poseer.

La mirada de la criatura se detuvo en Julian.

El Alfa herido.

Después en Lucien.

El hijo negado.

Finalmente, en Genevieve.

La heredera que no acepta una corona.

Las cadenas comenzaron a romperse.




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