Regina era una coleccionista despiadada que medía su éxito según la aprobación del círculo artístico internacional. Cada mañana, consultaba a su principal consultor de arte y relaciones públicas, un hombre calculador llamado Espejo, cuya agencia manejaba las métricas de popularidad y reputación en medios de comunicación.
Durante años, la respuesta de Espejo fue la misma: Regina era la figura más influyente, aclamada y admirada del mundo del arte local. Esa validación alimentaba su ego y mantenía bajo control su inseguridad.