La sombra del Guardián, vigía eterno. ( Soberana Efímera I )

¿Nuestra Iyar?

Cuando volví el rostro al frente, percibía todavía mi respiración contenida. El caballo dejó el trote ligero por una cabalgata veloz, aminoró la marcha cuando retomamos el mismo trayecto del que nos habíamos apartado.

No quise volverme atrás ni una sola vez, y si bien se asentaba en mi pecho aquella sensación de profundo pasmo, ahora algo diferente se alzaba con la misma imponencia, casi oprimiéndome el corazón. Me mortificaba aquella certeza que me anunciaba que esa despedida que tanto ansiaba eludir se apresuraba cada vez más, casi con la misma premura que los pasos del caballo.

Entendía bien que lo más sensato era acatar al mismo mandato, volver sin reparos, aceptando mi destino. Pero cuanto más quería admitirlo así, se volvía absurdo; no conseguía siquiera suponerlo posible.

Entonces, como solía hacer, preferí hablar para acallar el cause terrible de mis propios pensamientos, lo cual, inevitablemente, me llevó hacia otro asunto: no podía apartar mi curiosidad ni de él, ni de cuánto él precisaba evadir responder casi siempre, pero me aventuraría sin importarme si volvía a negarse.

Mientras pensaba detenidamente cómo decirle por una noche al menos, que nos quedáramos acampando al pie del “Respiro de la montaña”, escuché su voz dirigirse a mí.

—Princesa, ¿cómo va esa inestabilidad?

Giré el cuello para verlo.

—Mejora, Jon. —Dije con voz serena, tratando de apaciguar a mi corazón que latió con fuerza al escuchar su voz dirigiéndose a mí—. ¿En verdad todavía sostiene que tengo agua en la cabeza?

Lo vi apretar ligeramente los labios, casi como si contuviera una sonrisa.

—Lo sospechaba ligeramente…

Sonreí sutilmente.

—En tal caso, le aseguro que no fue nada grave. Pero tal vez podríamos reconsiderarlo… ¿Por qué resolvió que no es posible pasar la noche en un sitio tan agradable como este? Me parece sereno, idóneo para descansar. Para mí, no hay diferencia en avanzar hoy o mañana…

Él escuchaba con atención, no me dio la mirada. Veía fijamente hacia el frente.

—Ya que no es grave y nada que lamentar, no considero apropiado ni necesario detenernos. En cuanto a su pregunta, sí, no hay dudas. Este paraje no sólo parece agradable lo es en verdad. Pero no es conveniente.

Fruncí el ceño ante tal determinación.

—¿Por qué no lo es?

—Atraeríamos todo tipo de criaturas y, tal vez, alguna manada de fieras hambrientas. Seguimos transitando sitios salvajes y antiguos.

Apreté los labios. Vino a mi mente aquella visión de las damas espectrales bajo las aguas de la catarata, pero luego lo atribuí a las consecuencias de casi haberme casi ahogado.

—Jon, entiendo lo que dice, pero no hemos visto a ninguna «persona» andando. Tampoco a ninguna fiera. A diferencia del bosque Esh’varan, donde sí parecía que algo constantemente nos acechaba… además de ser peligroso a donde sea que posara la vista...

Mantuvo en el semblante aquella seriedad amable.

—Ya se lo he dicho: nada es como parece. Aquí hay más acechando que en aquel bosque.

—¿Por qué está tan convencido? ¿Qué se esconde por estos rincones, Jon?

No pude contener mi curiosidad, aun cuando temiera aquella respuesta. Por instante tuve miedo de que se nos abalanzara otra criatura con la misma ferocidad del Kerthalkar.

Él alzó una ceja y una sonrisa siniestra se asomó a sus labios.

—Y allí va de nuevo. Pese a todo cuanto ya ha sucedido… ¿adentrándose en asuntos que no entiende, princesa?

Me sobé el cuello, inclinando la mirada.

—¡Ojalá pudiera evitarlo! Además, insisto en que este bosque no es como aquel. Aquí incluso caminaría sin temores, aunque anocheciera.

Al alzar la vista, noté que sus ojos contemplaban el cielo. Tras un breve silencio, volvió a hablar.

—No sabe lo que dice, princesa. Aquí también se albergan todo tipo de criaturas. Y estas son aún más temibles y peligrosas, porque poseen una naturaleza tan antigua como ambigua, aunque quizá no parezcan “aterradoras o malignas”. No conocen el bien o el mal, no interpretan los comportamientos del ser humano; simplemente habitan. Y, como bien sé que usted, princesa, se deja arrastrar por aquello que ve, no quiero correr más riesgos. Estoy convencido de que su curiosidad la posee entera y que la mayoría de las veces no alcanza a profundizar ni a ver claramente lo que tiene al frente. Así que no permitiré que se presenten más situaciones que luego debamos lamentar.

Resoplé, comprendiendo cada una de sus palabras, pero también sintiendo el peso de lo dicho.

—En tal caso, ¿usted podría asegurar que aquí habiten también esas… danzarinas de la naturaleza? Esas… ¿cómo era que se llamaban?

Me llevó un momento recordar aquel nombre.

—Nim’eth.

Lo miré sonreír satisfecho, como si mi manera de nombrarlas le hubiera evitado tener que ofrecerme extensas aclaraciones.

—Podría haber o no, pero no me refería a ellas.

—¿Entonces a cuáles se refiere?

—Nombrar cuantas criaturas se esconden aquí sería como querer contar las piedras en la orilla de un río. En todo caso, no desafiaremos a ninguna con nuestra presencia. Ni se pondrá a jugar usted con ninguna. No importa si son Nim’eth, Ner’eth, Korvethra u otro Kerthalkar quienes aparezcan: no habrá desafío.

Resoplé, comprendiendo.

—¡Oh!… De todas cuantas mencionó… ¿Ner’eth? ¿Qué son?

Vi su ancho pecho expandirse cuando respiró hondo, y medio fruncir el ceño, pero no se negó a responderme.

—Como las Nim’eth podrían verse, pero no fielmente. Según cuentan que suelen ser vistas en ríos, caídas de agua o lagos. Tienen diferente nombre según el lugar donde se las halle.

Abrí los ojos con desmesura. Comprendí entonces qué había visto en aquellas aguas.

—¿Acaso son hermosas siluetas femeninas, envueltas en bruma, pero como si fueran el agua misma tomando forma?

En ese momento detuvo al caballo y sus profundos ojos se fijaron en los míos, mientras se tenían de un desconcierto desafiante.




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