Cuando Mateo regresó a casa temblando y le contó lo sucedido a Isabel, ella no dudó. Sabiendo que la salud de su padre no soportaría el trabajo duro ni el encierro en esa hacienda helada, Isabel tomó una decisión.
Al día siguiente, cruzó las pesadas puertas de hierro de El Tajo.
—Mi padre no vendrá —dijo Isabel con voz firme en el gran salón a oscuras—. Cumpliré su condena. Yo restauraré sus libros.
Ignacio emergió de las sombras. Llevaba una media máscara de cuero oscuro que cubría el lado derecho de su rostro. Su figura era imponente, marcada por la amargura y la rigidez.
—No eres más que una ingenua —dijo él, intentando intimidarla—. Aquí no hay lujos, solo polvo, trabajo y mi presencia. Si te quedas, no saldrás hasta que la biblioteca esté completamente restaurada.
—Acepto —respondió Isabel sin dar un paso atrás, mirándolo fijamente a los ojos, ignorando la máscara.