Blanca creció convirtiéndose en una joven de gracia natural, tez pálida y cabello azabache. Más allá de su apariencia, destacaba por una bondad genuina y un talento innato para la pintura y el restaurado de obras antiguas.
Tras quedar huérfana, Regina la relegó a las tareas operativas más pesadas de la galería: limpiar los marcos, catalogar en bodegas subterráneas y reparar lienzos desgastados. A pesar del trato distante y despectivo de su madrastra, Blanca realizaba su trabajo con dedicación, ganándose el cariño de los artesanos y restauradores de la ciudad.